27 septiembre, 2007

Del inspector en casa sin aviso

rujeron por la mañana muchas bolsas e cajas con lo comprado en los almacenes e, uno de los hombres que venía a traerlos (con su nombre en el pecho), mostróme el contenido de cada bulto e le pedí si era posible dejasen unas cosas en un lado e otras en otro. Así, las bolsas de las ropas de mis pequeños, las llevaron a sus dormitorios e las cajas con los enseres para el nuevo nacido se llevaron a la estancia de María, pues hasta una pequeña cuna sacaron de una caja e pusieron en su sitio. Dije al servicio recogiese el resto e pusimos Marcos e yo, ante la vigilancia de Su Ilustrísima, las nuevas ropas ya de invierno para Marinín, Antonio e Carlitos extendidas sobre sus camas.

“Nada de la ropa usada debe tirarse, sobrino – dijo en mirando -, que toda la ropa que tienen los niños está nueva e yo mesmo he de llevarla al ropero parroquial”.

“Nada vais a llevar al ropero, Ilustrísima – le dije -, que ya hay quien hará eso”.

E llegando los niños de la escuela, les dije pasasen a sus dormitorios por ver si había algo nuevo e de allí salieron de gran contento e dando voces.

“Haya sosiego e calma, aseo y cambio de ropas e presencia en el comedor – les dije alzando la voz - ¡A la orden!, que, según me han dicho, ha preparado hoy Ramón un plato que hará las delicias de pequeños e mayores”.

Mas, en esos minutos en que fueron a sus estancias, llamó alguien a la puerta. Al no estar Cayetano, corrimos Marcos e yo al zaguán a mirar en el panel e, pulsando el primer botón, vimos al inspector inquieto e acompañado; pulsando el segundo, le dijo Marcos que le abriríamos e que pasasen; y pulsando el tercero, le vimos de entrar en el portal con una mujer e dos niños; se abrió el ascensor e les hicimos subir. Al abrirse las puertas, salió el inspector como de alabastro e muy quedo e tras él venía una señora con los niños.

“¡Santo Dios, inspector – le dije -, que vuestra presencia así me asusta!”.

“Pues raro es que os asustéis, excelencia – contestóme -, que de visita vengo con mi señora e mis hijos. Elena es mi esposa (me incliné e besé su mano) e Luís e Isabel son mis hijos”.

“¡Pasad, pequeños, pasad!, que a la casa del Capitán os trae vuestro padre y en esta casa todo está pensado para los pequeños. He de decir a los tres míos que vengan a daros la bienvenida”.

“¡No, excelencia! – alzó el inspector la voz -, que no quiero seros de estorbo a estas horas”.

“¡Vamos, Marcos! – hice una señal -, decid a los niños que vienen a casa dos amiguitos nuevos”.

E así, se conocieron e llevaron mis niños a los del inspector a sus dormitorios e a la salita de juegos mientras De Lema, casi en llantos, me decía había sido amenazado de muerte e que no hubo otra idea que buscarme a sabiendas de que podía atraer el peligro.

“¿El peligro? – preguntéle -. Bien sabéis cómo limpio yo esa suciedad e no es tiempo de hablar de mierda, sino de yantar. Dejad esas bolsas en el suelo que bien paréceme equipaje. El servicio os preparará dos habitaciones e aquí restaréis, cumpliendo mis órdenes, hasta que yo lo crea conveniente”.

Ni la señora ni él sabían qué hacer ni qué decir, mas salió el servicio e les acomodó e les hizo pasar al comedor. Allí nos sentamos, aunque hubimos de ordenar los sitios. Como pensé, hicieron los niños mejor amistad que los mayores e, viendo sus hijos el comedor y el servicio, bajaron todos la voz.

“El Pastor ha abandonado a noventa e nueve ovejas por salvar a una sola descarriada – dijo solemnemente Su Ilustrísima -; oremos agora en dándole las gracias por lo sucedido e por los alimentos que vamos a tomar”.

Se hizo un gran silencio e sólo los niños hablaban quedo durante la comida e, terminada ésta, dije al inspector e señora hubiesen un descanso el resto del día e se hablaría al día siguiente de ciertos trazados que daban la vuelta en mi cabeza.

“¿Qué hace un humilde inspector como este de huésped de un coronel?”.

En Sevilla e veinte e siete de septiembre del año de dos mil e siete.

26 septiembre, 2007

De la tormenta criminal

omando el talle de los tres pequeños, salimos aquella mañana a los almacenes a comprarles ropas nuevas e todo aquello que pensábamos necesario para el nuevo Marino que nos llegaba a casa. Parecióme Sevilla libre de espías traicioneros en sus calles cambiadas por el nuevo alcalde. Así, hicimos las compras necesarias e, no pudiendo llevar tanta carga entre Marcos e yo, ofreciéronse a entregarla en nuestra casa aquella mesma tarde. Nada refirióse en el almuerzo de lo comprado porque fuese sorpresa a su llegada, e tras dar buen cumplimiento a unas judías pintas guisadas con exquisitez por Ramón, dimos a los niños licencia de retirarse hasta dos horas a sus aposentos para un corto descanso.

Avisó el servicio a los pequeños más tarde e se les dejó un tiempo de solaz en el patio que, según Antonio decía, «más pequeño era que el pueblo, pero más bonito».

“¿Esas campanas que se oyen de seguido en la mañana – me dijo – e las campanadas que se oyen a todas horas, son de la iglesia de San Alberto?”.

“No, hijo - le dije en señalándole al cielo -, que tiene la pequeña y esbelta torre de San Alberto sólo cuatro campanas. El repique sonoro e musical que oís por las mañanas, sobre las nueve y media más, es de muchas más campanas; muchas. Son las campanas de la Giralda, que aquí cerca se encuentra. A la azotea subiremos e no habréis visto torre como esa”.

Mas, al volver a mirar hacia arriba por ver si se veía algo de la torre, parecióme ver que algo se movía con rapidez e, no estando Cayetano, ordené a Marcos e a Su Ilustrísima dieran algunas liciones e pláticas a los pequeños en el gabinete sin dejarlos salir al patio. Marcos comprendió al punto mi preocupación, reunió a los pequeños e reuniéronse en la salita. Subí entonces corriendo a la azotea e vi a dos hombres vestidos de negro subir al pretil e volar por encima de la estrecha calle de Argote de Molina. Acercándome al primero que había a mi siniestra, comprendí que no volaban, sino que tendieron sendas escalas entre la casa frontera e la nuestra e por ellas iban a gatas en huyendo. Como no soy hombre de pensar mucho en lo que he de hacer, tomé los maderos de la primera escala, la zarandeé y escuché los ruegos de un traidor que pedía merced e, sabiendo que la mejor merced que podía concederle a tal alimaña e a los españoles era que no siguiese con vida, dejé caer la escala con escalador por la callejuela con grande estruendo. El segundo traidor intruso quiso darse priesa por llegar al otro extremo (obra de unos cinco metros), mas llegué yo antes a asir los palos de su escala, levantarlos y dejarlos caer por la callejuela.

Desde arriba vi (no sin estremecimiento), cómo se deshacían las escalas de madera e cómo se pegaban los dos cuerpos a la calzada. «¡Adahesit pavimento anima mea!». E así se oyeron otra vez los cantos de las sirenas de los coches de la guardia mientras encontraba sobre la esquina que quedaba sobre el gabinete, una caja de raro aspecto. Sabía me jugaba la vida, mas también sabía se la jugaban todos mis queridos. Corrí hacia ella, la tomé en peso sobre uno de mis hombros e, acercándome al pretil que daba a la casa por donde habían subido, arrojéla con fuerzas hasta que crujieron mis músculos. Cayó en la azotea aledaña e corrí hacia las escaleras por guarnecerme. No erré, pues tan sólo cinco segundos después, hubo tal estruendo que debió quedar maltrecha la casa frontera e movíase el polvo por doquier.

Bajé a saltos e fui al gabinete en sacudiendo mis ropas modernas e observé con tristeza a Marcos evitando los pequeños saliesen al patio.

“¿A qué este espanto? ¿A qué este susto? – les dije en besándolos e abrazándolos -. Ya os dijeron en la escuela se avecinaba una tormenta”.

No dejó la guardia entrar a los coches de los almacenes con las nuevas ropas e los regalos; tampoco apareció el inspector e tampoco le llamé. Pero mi mente comenzó a urdir una trama que daría mucho que hablar entre los sevillanos.

En Sevilla e a veinte e seis de septiembre del año de dos mil e siete.

25 septiembre, 2007

De los celos de Marinín

n el gabinete estábamos en lecturas cuando pidió la venia para entrar Marinín e hícele señas de que entrase. Abrió la puerta de espacio e vino a mí con el dedo en la boca e mirando a Marcos e a Su Ilustrísima mientras leían. En llegando a mi asiento, sentóse en mi regazo, besóme e púsose a mesar mis cortos cabellos en silencio.

“Cuando a mí os acercáis tan meloso – le dije quedo -, paréceme algo necesitáis”.

“Nada necesito, papá – me habló al oído -, sino que quisiera yo saber si este nuevo hermanito necesitará mucho tiempo de vuestra vida”.

E sintiendo que asomaban los celos en su mirada tímida, le dije así:

“Hermano podéis llamarlo, si os place, mas no lo es, sino que es hijo de María e Cayetano. El tiempo que necesite, que de pequeño mucho será, habrán de dedicárselo sus padres, no yo, que os tengo a vos; e a vos seguiré dedicando mi tiempo e a Antonio e a Carlitos, pero he de deciros un secreto que nadie debe saber, sino vos e yo, pues más tiempo os dedico que a todos los demás, que sois mi verdadero hijo e mi nombre mesmo lleváis. Podríamos llamar al nuevo Marino «primo», que aunque es como hermano, no lo es tanto. Mas de mi tiempo seguiréis teniendo el que habéis tenido si no más, que ya vais creciendo e lo necesitáis”.

“Preguntas absurdas sé que hago a veces, papá – dijo riendo -, que no es de razón pensar que agora vais a abandonarme por otro Marino”.

“Al contrario será, hijo – explíquele -, que veréis cómo agora os prestan todos más atención, pues de todos, sois el único heredero verdadero de mis posesiones e de mi título de marqués e, siendo que mi vida es larga, la forma veremos de que se os distinga entre los demás, que para ello méritos tenéis de sobra. Esta casa he de poner como propiedad vuestra e dos palacios en Plasencia e alguno más en Salamanca e León y, en cumpliendo hasta los diez y ocho, con ellos podréis hacer lo que queráis junto con la herencia que os corresponde de vuestro padre, que no es baladí. Mas quisiera agora pediros no midáis nuestro cariño de padre e hijo con metros de fachada o fajos de euros”.

“Entiendo eso que decís, papá – contestóme -, que sin palacios ni euros os quiero”.

Dióme un beso, saludó a tío Marcos e tío Juan e pidió excusas para ausentarse.

“No todos los niños razonan e distinguen entre lo que poseen e lo que aman. Sentiros orgulloso, sobrino”.

En Sevilla e a veinte e cinco de septiembre del año de dos mil e siete.

24 septiembre, 2007

Del recién nacido

artieron los niños hacia la escuela con Valeriano e, después de muy poco descanso, no llevó Marcos a Su Ilustrísima, al servicio e a mí, al hospital. Recorrimos allí muchos pasillos hasta llegar a la habitación donde descansaba María tras el parto.

“Ha nacido el día de la Merced – me dijo -, ¡es el día de la Merced!”.

“Si fuese niña bien pudierais haberle puesto tal nombre – le dije -, que no es ese niño sino una merced que se os concede”.

E me dijo Cayetano al oído que la merced era mía por aquel ungüento.

“Nada más lejos, amigo – le dije -, pues con pomada o sin ella hubiera venido al mundo este niño que agora tenéis”.

“¿Queréis decir, excelencia – preguntóme con intriga -, que ese ungüento no ha hecho nada?”.

“Eso no he dicho, Cayetano – exclamé -, que cuando hay algo que impide que al unirse hombre e mujer sea la unión fecunda, puede haber un medio que lo haga. Mas pensad, y en esto insisto, que no es sino la unión lo que hace nacer a un niño”.

Mas, acercándome a saludar a María e a ver al nuevo Marino, no pude cambiar mi expresión e pensó María algo malo había visto.

“¡Excelencia – preguntóme - ¿qué cosa veis que yo no veo?”.

“Nada, mujer, nada – respondíle con serenidad -, sino que paréceme perfecto e creo será niño de buen cuerpo e buena mente”.

Mas guardaba yo en mi interior el secreto de mi espanto, que aquel niño, aunque rasgos tenía de su padre e madre, parecióme hermano de Marinín.

“No debemos molestar más a la madre – dije al cabo -, sino dejarla descansar en compañía de su nuevo hijo. Vayamos a casa e volveremos si fuere menester, que muy sano veo yo a ese niño”.

E a casa volvimos cuando llegaban los pequeños e les dijimos habían un «hermanito» pequeño hijo de María e hubo gran contento entre ellos, mas conosciéndome Marcos tan finamente, abrazóme en la estancia en diciendo:

“Vuestros remedios, Marino, a veces, pueden hacer estas cosas”.

En Sevilla e a veinte y cuatro de septiembre del año de dos mil e siete.

23 septiembre, 2007

De cómo se acercaba el parto de María

e sirvió el desayuno a hora tardía por descansar un poco más e asistir luego a la misa en la iglesia de San Alberto, que a los filipenses pertenece e, al acercarse María a servirme café le dije quedo:

“Avisad a vuestro esposo Cayetano, que en esta mesma mañana sentiréis los dolores del parto e, aunque quisiera yo nasciera el niño en esta casa, las costumbres de agora os obligarán a ir al hospital e serán los médicos los que os asistan. Ordenaré a Valeriano esté aquí e os lleve con presteza, que paréceme viene este niño con priesa”.

“¿Qué decís, excelencia? – preguntó en mi oído -; dolor alguno ni malestar tengo”.

“Haced lo que os digo – repetí -, que puedo equivocarme mas hay que ser previsor”.

A misa partíamos cuando corrieron todos de un lado a otro: « ¡María está de parto!».

E sin alterar lo trazado, llevó Valeriano a María al hospital e fuimos nosotros a la misa donde Su Ilustrísima hizo rogatorias por María.

Volvió Valeriano a la hora del almuerzo dejando a Cayetano junto a su esposa e prometiendo volvería a hacerle compaña e darnos avisos por el teléfono.

No habían vivido los niños parto que recordasen e hicieron muchas preguntas y, en sabiendo que vendría un nuevo niño pequeño a la casa, hubieron gran contento e preguntó Antonio si sería como ellos.

“Como vosotros será cuando pasen unos años – les dije -, que ha de venir al mundo pequeño. Algún día no muy lejano, jugará con vosotros en el patio”.

“¡Jo, papá – exclamó Marinín -, y ha de llamarse como vos e como yo!”.

“Sin duda pequeño – aclaréle -; Marino de San Isidoro será, que en la parroquia ha de bautizarse si Dios Nuestro Señor lo admite e será sevillano de padres grazalemeños”.

“Una mujer para el servicio necesitaréis, sobrino – apuntó Su Ilustrísima -, que pienso que durante un tiempo debe dedicarse María a su hijo. Si quisiéredes, podría yo decir a una de las mujeres de mi servicio se viniese a suplirla”.

“Acaso – apuntó entonces Cayetano -, sería conveniente hablar antes con doña Pastora, que siendo sirvienta como pocas, se encontraría cerca de sus hijos”.

“En ello no había pensado; mañana mesmo he de llamarla e hacerle la oferta”.

En Sevilla e a veintitrés de septiembre del año de dos mil e siete.

22 septiembre, 2007

De la tormenta de Sevilla

a noche del pasado día veinte, ya acostados e con las luces apagadas, parecióme ver unos destellos entrar por la ventana. El sonido que se oyó al poco me hizo pensar en que se acercaba una tormenta e, al abrirse la puerta un poco e ver cómo alguien entraba en nuestra estancia, supe de seguro era tormenta. Levantóse la sábana por mi lado y un cuerpecito cálido e atemorizado se abrazó a mí con fuerzas.

“Marinín, pequeño – le susurré -, bien entiendo que os asusten las tormentas, pero ningún daño van a haceros y habéis dejado a Antonio solo ¿No habéis razonado estro?”.

“Sé se ha quedado solo, papá – dijo en voz muy baja -, mas duerme y no ha de sentir nada”.

Fue la tormenta más larga e más fuerte que yo había vivido en Sevilla, que algún rayo debió caer cerca e lo sentí pasar por debajo de la cama estremeciendo los cimientos e moviendo todos los muebles. Marinín a mí se aferraba como si así fuese a estar a salvo de no sé qué peligro, mas dejélo a mi lado hasta el amanecer.

Esta tarde, estando en el gabinete, sentóse Marinín en mi regazo muy callado en oyendo lo que los demás hablábamos e, pensando le ocurría cualquiera cosa, le pregunté si estaba bien. Respondióme con un «sí» bien poco convincente e insistí en mi pregunta.

“Algo os ocurre, hijo – le dije -, e no quiero me lo ocultéis. Hablad”.

“Dicen en la escuela que esta noche vendrá otra tormenta – dijo – e viendo cómo son las de Sevilla… quisiera yo dormir con vos esta noche”.

Me reí de primero e comprendí después que sus razones había, pues en mi la larga vida, nunca había sentido cómo un rayo pasaba bajo la casa e todo lo estremecía.

“No oigáis lo que os digan en la escuela – le dije -, sino escuchadme a mí. Si algún día no os advierto de que viene una tormenta e llega ésta, mi venia tenéis para veniros junto a mí, sea de día o sea de noche, mas… eso no os salvará de nada, pues si un rayo sobre nosotros cayese, ni vos ni yo ni ninguno de los que aquí estamos seríamos salvos. Pero en Sevilla no pasa tal”.

“Cierto es – manifestó Su Ilustrísima – que con estas torres y esos pararrayos no ha de caer ninguno encima desta casa, pero no neguéis que el rayo que cayó anoche en Sevilla durante la tormenta no fue cosa de maravillarse, que sentí yo cómo pasaba bajo la casa un «no sé qué» que la hizo temblar unos segundos”.

“Razonáis entonces como yo razono – le dije porque me oyese el pequeño -, que si cae en el pararrayos de una torre e pasa por el suelo, no es posible caiga sobre nosotros”.

E mirando al pequeño con leve sonrisa, vino a contarle una corta historia que ocurrióle años atrás:

“Hube de ir a administrar los Santos Óleos a un campesino mayor e muy enfermo e prestáronme una mula, e viendo yo que el tiempo estaba lluvioso, cubríme con una capa. Fue la tarde oscureciendo, no porque el sol se alejase, sino porque las nubes iban siendo cada vez más negras e, yendo para Ronda como de noche, oí tal estruendo a mis espaldas e vi tal resplandor, que creí tenía como Pablo una visión. Nada ocurrió, por fortuna, sino que un árbol ardía a menos de diez metros de mi camino e, luego desto, llegóme un olor fresco e suave como el del mar. Es el olor del ozono, un gas que producen los rayos e purifica el ambiente. Dícese en Ronda que durante las tormentas fuertes, e después, huele a marisco. No puedo negar que aligeré, mas tampoco puedo negar que comprendí que las tormentas son necesarias”.

“¿E no hay lugar, papá, para restar un tiempo guarnecido mientras pasa?”.

En Sevilla e a veinte y dos de septiembre del año de dos mil e siete.

21 septiembre, 2007

De la solución de los problemas e del que se presentaba

uchos días han pasado desde la terrible aventura vivida e muchas cosas se han cambiado, pues llamé al experto artista que ofrecióse a venir a la casa cuantas tardes fueren necesarias para averiguar el misterio de la caja roja (que aún asombra a unos e a otros), doña Julia interesóse por el problema de las tuberías e puso remedio en pocos días dejando las paredes exteriores imposibles de escalar, mas aseguróme no era difícil saltar desde la azotea de otra casa e prometióme encontrar el remedio adecuado; llevóse don Justo Severo las manos a la cabeza al saber de lo ocurrido e me dijo esperaba con ansiedad todo hubiese pronta solución.

Llamó hoy, al cabo, el inspector De Lema con voz temblorosa e aseguróme había difundido tal mensaje por sus teléfonos a leales e traidores, que aún poniendo su vida en riesgo, pensaba iba a dar la solución al problema. E pensé yo entonces, que desde el día del asalto, nadie del servicio (incluido Valeriano), hizo observación alguna sobre miradas sospechosas, mas tanta calma en tan pocos días me dieron a pensar que quizá los traidores trazaban un plan mucho más complejo e definitivo.

Venía Valeriano todos los días de lunes a viernes a recoger a los niños e llevarlos a la escuela, llevaba luego a cabo alguna modesta empresa e volvía a recogerlos e a traerlos a casa e avisóme don Julio con gran asombro de la sabiduría de los niños e decía no entendía cómo Marinín había saberes para examinar del último curso quedando el primero; mas quise yo cada niño siguiese sus estudios como los otros. Y encontrándose Marinín con sus antigüos amigos, pidióme fuésemos a hacerles visita a sus casas e les invitásemos a conocer la nuestra.

Sentóse aquella mañana Su Ilustrísima con Marcos e conmigo en el gabinete e hubimos largas pláticas.

“A Dios Nuestro Señor – nos dijo – pido a cada hora que todo este entuerto se solucione, que ni los niños ni persona alguna desta casa merece tal asedio. Bien sé, sobrino, que siempre habéis defendido a España dando vuestra vida – que dicho sea de paso es ya bien larga – e que nunca habéis flaqueado en vuestra empresa, mas veo agora deseáis llevar una vida normal; que vuestras tareas cotidianas no se vean cercenadas por estos nuevos follones, que si siguen en el empeño de destruiros, no es sino porque saben que vos podéis destruirlos a todos ellos”.

“Permítame Su Ilustrísima manifestarle cómo siento agora el fracaso – le dije -, que puede uno que es español (porque su madre lo parió en España), decir sin vergüenza (sinvergüenza), que la unidad de España «se la sopla», e no sabe este hombre que no es sino esa unidad la que le salvaría de que un día alguien «se la sople». Por ello, e viendo ya a España convertida en un puñado de falsos países sin fuerza ni valores, he decidido destruir la caja. Tal vez más adelante pida la independencia de esta casa como república”.

“A fe, sobrino – respondióme riendo -, que vuestro humor os salva”.

“Vivamos pues en esta ficticia patria que quieren hacer del Andalucía, hasta que vuelva un nuevo Tarik a engañarnos”.

En Sevilla e a veinte e uno de septiembre del año de dos mil e siete.

20 septiembre, 2007

Del jaque mate – Parte VI e última

rdené a Cayetano dejase salir a los niños a sus juegos e llamase a mi presencia a Su Ilustrísima e Marcos dejando al servicio en sus puestos, pues el peligro ya había pasado.

En poco, salieron todos de contento e hablamos como si cosa alguna hubiese alterado la tranquilidad de la casa, pero escuchaba Marinín con atención e preguntéle aparte qué oía.

“Cerca oigo gritos e gente que va y viene. Acaso ocurra algo e no lo sabemos, papá”.

“Quedad en paz, hijo – le dije -, que el mesmo inspector ha avisado de que ha habido un robo cerca e anda la guardia buscando al ladrón. Disfrutemos agora del patio”.

Sonrióme pícaramente e fuése con sus hermanos.

“Quisiera, si no os es estorbo, sobrino – me dijo Su Ilustrísima -, llamar a Su Eminencia don Carlos e decirle estaré en Sevilla unos días, por si pudiéramos haber unas pláticas en estos días”.

“Ahí mesmo, en el gabinete, hay ya puesto un teléfono – le dije -, e no debéis temer el hablar mucho tiempo, que estos teléfonos modernos no hacen gasto alguno”.

E viendo yo que cada uno seguía en sus tareas diarias, le dije a Marcos e Cayetano quería bajar a los sótanos, tomar la caja roja e quemarla en el fogón.

“Mucho me temo, excelencia – dijo Cayetano -, que en esta casa no hay fogón, sino una desas cocinas modernas que no dan llama”.

“Hágase entonces una pira en un barreño en la azotea – le dije -, póngase allí papel e leña hasta que arda fuerte e arrójese allí hasta que sus cenizas se confundan con las de los maderos. Apáguese luego la pira e viértanse las cenizas en agua fría. Removiendo bien, dejaremos luego reposar la mezcla. Me será de utilidad para mis remedios. Es lo que llámase potasa”.

“¿Vais a hacer potasa con una caja tallada en tiempos del rey don Alfonso X? – preguntó Marcos muy airado -. Podría yo traeros mucha leña sin valor para hacer cuanta quisierais sin destruir tal tesoro cuyo valor no puede calcularse”.

“El valor desa caja puedo calcularos, Marcos – apunté muy en serio -, que desde que a mis manos llegó no ha hecho sino perturbar nuestras vidas. Hágase lo ordenado e agora mesmo ¡Vamos! Tomad las llaves de los sótanos e iré sin dudarlo e sin que el paso me tiemble a tomarla mientras se prepara el fuego arriba”.

Así, bajamos a los sótanos, que habíanse mejorado e fui al lugar donde estaba la caja (sitio sólo conocido por mí) e, con una maza, derribé un trozo de pared abriendo un hueco e, metiendo en él mi mano salió resplandeciente el objeto más codiciado por leales e traidores. La miramos en silencio durante una pieza, la escondí bajo mi capa e subimos otra vez a la casa. Oíanse en la calle voces e ruidos de la policía, así que quise subir con la mayor rapidez.

Esperé a que las llamas de la pira fuesen fuertes e allí arrojé la caja en gesto de desprecio. Todos quedamos mirando como ardía obra de cinco metros, que era muy fuerte el fuego, mas, cuando éste comenzó a mermar, nos acercamos con curiosidad por ver los restos.

¡Santo Dios! ¡Esa caja maravillosa sigue intacta!

En Sevilla e a quince de septiembre del año de dos mil e siete.

19 septiembre, 2007

Del jaque mate – Parte V

erca de la casa y en poco tiempo, pararon los coches de la guardia e dije a Cayetano restase a mi lado, que riesgo alguno correría ya. Ni un minuto hubo pasado cuando llamaron a la puerta (portal, ascensor o pantalla; entiéndase como sea más conveniente). Cayetano e yo nos acercamos a la pantalla del zaguán e pulsé el primer botón. Vimos la cara del inspector De Lema mirando a un lado e a otro con impaciencia e pulsé el segundo botón:

“¿Inspector? – pregunté - ¡Le esperaba más tarde o más temprano! ¡Pasad, pasad, que en vuestra casa entráis!”.

Mas en pulsando el tercer botón, dije a Cayetano trujese mi espada ensangrentada e púseme frente a la puerta del ascensor.

“Hacedlo subir, Cayetano – dije -, que esta vez, el juego está llegando a su fin”.

Subió el ascensor e abriéronse las puertas e salió el inspector muy decidido hasta verme frente a sí con la hoja de mi espada en horizontal e la altura de su vientre.

“¡Excelencia! – exclamó asustado - ¿Qué habéis hecho e qué vais a hacer?”.

“Si así lo preguntáis – le dije – así os lo manifestaré, pues hasta cuatro hombres han intentado asaltar mi casa e a los cuatro los he despachado como es mi costumbre ¿Os extraña acaso?”.

“Antes de darles muerte como habéis hecho – dijo enfurecido -, una llamada de teléfono a la guardia hubiese remediado sin sangre el ataque”.

“¿Acaso no soy yo guardia para solucionarlo con o sin sangre, inspector? – habléle con tranquilidad -, pues cuando subí a la azotea, con hasta cuatro asaltadores traidores me encontré ¿Estabais vos aquí para socorrerme?”.

“Os dijeron estos traidores que en no dejando la Serranía estaríais a salvo – contestó – y bien me parece que afrentáis el trato hecho. No quejaos”.

“Quejarme no puedo, inspector – le dije – sino de una sola cosa e sencilla cosa. Sabéis vos bien que todo lo que habla la guardia lo saben los traidores… ¿Habéis hablado cosa alguna que haga pensar a éstos que vivo en España y en España voy a seguir viviendo? ¿Les habéis amenazado de forma alguna para que no pongan en peligro nuestras vidas? ¡No, inspector! ¡No lo habéis hecho nada dello por temor a ser muerto por ellos mesmos! Y cobardes, de los que aparentan ser bravos hombres, ya habemos muchos”.

“¿Me llamáis cobarde? – le asaltó la ira - ¡Demostradlo!”.

E tomando mi espada en horizontal a la altura de su vientre, observé traía una prenda de abrigo de color claro (como del café con leche). Puse la hoja más cerca de su vientre e limpié en la tela de sus vestiduras una hoja de la espada, le di la vuelta en un repente y limpié la otra parte de la hoja en su vientre dejando dos líneas paralelas rojas ante sí.

Como el mármol me pareció quedóse, que ni se movía ni tenía color.

“¿Me amenazáis? – dijo tembloroso -.”.

“Sí, inspector - manifestéle -, pues sabiendo que con dar un aviso por vuestros teléfonos a guardias leales e traicioneros, hubieseis evitado muchas muertes e desgracias. Pero tal cosa no habéis hecho por cobardía, que en defendiendo al Capitán Alacaída veíais la muerte muy cerca. Dos días os doy agora para que todos sepan que el Capitán va a vivir en Sevilla, sin ser espiado ni amenazado y que podrá viajar en libertad por toda España, o lo que de ella queda, sin peligro alguno. A cambio, os prometo una defensa férrea que sólo mi familia tiene e debéis dejar bien claro que la caja roja maravillosa e misteriosa, arderá en el fogón dentro de pocos minutos. Haced con España lo que os venga en gana, pero dejadme en paz a mí y a mi familia o sabrán todos lo que es una tragedia”.

E arrancando de mi capa la insignia de coronel, arrojéla al suelo e piséla con tal fuerza, que no parecían estrellas, sino estrelladas.

¡No puedo defender a España porque España ya no existe!

En Sevilla e a quince de septiembre del año de dos mil e siete.

18 septiembre, 2007

Del jaque mate – Parte IV

orrí rodeando la baranda del patio hasta la otra parte de la azotea y, asomándome con cautela, parecióme que el más lejano llegaba antes. Fuime a esperarlo arriba e subió fatigado al pretil, mas, al verme frente a sí, quedóse inmóvil e mirándome con fijeza.

“¡Ah, Capitán! – dijo - ¡El que presume de cristiano e de católico e va dando muerte a uno e otro por doquier!”.

“Erráis – le dije con calma -, que bien claro se lee en las Escrituras que si un brazo te escandaliza has de cercenarlo e si un ojo te escandaliza has de sacarlo. Traidores sois de la fe y de la Patria. E si a mi propia casa venís a darme liciones de catecismo, unas simples he de daros yo”.

E viendo tenía su mano puesta sobre la empuñadura de su pistolete, hice un movimiento rápido e corté su mano que cayó a la azotea con el arma. Espantado, advirtió que su compañero llegaba a lo alto de la casa e quiso avisarle, mas antes del aviso le hice la señal en su frente, la atravesé el pecho y el vientre e dile un fuerte golpe con mi puño hasta dejarlo caer a la calle. El otro (el último de los que se veían subir), saltó con decisión a la azotea al ver lo que hacía con su compañero, mas, al oír el golpe seco del cuerpo en la calle, restó quedo.

“A tres de vuestros compañeros – le dije – he dado buena cuenta. Sólo faltáis vos”.

“Esperad, Capitán – dijo visiblemente atemorizado -, que no habréis de pensar que un solo hombre pueda asaltar casa alguna”.

“Uno sólo no – respondíle -, mas no sois como un grano, que no hace granero e muy poco me gusta ayudéis a vuestros compañeros. Quizá seáis el último en fenecer, pero en estos asaltos traidores, el orden de los factores no altera el producto”.

Comencé a caminar hacia él con calma e iba pegándose al rincón del pretil sin apartar la su vista de mis manos e mis cara. Ya muy cerca dél, e sin aviso alguno, le hice la señal e lo atravesé como a los otros e lo empujé, dejándolo caer a la calle. Cuando oí el seco golpe de muerte del cuarto traidor, quise revisar las paredes de la casa, mas oí aquel canto de las sirenas que nos dijo «el chusco». La guardia estaba llegando.

Aparecieron hasta cinco coches con luces azules e bajaron muchos hombres e fueron a ver lo que había en el suelo con gran sorpresa. E bajé a la casa por ver lo que iba a ocurrir. Cayetano me miró atención e vio no había daño alguno en mí, sino que retiró de la vista mi espada ensangrentada.

“Excelencia – me dijo -, sabía y sé que no hay hombre que con vos pueda luchar sin salir maltrecho e que lleguéis sin rasguño alguno. Pasad, si es vuestro deseo a asearos un poco al servicio”.

“¡No! – respondíle con cierto enfado - ¡Estad pendiente de la pantalla de la puerta e, si alguien llamase, sin priesa alguna, avisadme, pues quien quiera agora vengar lo ocurrido, habrá de vérselas conmigo!”.

En Sevilla e a quince de septiembre del año de dos mil e siete.

17 septiembre, 2007

Del jaque mate – Parte III

l sonido (y la visión) de la caída de su compañero pusieron su respiración hasta tal punto acelerada que dijo con dificultad:

“Capitán, dejadme bajar e abandonaré lo trazado aunque creo erráis en vuestros pensamientos”.

“Si un solo paso bajáis por la pared, bajaréis hasta el suelo vive Dios e con un orificio es vuestra cimera – gritéle -, que como vuestro traidor compañero ha caído caeréis vos si no alcanzáis la azotea”.

“Esperadme, Capitán – dijo -, que he de reponerme de tal susto”.

“Una solución tengo yo para reponeros – dije asomándome e mirándole sonriente -, pues si en diez segundos no estáis aquí frente a mí como un valiente, estaréis pegado al pavimento como cobarde”.

E dióse mucha priesa por subir en ahogándose e saltó a la azotea con seguridad, mas al verse con la punta de mi acero ensangrentada frente a su rostro, dio paso atrás y apoyóse en el pretil.

“Así da la cara un valiente – le dije -. Aunque no quiero decir que lo seáis, sino que lo habéis hecho por temor”.

“Nada veníamos a hacer, señor – respondióme -, sino ver un poco desta bella casa nueva que tenéis”.

“¿Acaso para buscar el hueco por donde introducir un paquete que nos enviase al Cielo? – preguntéle acercando mi blanca -. Juro por Dios e por el hombre que estas artimañas criminales crea, que en menos de dos días, se abrirá ante mí un corredor de hasta cincuenta kilómetros cuando sepáis voy a pasar”.

“Bien me parece, señor – dijo con orgullo -, que tal cosa no veréis”.

“Ni yo he de verla ni vos, caballero – le dije -, si es que se os puede dar tal nombre”.

Y en dos movimientos rápidos, atravesé sus ojos sin llegarle a los sesos, que vivo aún lo quería. Llevóse las manos a la cara e intentó agacharse, mas pinché cuidadosamente su entrepierna con la punta de mi afilada ropera.

“¡En pie, cobarde – le grité -, pues bien debéis saber que ciego también se muere! ¡Desta forma no veréis vuestra propia muerte!”.

E le fice la señal en su rostro, atravesé su pecho, luego su vientre y empujé con fuerzas su torso antes de que cayese en la azotea, echándolo sobre el pretil y, con uno de mis pies levanté sus piernas y esperé a oír el golpe seco de su cuerpo en la calzada. Pero no apartaba yo la vista del otro lado de la azotea que a la calle Estrella da, pues bien sabía que otros dos estarían subiendo e habría de despachar.

En Sevilla e a quince de septiembre del año de dos mil e siete.

16 septiembre, 2007

Del jaque mate – Parte II

sí desayunábamos todos, Cayetano vigilaba por alguna ventana por ver si alguien intentaba subir por aquellas tuberías, que no había otra forma de llegar hasta donde estábamos. E terminado el refectorio, propuso Su Ilustrísima bendecir cada rincón de aquella casa, pues uno destos nuevos hisopos traía ya preparado al efecto. E todos le seguimos con devoción e se recorrió desde un extremo hasta el otro e todos besamos al Niño de Montañés e se rezaron unas plegarias.

Dije yo luego desto se preparase lo que faltase en la estancia de Su Ilustrísima e ordené a los niños estudiasen una pieza hasta ser avisados. Desta forma, Cayetano avisó al servicio de retirarse a sus aposentos e sentéme cómodamente ataviado con mi uniforme e bien armado en una silla desde donde se veía una ventana con reja muy cercana a una desas tuberías. E, no sé si para bien o para mal, pasada una corta pieza, parecióme ver que alguien se movía tras las rejas, levantéme con presteza, destoquéme e dejé el sombrero donde había convenido con Cayetano. Con sigilo, más sin pausa, recorrí el callejón que llevaba a las escaleras que a las azoteas subían e abrí la puerta de espacio en mirando a un lado e a otro e, como parecióme que el más avanzado era el que a mi izquierda subía, asoméme con cautela e le vi trepar como por escala en torreón, mas miraba siempre hacia abajo. Desta forma, le dejé llegar al pretil y poner sus piernas sobre él mas, al sentarse quizá por haber un poco de descanso, me halló frente a sí e con mi acero apuntándole. Fue tal la impresión que dióle, que parecióme iba a caer de espaldas al vacío.

“¡Capitán!” – dijo pálido como alabastro - ¿Qué hacéis vos aquí?”

“Creo que lo que preguntáis – le dije – debería haberlo preguntado yo”.

“No es más que una inspección rutinaria – me dijo -, que hemos observado no se cumple el tratado al que se llegó”.

“Bien decís – respondíle -, que ni se cumple ni jamás habrá de cumplirse mas, eso de la «inspección rutinaria» hubiéralo yo hecho con más facilidad, pues dando aviso de día e hora, se os hubiesen abierto las puertas desta casa; e como mi razón me indica que tanto yo como mi familia e servicio corre peligro, empezaré con el ataque, que la defensa me parecec para los tontos”.

E sin decir palabra más alguna, en un rápido movimiento, le hice mi marca en el entrecejo y llevóse allí las manos mientras caía un pequeño reguero de sangre junto a su nariz.

“¡Tened merced – me dijo -, que no hago sino cumplir órdenes e tengo mujer e niños!”.

“Mujer no tengo – le dije -, pero sí niños a los que me gustaría conservar con vida y no hecho pedazos”.

Y en diciendo estas palabras, en dos impulsos raudos, atravesé su pecho y su vientre y le empujé con un pié hacia la calle. Asoméme al punto por verle caer e vi cómo su cuerpo golpeaba con las barandas de hierro de un balcón de la casa frontera y caía a la calzada como saco lleno de harina. Por la otra tubería, obra de ocho metros desta, se acercaba otro intruso traidor e di unos rápidos pasos hasta llegar al lugar para esperarle. Comencé a oír su respiración.

En Sevilla e a quince de septiembre del año de dos mil e siete.

15 septiembre, 2007

Del jaque mate – Parte I

o esperaba visita ni llamada alguna este sábado mas, antes del desayuno, llamaron a la puerta. Fuimos Cayetano e yo al zaguán e nos pusimos frente al panel que permite ver a los visitantes e abrirles desde arriba e pulsó el primer botón. Vimos la cara en la pequeña pantalla de Su Ilustrísima, que parecía observar a alguien que por la calle pasaba. E pulsando el segundo botón, le dio el saludo e tal hice yo, que tan asombrado estaba de aquella visita sorpresa que sólo atiné a decirle unos «Buenos días nos dé Dios». En pulsando el tercer botón, abrióse la puerta de la calle y entró con parsimonia don Juan en el portal. La imagen que veíamos entonces era la de su entrada hasta la puerta del ascensor. Paróse allí sin saber qué hacer, que botón alguno había junto a la puerta e, al punto, abríeronse éstas e pulsó Cayetano el cuarto botón, que cerraba las puertas del ascensor, nos dejaba seguir viendo su imagen y lo subía hasta nuestra casa. Abriéndose las puertas del ascensor hubo gran júbilo e muchas preguntas, que no era visita esperada aunque sí deseada.

“¡Ilustrísima! – exclamé - ¡Vos aquí sin aviso cuando hubiésemos querido recebirle como se merece! ¡Pasad, Santo Dios, pasad, que en vuestra casa estáis como en Ronda e vuestros aposentos preparados como si supiésemos veníais!”

“Acaso mi presencia, hijo – me dijo -, os cause fatigas, pero no podía pasar un día más sin ver a mis pequeños angelitos e sin curiosear esta nueva casa, que, a lo que veo, me espanta su parecido con la original”.

“Dejad ahí el equipaje para que lo recoja el servicio – le dije -, pues a buena hora venís para el desayuno e se os mostrará luego la casa, que es maravilla de ver”.

E quedando Cayetano e yo un punto solos, nos preguntamos qué haríamos entonces con Su Ilustrísima en casa cuando por los alrededores merodeaban posibles asaltantes.

Salieron los niños al patio con gran júbilo e arremetieron a Su Ilustrísima que, con los brazos extendidos y lágrimas en sus ojos pedía su equipaje para darles unos regalos. E los tres niños besaron su pectoral y aferróse Marinín a su cintura apretando su cara a la raída sotana mientras don Juan lo bendecía en poniendo sus manos sobre su cabeza.

“Vayamos al desayuno, niños – dijo -, que no quiero cambiar horarios ni que se os enfríen los calentitos”.

“¿Calentitos? – preguntó Antonio atónito - ¿Cómo sabe Su Ilustrísima que hay hoy calentitos para el desayuno?”.

“La edad y la experiencia – contestóle – y un poco de la ayuda de Dios Nuestro Señor para mantener mi olfato, me dicen que hay algo más que dulces”.

Cambiáronse los sitios de la mesa dejando a don Juan en la presidencia y esperando la bendición de los alimentos e me hacía Cayetano señas de ir a la cocina para haber alguna plática. Comenzado el desayuno, pedí excusas (cosa que nunca hago) e fui a saber lo que quería mi primer sirviente.

“En el mercado, esta mesma mañana, excelencia, he visto a dos desos hombres observando mis movimientos. Quisiera yo humildemente proponerle, anduvieseis merodeando por el patio e, a una señal, llevaría yo a todos a las estancias del fondo con alguna excusa”.

“Óptimo me parece vuestro trazado – le dije -, que si veis me destoco e dejo mi sombrero en la butaca que hay a la entrada del pasillo que va a las escaleras de la azotea, es que algún moro hay en la costa e viene por donde dijisteis. El resto será cosa fácil para mí”.

“Lo mejor os deseo, excelencia – me hizo reverencia -, que temor no tengo por vos, sino porque los niños, Su Ilustrísima y el servicio vean e oigan algunas cosas que pueda asustarles”.

“No habed cuidado, Cayetano – le dije -, que ya sabéis que es bien cierto eso de la experiencia, los años y el olfato que nos mantiene Dios Nuestro Señor. Cuando os avise, todo habrá pasado, si algo pasa”.

En Sevilla e a quince de septiembre del año de dos mil e siete.

14 septiembre, 2007

Del posible asalto al palacio

ue el aseo de la mañana de mucha diversión, que lo hicimos con los niños. Algunas liciones les dimos de cómo debería hacerse e cómo secar el cuerpo e cómo vestirse e, pasando al comedor principal, nos sentamos todos a la mesa para el desayuno. Tomando ya los pequeños su chocolate e las tostadas e los dulces, advirtióme Marcos que no deberían quedar los uniformes de la escuela sin comprar, e los libros e algunas otras cosas que serían menester.

“Nada les ha de faltar, Marcos – le dije -, que todo está ya bien trazado e ya he hablado con don Julio cómo han de matricularse el tercio en su escuela e, incluso, vendrá en breve Valeriano para saber los horarios de recogida de los niños aquí y allí”.

“¡Valeriano! – exclamó Marcos - ¡Mucho tiempo ha que no le vemos por nuestra casa!”.

“Así – le dije -, como volverá Valeriano, todo volverá a su curso correcto”.

E observé Cayetano me miraba con extraño desde la puerta de las cocinas e, terminando el desayuno, fueron los niños a sus estancias con Marcos e hube yo unas cortas pláticas con él, pues me manifestó su preocupación por haber visto a ciertas personas que levantaban sus sospechas. Con esto, preguntéle si era posible entrar en la casa por otro sitio que no fuese el ascensor del portal e respondióme de forma misteriosa:

“Si no se sube en el ascensor, excelencia, teniendo la llave que a esta casa trae, es que no se sube con buenas intenciones. Pensando en lo que decís, he mirado si hubiese otra forma de «asaltar esta fortaleza» y, para mi sorpresa, he descubierto que hay hasta cuatro tuberías que suben (o bajan) desde la azotea a la calle. E siendo, como lo soy, de pensar en si caben ciertas posibilidades, he probado a subir por uno desos tubos. Asustaros no quiero, excelencia, pero si hubiese un motivo de importancia, a pesar de que las alturas no me agradan, podría asaltar la casa por las paredes del edificio”.

“¿Qué decís? – exclamé - ¡Cosa tal no puede permitirse en este lugar!, que si es necesario arrancar tales tuberías, yo mesmo lo haré”.

“Esas cuatro tuberías – excelencia -, no sabemos si son para desagüe o para cualquiera otra cosa, que podría ser peligroso tocarlas sin asesoramiento, mas preguntaría yo a doña Julia si son necesarias e le pediría se retirasen o se emparedasen, de forma tal, que ningún experto en trepar muros pudiese llegar a dos metros de altura”.

“Vuestro consejo agradezco, Cayetano – apreté su hombro -, que aunque yo soy hombre de miedo a las alturas bien sé que los hay que trepan por muros casi lisos. Tomaré medidas”.

En Sevilla e a catorce de septiembre del año de dos mil e siete.

13 septiembre, 2007

De los temores de Marcos

espués de un día lluvioso, tormentoso e obscuro en el que jugamos con los pequeños por toda la casa, hubimos una cena callada e cansada e veíase en los ojos de los niños su deseo de ir a la cama a descansar. Marcos e yo nos retiramos a nuestros aposentos después de una bella despedida de besos y manifestaciones que nos llenaron de gozo.

Yaciendo ya en la cama e mirando fijamente al dosel, dijo Marcos estar preocupado por la seguridad de todos en Sevilla.

“He recorrido muchas calles de Sevilla hoy, Marino – me dijo -, y por todas ellas debe irse a pie, que no sé por qué extraño motivo, este Ayuntamiento ya no permite vaya uno en coche, como en todas las ciudades del mundo, que la parte central de Sevilla es la mas grande de Europa e atravesarla a pie es fatigoso. Pero recorrer tantas calles andando me ha permitido observar que hay algunos desos hombres que siempre os han observado e, sabiendo estoy yo aquí, imaginarán estáis vos. Alertaros no quiero, querido amigo, mas estaría yo en guardia”.

“De lo que habláis – le dije – algo ya sé, que con sólo salir a tomar un café al bar Estrella, he visto hasta tres vigilantes. No temáis por lo visto; en guardia estoy y, esta vez, si alguien arremete, se hablará de una tragedia, mas no nuestra. Así que vea yo otra vez esas miradas extrañas e traidoras, lo sabrá el inspector De Lema e, sabiéndolo éste, sabrá también que si no espanta a tanta guardia traicionera, será el primero en encontrar la muerte”.

Saltó Marcos de la cama mirándome asustado con fijeza.

“¿Qué cosa decís? – exclamó - ¿Acaso pensáis en darle muerte al inspector?”.

“No tal – le dije -, que el inspector no hame hecho daño alguno, sino permitir que los traidores sigan acercándose a nosotros. Dejad que yo solucione los asuntos destos follones e trabajad vos en lo que conmigo os lleva, que no es sino la administración”.

“¡Mis niños! – farfulló - ¿Qué culpa puede echárseles a ellos de lo que ocurre? A Dios gracias en vuestra destreza confío”.

“¡Vamos! Besadme e abrazadme e durmamos, pues todo será resuelto para siempre”.

En Sevilla e a trece de septiembre del año de dos mil e siete.

11 septiembre, 2007

De la montera moderna de la casa

ugaron los pequeños todo el día en el patio e Cayetano les acompañó, quizá pensando también en que pronto tendría el suyo, y el servicio se asomó a la ventana que desde la cocina se abría.

“Excelencia – me manifestó María -, paréceme que son los niños más felices en esta casa”.

“Es lo nuevo lo que les atrae, María – le dije -; un día llegará en que echen a faltar la piscina de Grazalema cuando el tiempo vuelva a ser caluroso”.

“Así será – contestó -, creo yo también, mas después de la tormenta de anoche comenzará Marinín a sentir sus extraños temores e, hasta que el tiempo no esté soleado, no le veo yo tener ideas de volver al pueblo”.

“¿Tormenta de anoche, decís? – me extrañé -; ningún trueno oímos”.

“Tened en cuenta, excelencia – aclaróme María -, que los cristales de las ventanas desta nueva casa como muros son. Si no visteis las luces de los relámpagos, mucho me extraña que oyeseis los truenos”.

“Y si Marinín los hubiera visto e oído – le dije -, en la cama lo hubiésemos tenido toda la noche”.

“No fue fuerte ni hubo mucha lluvia – aclaró entonces -, mas ya me parece oír en la lejanía otra vez algunos truenos. Si las tormentas se hacen más fuertes, tendréis a vuestro hijo toda la noche yaciendo con vos ¡Ay, ya quisiera yo tener al mío ya a mi lado!”.

“No apuraos, mujer – exclamé -, que las cosas todas han de llegar a su tiempo y, algún día no muy lejano, lo arroparéis junto a vos en una noche cerrada”.

E oyóse entonces un lejano trueno e dejó Marinín sus juegos e junto a mí corrió.

“Nada pasa, hijo – le dije -, que Sevilla es muy grande y no todas las tormentas pasan por encima de nuestras cabezas como en Grazalema. Jugad y, si viésemos se acerca, os prometo entraremos a la salita, encenderemos luces y platicaremos de cosas muy interesantes”.

E acercándose Antonio a nosotros, quería convencerle de que nada ocurría e fue entonces cuando algo le dijo Cayetano al pequeño e marchóse hacia el corredor del servicio. Marino miró al cielo expectante y, sintiéndome con curiosidad, arriba miré también. Tal como se echa la vela en verano para que no entre el sol ardiente, comenzó a salir una montera de cristal moviéndose con lentitud y, en pocos segundos, cubrió el patio de la lluvia.

“¡Santo Dios! – exclamó Marcos -, que tal cosa no había visto en mi vida, pues tiene el patio cubierta para el sol y también para la lluvia”.

Acercándose Cayetano otra vez al pequeño, le susurró algunas palabras y tiró Antonio de una manga y Marinín de la otra hasta hacerme bajar, me besaron sonrientes e volvieron a sus juegos con Carlitos.

“Quiero me digáis, Cayetano, qué resorte o qué botón hay que dar para poner y quitar tal montera, que hasta en las plazas de toros debería haber una destas para que no se dijese que la tarde estuvo mojada”.

En Sevilla e a once de septiembre del año de dos mil e siete.

10 septiembre, 2007

De los peces encerrados en el agua

os ojos brillantes de los pequeños destellaban con la luz que por la ventana entraba durante el almuerzo y María los miraba sonriente y feliz imaginando acaso que algún día tendría a uno como ellos sentado en su regazo.

“Casi nada veo falte en esta casa, papá – dijo Antonio -, e todo es nuevo e todo es cómodo e todo está en su sitio”.

“Si es así como lo veis, Antonio – le dije -, bien me parece, mas habéis dicho un «casi» que paréceme indica que alguna cosa os falta”.

“Pudiera deciros, papá – razonóme -, que ese «casi» podrían ser las cosas que acaso algún día veamos serían menester”.

“Mucho me alegra entonces lo que decís – le hice reverencia -, pues no era otra mi idea que teneros en un lugar donde nada os faltase y, estando en Sevilla, nada os ha de faltar en esta casa ni en la calle, que ya Marinín tiene muchos amigos”.

“A buscarlos iré – dijo Marinín decidido – e los traeré a esta casa para jugar”.

“Así lo prefiero, hijo – razoné -, que no dudo algo me dice que es mejor que juguéis en el patio”.

“Me gusta la fuente – dijo Carlitos -, pero sólo hay peces rojos y a mí me gustan plateados”.

“Tal vez, pequeño – le dije -, no ha llegado aún el barco que los trae y aparezcan una mañana nadando en esas aguas con los otros”.

“¿Es eso cierto? – se extrañó Antonio -; deberían venir los peces nadando e no en barcos, que son para los que no sabemos nadar”.

“Pudiera ser así – le dije -, mas está el río lejos y ellos no andan e les falta el agua. Traeremos esos peces plateados”.

“Yo mesmo he de traerlos esta tarde – dijo Marcos -, que bien sé dónde hay un lugar con peces de todos los colores, mas debéis prometer no ensuciar las aguas de la fuente e no hacer daño a tales criaturas. Aunque no hagáis esas labores, que son dificultosas, seréis los cuidadores de que las aguas no enturbien e de que no les falte alimento”.

“No estarán a disgusto – farfullé -, que ningún pez en el agua lo está, pero de ahí no podrán salir… o encontrarán la muerte”.

En Sevilla e a diez de septiembre del año de dos mil e siete.

09 septiembre, 2007

Del día del viaje al nuevo palacio

ubieron los niños gran contento todo el día, que bien sabían que partiríamos para Sevilla al atardecer e les esperaban muchas sorpresas.

“Antonio, hijo – espeté -, no voy a prohibiros que tiréis de mi capa, pero si seguís haciéndolo desta forma, acabará como túnica de nazareno”.

“Mejor me parece estire vuestra capa hasta el suelo, sobrino – dijo Su Ilustrísima -, que no está mi sotana para tirones, sino para jirones”.

“¿Tendremos cada uno una estancia distinta, papá? – preguntó Marinín -; dormir en una estancia para mí solo puede ser lujoso, pero preferiría yo, si ello fuere posible, yacer junto a Antonio”.

“Dormir junto a Antonio no es problema, pequeño – le dije -, pero dejaríais a Carlitos solo. En siendo, como lo son, los dormitorios muy amplios, cada uno ha de tener el suyo para sí e, a la hora de dormir, veremos de poner otra cama con vuesas mercedes para el más pequeño”.

“Esa idea me place, papá – respondió Antonio -, que teniendo cada uno su propia estancia, podamos compartir la cama”.

“Todas vuestras alcobas unidas están por puertas unas a otras – les dije –, e así, cada una dellas tiene su entrada por el pasillo y está con la aledaña comunicada”.

“E vos e Marcos – dijo Carlitos – tendréis también cada uno una alcoba y…”.

“No hijo – le interrumpí -, que ya sabéis que con una estancia grande asaz espacio tenemos para entrambos y, siendo que yo escribo todas las noches mi diario y otras cosas de la economía de la casa e no quiero disturbar el sueño de tío Marcos, se comunica el dormitorio con uno de los bufetes”.

“¡Jo, papá! – exclamó Marinín -; esta casa es mejor que la antigüa e mejor que las dos juntas de Grazalema e mejor que esta”.

“Eso es así, pequeño – le expliqué -, porque no estamos nosotros hechos para vivirla, sino que ella está hecha para que la vivamos. Aunque llegaremos ya de noche, la veréis iluminada; e ya por la mañana os enseñaré otras partes que merecen ser vistas con meridiana luz de día”.

“¿Es que el tiempo pasa siempre tan lento cuando uno quiere que corra?”.

No podíamos hacer que los niños hubieran calma cuando se preparaba el equipaje y se llevaba al coche, que en la calle de Armiñán estaba parado e poco tiempo podía restar en tal lugar, así, dióles Marcos órdenes de despedirse del servicio e de tío Juan como mandan las buenas costumbres e los llevó al coche. E ya cargado todo el equipaje y en emotiva despedida, partimos de espacio cuesta abajo para cruzar el Puente Nuevo y encaminarnos a Sevilla. Esto pareció calmar a los niños aunque no dejaron de hacer preguntas e comentaban ellos cosas de fábula sobre la nueva casa. E al hacerse la noche, ya pasando el lago de Zahara de la Sierra, cayeron rendidos abrazados unos a otros, que estos coches no van dando saltos por los caminos como los de antaño pues, ni las ruedas son duras ni hay piedras en los caminos.

Dificultoso fue para Marcos encontrar una entrada hasta la casa por estar las calles dedicadas a los que caminan, cuando casi nadie camina, e llegar a la puerta de la cochera de Argote de Molina. He de decir que no le gustó tampoco el apeadero, que era de techo demasiado bajo e olía mal. Llamamos a los pequeños e subimos al zaguán – que fuéme aclarado por Marcos que deberíamos llamarlo «portal» - e con solo ponernos frente a las puertas del ascensor, bajó el servicio a por el equipaje e subimos nosotros. De los tirones de Antonio la capa me ahogaba y, en abriéndose las puertas del ascensor al llegar a la casa, tanto corrieron los niños, que no supimos dónde estaban, sino que los vi por un lado e por otro acompañados de Cayetano.

¡Jo, papá! No imaginaba la casa así por mucho que me habéis manifestado.

En Sevilla e a nueve de septiembre del año de dos mil e siete.

08 septiembre, 2007

De la réplica de mi casa e la labor de doña Julia

artimos el día tercero deste mes de septiembre, Marcos e yo hacia Sevilla e fuimos al bufete de don Justo donde nos esperaban éste y doña Julia. E como el nuevo Ayuntamiento desta bella ciudad no permite agora pasen carruajes por las calles, hubimos de ir andando hasta la calle Estrella desde muy cerca del Puente de Triana. Al entrar en la parte donde estaba mi galpón, encontramos un edificio de raro color e más rara forma e quise yo desandar lo recorrido hasta que convencióme doña Julia de ver el interior de tal caja de ladrillos.

Entramos en aquella casa por una estrecha puerta que daba a un ancho zaguán e señalóme con disimulo la señora una puerta que parecía sin importancia, era muy pequeña y muy fuerte e bajaba a la parte escondida de los sótanos.

“Muchas e más bellas cosas se han descubierto, excelencia – espetó -, e no siendo estas ni mías ni suyas ni del Ayuntamiento, sino de la antigüa Sevilla romana arrasada por el moro, ahí deben conservarse para el placer de los que sabemos que existen”.

Frente a aquella puerta se encontraba el ascensor, a los que tengo respeto por parecerme ataúdes puestos en pie, mas al abrirse sus puertas, encontré una pequeña habitación muy bien decorada e cómoda; con cuadros y espejos e sillas. En un lado de la pared, había hasta dos botones numerados y, encima destos, una cerradura moderna.

Introdujo allí doña Julia una llave e advirtióme era esa la única forma de subir hasta la planta tercera, que toda ella no era sino un palacio pequeño. Movióse el ascensor una corta pieza e abriéronse las puertas. Ante nosotros, pude ver una copia – aunque más pequeña – del zaguán de mi casa, e allí entramos e pude ver con sorpresa a mano siniestra una cancela e tras ella un patio que era réplica del mío.

“¡Santo Dios, señora! – exclamé -, que siendo todo de menor tamaño paréceme ver mi casa”.

“El Ayuntamiento guarda copia de todo, excelencia – me dijo -, aunque no a todos se las da. La parte central de la casa, como podéis ver, es harto parecida a la original e la parte de servicios y estancias es más moderna y más cómoda”.

Recorrimos las habitaciones de estar a la derecha, hasta tres bufetes al fondo, las cocinas e hasta dos comedores e, luego, las estancias del servicio, las de los invitados y la de la familia, e fue tal mi sorpresa, que no dije más que se buscasen los muebles adecuados cuanto antes para pronto ocupar aquella belleza.

“Me he permitido, excelencia – dijo doña Julia -, sabiendo el mobiliario que en la otra casa existía, reservar en la mejor tienda de muebles de Sevilla, todo aquello que sería menester. Desta forma, excelencia, con vuestra sola conformidad, en cuatro días tendréis la casa para habitarla”.

“¡Voto a Dios que jamás he visto mujer con tal inteligencia! – exclamé -, que por lo que ya me ha dejado ver e los muebles que veremos antes de ser traídos, nunca buscaría a persona alguna, sino a ella, para cubrir mis necesidades en estas empresas”.

“Me halagáis, excelencia – me hizo reverencia -, e a vuestro servicio quedo si llegamos al acuerdo pecuniario”.

“Acordado queda – le dije seguro -, que aunque sé que habré de gastar media fortuna, bien me parece todo esto lo vale”.

“Fírmese pues el acuerdo – intervino don Justo – y déjese a esta señora acabe los detalles”.

“Hágase así – dije mirando con añoranza el patio – e que se tengan, sobre todo, en cuenta cómo irán dispuestas las habitaciones de mis pequeños e que nada falte en las estancias del servicio”.

Salí del edificio halagando la labor hecha e fuimos caminando hasta la tienda de muebles e ¡cuál no sería mi sorpresa!, al ver que allí estaban los mueles ordenados como estarían luego en la casa.

“Déjese a esta señora dé las últimas órdenes – ordené – e para el día nueve, que será domingo, llegará el servicio de temprano con su equipaje para hacer las compras necesarias. E nosotros pasaremos el día en Ronda haciendo compaña a Su Ilustrísima hasta la tarde, que quedará él allí en su hermosa casa hasta el día que quisiere venirse a conocer tal maravilla e disfrutar de su familia”.

Estampé mi rúbrica en muchos papeles, siempre en presencia del letrado, e se nos entregaron unas copias de las llaves que no deberíamos usar hasta el mesmo día nueve.

E ya llegados a Grazalema, manifesté a todos lo visto e oído e nos dispusimos a pasar unos días de holganza hasta el domingo, que hoy sábado se celebra en Grazalema el día de Nuestra Señora de los Ángeles y se hace procesión con fuegos encendidos al anochecer hasta su ermita, que es la que se encuentra a la llegada e cerca de los pinsapos que dan la bienvenida a esta villa.

En Grazalema e a ocho de septiembre del año de dos mil e siete.

02 septiembre, 2007

Del trazado para viajar al nuevo palacete e de la nueva criatura que espera María

pasaron más días de asueto e menos se me antojaba que ir a Sevilla por ver el palacete fuese un placer, así, le dije a Marcos que iríamos un día antes por ver las condiciones en que se hallaba e, ya sabiéndolo, viajaría el servicio con nosotros por buscar los muebles e preparar la casa. Con esto, hube de pedir a Su Ilustrísima restase sólo unos días en Grazalema con los pequeños, Cayetano e María e así me dijo:

“Acaso olvidáis que María está a punto de dar a luz e no quisiera yo verme con el mandil en la cocina. He de traer pues aquí a parte de mi servicio si así deseáis hacerlo, mas insisto en que en esto de irse a Sevilla hay cierto riesgo”.

“Haylo e nadie lo niega, Ilustrísima – espeté -, más muy bien sabéis cuán triste e penoso es el invierno en estas sierras, e quisiera yo de contento a los pequeños y en una buena escuela, que todos han de estudiar”.

“Por mucha razón que os dé, sobrino – contestóme Su Ilustrísima -, sé haréis lo que en gana os venga. Hágase pues lo que trazáis. Mejor será que cuando los niños lleguen a su nueva casa sevillana esté todo presto; en ello no hay duda”.

“Partiremos mañana mesmo – dije -, al amanecer, Marcos e yo por ver si todo está como lo quiero. Si así es, se amueblará la casa la semana entrante e, la próxima, se hará todo el traslado. En cuanto al parto que ya espera María, dejemos de la mano de Dios Nuestro Señor que decida si ha de ser el niño grazalemeño o sevillano. Ambas cosas me placerían”.

“E yo mesmo quisiera bautizarlo – aclaró Su Ilustrísima -, ya sea en la pila de Santa María de la Encarnación de este precioso pueblo o en la pila de San Isidoro de Sevilla, que ha visto muchas cabezas famosas purificarse y entrar en el recto camino de Jesús”.

Y en esto, apareció María sonriente trayendo una bandeja con algunas cosas y en diciendo:

“Mi nombre he oído y pensaba pedían vuesas mercedes algo de yantar e algo de beber, mas, no he podido evitar oírles hablar del bautizo de mi hijo. Me gustaría, Ilustrísima, si ello fuese posible, que si bautizáis a este mi nuevo hijo que a punto está de venir a este mundo, pusiérasele el nombre de Marino de Santa María si en Grazalema se bautizare o Marino de San Isidoro si fuere en Sevilla”.

“¿E por qué no iba a poder ser, mujer? – le sonrió Su Ilustrísima -. Sois vos, e vuestro esposo, los que decidiréis el nombre de la criatura, y esto, hasta lo que yo sé, puede hacerse en el último instante. Bellos me parecen entrambos nombres e muy significativos. Hágase pues como decidáis”.

“Queda pendiente entonces – dije ceremoniosamente -, el nombre desta nueva criatura, que en naciendo en un lugar llevará uno y en naciendo en otro, otro llevará”.

En Grazalema e a segundo de septiembre del año de dos mil e siete.