23 septiembre, 2007

De cómo se acercaba el parto de María

e sirvió el desayuno a hora tardía por descansar un poco más e asistir luego a la misa en la iglesia de San Alberto, que a los filipenses pertenece e, al acercarse María a servirme café le dije quedo:

“Avisad a vuestro esposo Cayetano, que en esta mesma mañana sentiréis los dolores del parto e, aunque quisiera yo nasciera el niño en esta casa, las costumbres de agora os obligarán a ir al hospital e serán los médicos los que os asistan. Ordenaré a Valeriano esté aquí e os lleve con presteza, que paréceme viene este niño con priesa”.

“¿Qué decís, excelencia? – preguntó en mi oído -; dolor alguno ni malestar tengo”.

“Haced lo que os digo – repetí -, que puedo equivocarme mas hay que ser previsor”.

A misa partíamos cuando corrieron todos de un lado a otro: « ¡María está de parto!».

E sin alterar lo trazado, llevó Valeriano a María al hospital e fuimos nosotros a la misa donde Su Ilustrísima hizo rogatorias por María.

Volvió Valeriano a la hora del almuerzo dejando a Cayetano junto a su esposa e prometiendo volvería a hacerle compaña e darnos avisos por el teléfono.

No habían vivido los niños parto que recordasen e hicieron muchas preguntas y, en sabiendo que vendría un nuevo niño pequeño a la casa, hubieron gran contento e preguntó Antonio si sería como ellos.

“Como vosotros será cuando pasen unos años – les dije -, que ha de venir al mundo pequeño. Algún día no muy lejano, jugará con vosotros en el patio”.

“¡Jo, papá – exclamó Marinín -, y ha de llamarse como vos e como yo!”.

“Sin duda pequeño – aclaréle -; Marino de San Isidoro será, que en la parroquia ha de bautizarse si Dios Nuestro Señor lo admite e será sevillano de padres grazalemeños”.

“Una mujer para el servicio necesitaréis, sobrino – apuntó Su Ilustrísima -, que pienso que durante un tiempo debe dedicarse María a su hijo. Si quisiéredes, podría yo decir a una de las mujeres de mi servicio se viniese a suplirla”.

“Acaso – apuntó entonces Cayetano -, sería conveniente hablar antes con doña Pastora, que siendo sirvienta como pocas, se encontraría cerca de sus hijos”.

“En ello no había pensado; mañana mesmo he de llamarla e hacerle la oferta”.

En Sevilla e a veintitrés de septiembre del año de dos mil e siete.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario