rujeron por la mañana muchas bolsas e cajas con lo comprado en los almacenes e, uno de los hombres que venía a traerlos (con su nombre en el pecho), mostróme el contenido de cada bulto e le pedí si era posible dejasen unas cosas en un lado e otras en otro. Así, las bolsas de las ropas de mis pequeños, las llevaron a sus dormitorios e las cajas con los enseres para el nuevo nacido se llevaron a la estancia de María, pues hasta una pequeña cuna sacaron de una caja e pusieron en su sitio. Dije al servicio recogiese el resto e pusimos Marcos e yo, ante la vigilancia de Su Ilustrísima, las nuevas ropas ya de invierno para Marinín, Antonio e Carlitos extendidas sobre sus camas.“Nada de la ropa usada debe tirarse, sobrino – dijo en mirando -, que toda la ropa que tienen los niños está nueva e yo mesmo he de llevarla al ropero parroquial”.
“Nada vais a llevar al ropero, Ilustrísima – le dije -, que ya hay quien hará eso”.
E llegando los niños de la escuela, les dije pasasen a sus dormitorios por ver si había algo nuevo e de allí salieron de gran contento e dando voces.
“Haya sosiego e calma, aseo y cambio de ropas e presencia en el comedor – les dije alzando la voz - ¡A la orden!, que, según me han dicho, ha preparado hoy Ramón un plato que hará las delicias de pequeños e mayores”.
Mas, en esos minutos en que fueron a sus estancias, llamó alguien a la puerta. Al no estar Cayetano, corrimos Marcos e yo al zaguán a mirar en el panel e, pulsando el primer botón, vimos al inspector inquieto e acompañado; pulsando el segundo, le dijo Marcos que le abriríamos e que pasasen; y pulsando el tercero, le vimos de entrar en el portal con una mujer e dos niños; se abrió el ascensor e les hicimos subir. Al abrirse las puertas, salió el inspector como de alabastro e muy quedo e tras él venía una señora con los niños.
“¡Santo Dios, inspector – le dije -, que vuestra presencia así me asusta!”.
“Pues raro es que os asustéis, excelencia – contestóme -, que de visita vengo con mi señora e mis hijos. Elena es mi esposa (me incliné e besé su mano) e Luís e Isabel son mis hijos”.
“¡Pasad, pequeños, pasad!, que a la casa del Capitán os trae vuestro padre y en esta casa todo está pensado para los pequeños. He de decir a los tres míos que vengan a daros la bienvenida”.
“¡No, excelencia! – alzó el inspector la voz -, que no quiero seros de estorbo a estas horas”.
“¡Vamos, Marcos! – hice una señal -, decid a los niños que vienen a casa dos amiguitos nuevos”.
E así, se conocieron e llevaron mis niños a los del inspector a sus dormitorios e a la salita de juegos mientras De Lema, casi en llantos, me decía había sido amenazado de muerte e que no hubo otra idea que buscarme a sabiendas de que podía atraer el peligro.
“¿El peligro? – preguntéle -. Bien sabéis cómo limpio yo esa suciedad e no es tiempo de hablar de mierda, sino de yantar. Dejad esas bolsas en el suelo que bien paréceme equipaje. El servicio os preparará dos habitaciones e aquí restaréis, cumpliendo mis órdenes, hasta que yo lo crea conveniente”.
Ni la señora ni él sabían qué hacer ni qué decir, mas salió el servicio e les acomodó e les hizo pasar al comedor. Allí nos sentamos, aunque hubimos de ordenar los sitios. Como pensé, hicieron los niños mejor amistad que los mayores e, viendo sus hijos el comedor y el servicio, bajaron todos la voz.
“El Pastor ha abandonado a noventa e nueve ovejas por salvar a una sola descarriada – dijo solemnemente Su Ilustrísima -; oremos agora en dándole las gracias por lo sucedido e por los alimentos que vamos a tomar”.
Se hizo un gran silencio e sólo los niños hablaban quedo durante la comida e, terminada ésta, dije al inspector e señora hubiesen un descanso el resto del día e se hablaría al día siguiente de ciertos trazados que daban la vuelta en mi cabeza.
“¿Qué hace un humilde inspector como este de huésped de un coronel?”.
En Sevilla e veinte e siete de septiembre del año de dos mil e siete.




















