esperté esta mañana más temprano que como ya era costumbre en estos días de solaz, pues en llegando agosto, llegan también las tormentas de verano. E parecióme muy obscuro el cielo hasta ver el primer relámpago, mas en tronando fuerte al punto, decidí levantarme.“¿Do vais tan temprano, Marino? – preguntó Marcos con extraño -; tiempo queda aún para la hora del aseo e del desayuno”.
“Así es, Marcos – le dije -, mas ¿a qué seguir intentando dormir con este ruido? Asomaréme al jardín por ver cómo cae la lluvia hasta que bajen vuesas mercedes”.
Mas esto aún no había acabado de decir cuando tocaron a la puerta: «Venite».
Entraron los tres pequeños de la mano asidos e con la vista baja e mal gesto.
“Mis pequeños no pueden dormir tampoco – me abracé a ellos – que es la mañana obscura y ruidosa con la tormenta”.
“¿Puedo quedarme con vos una pieza? – preguntó Marinín -; ya sabéis que no me gustan los truenos”.
“Cobardes ante estas manifestaciones de la naturaleza no debemos ser – les dije -, que son necesarias todas ellas. El calor, el frío, la lluvia, la tormenta, la nieve… E cada una sirve a Dios e a nosotros mesmos de alguna manera. Os acompañaré a vuestra estancia para que os vistáis e bajaréis conmigo a contemplarla. Luego se hará el aseo”.
“Preferiría yo aquí restar con vos – insistió Marinín -.
“¿Acaso es distinta aquí la tormenta – le dije – que abajo en el jardín?”.
“Eso paréceme, papá – contestó -, que más salvo me siento a vuestro lado e aquí encerrado”.
“Pues si pensáis que la tormenta es peligrosa – le dije -, no erráis; mas es peligrosa aquí dentro e ahí afuera. Vayamos”.
Y en bajando las escaleras encontramos ya a Su Ilustrísima paseando por el salón.
“Buenos días nos dé Dios – nos saludó -, que malo aparece por estos truenos mas son las tormentas necesarias. Caras veo de temor. Venid conmigo pequeños”.
E tomándolos de la mano los acercó al cubierto del jardín e parecióme Marinín no había gran contento.
“Dicen las gentes destos pueblos serranos que no querían antes que les cayera una tormenta en el campo por ser un tanto peligrosa, mas he de deciros que aquellos hombres, que vivieron otrora, hace un siglo y más, temían a las tormentas porque viajaban en mulas. Yendo subidos a sus cabalgaduras, debían arroparse bien para no mojarse e haber cuidado de los caminos que tomaban, que no caen esos rayos en lugar cualquiera, sino en lugares altos, en riscos, en árboles grandes o donde haya ganado reunido. E dícese que el que esto no sabía, creía que guarneciéndose bajo un árbol grande se libraba de la lluvia, pero no sabía que podía ser muerto por uno desos rayos. Agora os digo, pequeños, que estando en el pueblo, es difícil que nada nos pase e saliendo de viaje en coches, tampoco se corre peligro”.
“En la gran ciudad preferiría vivir sin embargo – dijo Antonio -, que ha poco que cayó una culebrina y entró por la puerta de doña Tomasa, allá arribota del pueblo, e salió por las ventanas, dejando la casa toda quemada e que, desde entonces, está doña Tomasa trastornada e siempre reza”.
“Más seguras son las ciudades, es cierto – continuó Su Ilustrísima -, pues habiendo muchas torres altas, en lo alto dellas han puesto unos hierros que son llamados «pararrayos». E allí caen los rayos e los llevan hasta las profundidades de la tierra”.
Y esto hablaba don Juan cuando sonó mi teléfono:
“¡Excelencia! Acaso es temprano para esta llamada – oí -; don Justo Severo os saluda”.
“¡Don Justo! – contesté de contento -; no preocuparos por la hora de vuestro aviso, que mucho me place ¿Acaso hay novedad?”.
“Una sola e paréceme importante – dijo -, que construye ya doña Julia en vuestra finca y dejará en la parte alta de la casa un a modo de palacio pequeño y con patio como el que teníais vos antaño. Hame pedido os diga que os daría preferencia si quisiéredes adquirirlo”.
“¿Un pequeño palacio en Sevilla? – me asombré -. Decidle que os avise de cuándo podría visitarse”.
“Alguna cosa queda por construir, excelencia – aclaró -, mas ya podríais ver cómo sería”.
“Una visita he de haceros esta mesma semana, don Justo – manifesté -, que quisiera ver ese palacete e, si doña Julia lo viese oportuno, hacer la compra”.
Hubo gran contento don Julio, pero parecióme ver también gran contento en las caras de los pequeños, que habían dejado de oír las historias de su tío Juan.
“¡Jo, papá! ¡Un palacio en Sevilla para nosotros!”.
En Grazalema e a siete de agosto del año de dos mil e siete.


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