11 septiembre, 2007

De la montera moderna de la casa

ugaron los pequeños todo el día en el patio e Cayetano les acompañó, quizá pensando también en que pronto tendría el suyo, y el servicio se asomó a la ventana que desde la cocina se abría.

“Excelencia – me manifestó María -, paréceme que son los niños más felices en esta casa”.

“Es lo nuevo lo que les atrae, María – le dije -; un día llegará en que echen a faltar la piscina de Grazalema cuando el tiempo vuelva a ser caluroso”.

“Así será – contestó -, creo yo también, mas después de la tormenta de anoche comenzará Marinín a sentir sus extraños temores e, hasta que el tiempo no esté soleado, no le veo yo tener ideas de volver al pueblo”.

“¿Tormenta de anoche, decís? – me extrañé -; ningún trueno oímos”.

“Tened en cuenta, excelencia – aclaróme María -, que los cristales de las ventanas desta nueva casa como muros son. Si no visteis las luces de los relámpagos, mucho me extraña que oyeseis los truenos”.

“Y si Marinín los hubiera visto e oído – le dije -, en la cama lo hubiésemos tenido toda la noche”.

“No fue fuerte ni hubo mucha lluvia – aclaró entonces -, mas ya me parece oír en la lejanía otra vez algunos truenos. Si las tormentas se hacen más fuertes, tendréis a vuestro hijo toda la noche yaciendo con vos ¡Ay, ya quisiera yo tener al mío ya a mi lado!”.

“No apuraos, mujer – exclamé -, que las cosas todas han de llegar a su tiempo y, algún día no muy lejano, lo arroparéis junto a vos en una noche cerrada”.

E oyóse entonces un lejano trueno e dejó Marinín sus juegos e junto a mí corrió.

“Nada pasa, hijo – le dije -, que Sevilla es muy grande y no todas las tormentas pasan por encima de nuestras cabezas como en Grazalema. Jugad y, si viésemos se acerca, os prometo entraremos a la salita, encenderemos luces y platicaremos de cosas muy interesantes”.

E acercándose Antonio a nosotros, quería convencerle de que nada ocurría e fue entonces cuando algo le dijo Cayetano al pequeño e marchóse hacia el corredor del servicio. Marino miró al cielo expectante y, sintiéndome con curiosidad, arriba miré también. Tal como se echa la vela en verano para que no entre el sol ardiente, comenzó a salir una montera de cristal moviéndose con lentitud y, en pocos segundos, cubrió el patio de la lluvia.

“¡Santo Dios! – exclamó Marcos -, que tal cosa no había visto en mi vida, pues tiene el patio cubierta para el sol y también para la lluvia”.

Acercándose Cayetano otra vez al pequeño, le susurró algunas palabras y tiró Antonio de una manga y Marinín de la otra hasta hacerme bajar, me besaron sonrientes e volvieron a sus juegos con Carlitos.

“Quiero me digáis, Cayetano, qué resorte o qué botón hay que dar para poner y quitar tal montera, que hasta en las plazas de toros debería haber una destas para que no se dijese que la tarde estuvo mojada”.

En Sevilla e a once de septiembre del año de dos mil e siete.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario