23 agosto, 2007

De la llegada del invierno en Grazalema

o en todos los sitios llega el invierno cuando la naturaleza indica que llegue, que ya en Grazalema comienzan las fiestas de agosto y las gentes se abrigan, cuando en Sevilla se recibe este nuevo aire fresco como una bendición.

Los niños se dieron su baño matutino, pero no fue tan largo como en los días pasados y Su Ilustrísima prefirió pasar la mañana en el salón y sólo le faltó darle órdenes a Cayetano para que encendiese la chimenea.

“Si vais a desplazaros a Sevilla, sobrino – me dijo -, iría yo unos días a Ronda, que he asuntos pendientes e no me gusta dejarlos”.

“A ver ese palacete iremos, sin duda – le contesté -, que, aunque sea más pequeño que el que yo allí había, está en el mesmo sitio y eso me gusta”.

“¿No sentiréis recuerdos…? – pensó un poco -. Tal vez vuestra luenga vida os haya enseñado cosas que yo no sé”.

“No sentiré esos recuerdos que vos pensáis, Ilustrísima – le dije -, porque los mesmos debería sentir acá y acullá; donde fuese. Que en todos lados he vivido tragedias”.

“Alguna cosa me parece olvidáis entonces – continuó -, que, si mal no recuerdo las palabras y los tratos por vos mesmo hechos, de Grazalema no deberíais salir sin correr riesgos”.

“Dios sabe bien – le aclaré – que a nada temo; ni a la muerte. Que esa muerte es para mí más misteriosa que para cualquier humano, que, aún no esperándola a ninguna edad, la espera. No creo pues en rencillas, que en ninguna empresa de estos locos he vuelto a poner mi mano e ha de importarles ya lo mesmo que aquí viva que viva allí”.

“Pensallo bien, meditallo – me aconsejó -, que no sois vos el único que al allí mudarse corre riesgo”.

“¿Acaso habéis visto en mí – le dije seguro – un temblor en la mano? ¿Un flaqueo de rodillas? ¿Un espanto en una noche? ¿Qué decís? Al recebir la noticia sentí gran gozo, que no siendo Sevilla mi cuna, algún descanso me da en ella vivir. E no siendo la tierra que me ha alimentado, alguna papilla he echado allí; que todo hombre a veces flaquea, Ilustrísima”.

“Vos decidís – concluyó -, mas en saliendo destas sierras corréis peligro y lo corren los que os acompañen. E no penséis me voy a Ronda unos días por temores, sino por obligaciones… Encendería yo un leño pequeño, pues siento frío en los pies y, quien tiene fríos los pies, o está mal abrigado o está muerto”.

“Diré a Cayetano encienda algo de fuego – respondíle -, que si sintiésemos calor los demás, nos bastará con aligerar nuestra ropa un poco”.

E ya encendida la chimenea sin mucha leña, acercóse al calor Su Ilustrísima, entraron los niños secándose con la toalla y también allí se acercaron. Y Marcos tomó mi capa y púsosela por encima:

“¿No tenéis frío, Marino? – preguntóme -. Según me habéis dicho, viene aquí el invierno de un día al siguiente y, creo yo, este es el siguiente”.

“Prepararemos el equipaje para ir a Sevilla – le dije – e veremos ese palacete y si está habitable, que la temperatura allí es más suave en invierno, pero no penséis que dejaremos de venir. Estos niños necesitan aire limpio y juego que allí no encontrarán”.

“Un coche buscaremos para el traslado, amigo – concluyó antes de un luengo silencio -, que todos no cabremos en el nuestro. Pensad en el servicio”.

“Así lo haré”.

En Grazalema e a veinte y tres de agosto del año de dos mil e siete.

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