26 septiembre, 2007

De la tormenta criminal

omando el talle de los tres pequeños, salimos aquella mañana a los almacenes a comprarles ropas nuevas e todo aquello que pensábamos necesario para el nuevo Marino que nos llegaba a casa. Parecióme Sevilla libre de espías traicioneros en sus calles cambiadas por el nuevo alcalde. Así, hicimos las compras necesarias e, no pudiendo llevar tanta carga entre Marcos e yo, ofreciéronse a entregarla en nuestra casa aquella mesma tarde. Nada refirióse en el almuerzo de lo comprado porque fuese sorpresa a su llegada, e tras dar buen cumplimiento a unas judías pintas guisadas con exquisitez por Ramón, dimos a los niños licencia de retirarse hasta dos horas a sus aposentos para un corto descanso.

Avisó el servicio a los pequeños más tarde e se les dejó un tiempo de solaz en el patio que, según Antonio decía, «más pequeño era que el pueblo, pero más bonito».

“¿Esas campanas que se oyen de seguido en la mañana – me dijo – e las campanadas que se oyen a todas horas, son de la iglesia de San Alberto?”.

“No, hijo - le dije en señalándole al cielo -, que tiene la pequeña y esbelta torre de San Alberto sólo cuatro campanas. El repique sonoro e musical que oís por las mañanas, sobre las nueve y media más, es de muchas más campanas; muchas. Son las campanas de la Giralda, que aquí cerca se encuentra. A la azotea subiremos e no habréis visto torre como esa”.

Mas, al volver a mirar hacia arriba por ver si se veía algo de la torre, parecióme ver que algo se movía con rapidez e, no estando Cayetano, ordené a Marcos e a Su Ilustrísima dieran algunas liciones e pláticas a los pequeños en el gabinete sin dejarlos salir al patio. Marcos comprendió al punto mi preocupación, reunió a los pequeños e reuniéronse en la salita. Subí entonces corriendo a la azotea e vi a dos hombres vestidos de negro subir al pretil e volar por encima de la estrecha calle de Argote de Molina. Acercándome al primero que había a mi siniestra, comprendí que no volaban, sino que tendieron sendas escalas entre la casa frontera e la nuestra e por ellas iban a gatas en huyendo. Como no soy hombre de pensar mucho en lo que he de hacer, tomé los maderos de la primera escala, la zarandeé y escuché los ruegos de un traidor que pedía merced e, sabiendo que la mejor merced que podía concederle a tal alimaña e a los españoles era que no siguiese con vida, dejé caer la escala con escalador por la callejuela con grande estruendo. El segundo traidor intruso quiso darse priesa por llegar al otro extremo (obra de unos cinco metros), mas llegué yo antes a asir los palos de su escala, levantarlos y dejarlos caer por la callejuela.

Desde arriba vi (no sin estremecimiento), cómo se deshacían las escalas de madera e cómo se pegaban los dos cuerpos a la calzada. «¡Adahesit pavimento anima mea!». E así se oyeron otra vez los cantos de las sirenas de los coches de la guardia mientras encontraba sobre la esquina que quedaba sobre el gabinete, una caja de raro aspecto. Sabía me jugaba la vida, mas también sabía se la jugaban todos mis queridos. Corrí hacia ella, la tomé en peso sobre uno de mis hombros e, acercándome al pretil que daba a la casa por donde habían subido, arrojéla con fuerzas hasta que crujieron mis músculos. Cayó en la azotea aledaña e corrí hacia las escaleras por guarnecerme. No erré, pues tan sólo cinco segundos después, hubo tal estruendo que debió quedar maltrecha la casa frontera e movíase el polvo por doquier.

Bajé a saltos e fui al gabinete en sacudiendo mis ropas modernas e observé con tristeza a Marcos evitando los pequeños saliesen al patio.

“¿A qué este espanto? ¿A qué este susto? – les dije en besándolos e abrazándolos -. Ya os dijeron en la escuela se avecinaba una tormenta”.

No dejó la guardia entrar a los coches de los almacenes con las nuevas ropas e los regalos; tampoco apareció el inspector e tampoco le llamé. Pero mi mente comenzó a urdir una trama que daría mucho que hablar entre los sevillanos.

En Sevilla e a veinte e seis de septiembre del año de dos mil e siete.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario