01 julio, 2007

De la Noche de San Juan, noche del amor

ue de emoción el encuentro con don Diego e su esposa doña Montserrat, que no veían a Marinín deste tiempo atrás, mas también les emocionó ver a mis pequeños Antonio y Carlitos, pues, así como Cristina decía era grande su parecido, llegó a creer doña Montserrat eran otros hermanos que quizá quedaron en Plasencia. E hubo esta mujer una larga plática con ellos e les dio unos dulces e volvió a mí asustada de saber sus conocimientos.

“Disfrutarán de la fiesta como todos lo haremos – dijo don Diego -, que aún recuerdo a Marinín el año pasado. Aunque otras cosas no quiero recordar (secó sus lágrimas). ¡Vayamos pues! Hágase caravana con los coches e partamos a la finca”.

E siendo el día más largo del año, hasta las diez no oscureció. Allí se dejaron los coches bajo los árboles de la entrada e subimos a la era en desuso, que preparada estaba ya para la celebración, mas queriendo Su Ilustrísima se respetasen los ritos, aconsejó de primero cantar la misa y encendiéronse luego los fuegos para las brasas e pusiéronse las mesas con las viandas e preparóse la pira que habríamos de saltar como signo de purificación por el fuego e, luego, cerca de la cerca de la alberca, pusiéronse las toallas para entrar en las aguas e secarnos a la salida.

Carlitos miraba todo aquello como cosa salida de cuento e Antonio tiraba de mi manga y me besaba cada cinco minutos.

E Marinín llevóselos a mostrarle los alrededores e quise yo saber por lo que me manifestase don Diego, si era posible que llegasen a la alberca donde estaba la fuente de aguas ponzoñosas, e así me dijo éste que bien tapiada estaba e no había forma de llegar a ella.

Fue la ceremonia devota e hubieron todos la Comunión antes de comenzar a yantar aquellos majares. Antonio no se separó de Su Ilustrísima, que quería comer aquellas carnes poco braseadas y, en llegando la doce, cuando todos comenzamos a saltar sobre la pira cruzándonos como en cruz, eché a faltar a mis pequeños Antonio e Marinín. E poco después salieron de entre los árboles en besándose, mas nadie los vio; e vieron a las gentes saltando la pira. Pidieron licencia para hacerlo, e aunque pequeños me parecían para cosa de peligro, les dije saltasen. E fueron muy felices e volvieron a abrazarse e a besarse ante los presentes, de tal forma, que vino a mí don Diego con extraño a preguntarme:

“Veo los hermanos se aman - me dijo – mas no sabía les permitíais ciertos gestos de cariño”.

“No se los permito, don Diego – le dije -, sino que de su corazón salen. Marinín cumple ya los sus ocho años e Antonio los disfruta como suyos”.

“Me gusta la educación que dais a vuestros hijos – me dijo -, que no es de razón prohibirles que se amen hasta tal punto”.

E pasamos luego a las aguas e dije a los niños se quitasen los pantalones, pues de seguro se mojarían más arriba de las rodillas. E queriendo Carlitos también mojarse, lo tomé en brazos e lo así luego pos sus manos e lo dejé caer despacio hasta entrar en las aguas poco más arriba de las rodillas. Poniéndolo luego sobre una piedra, le sequé sus piernas e a Antonio e Marinín hube de quitarles los calzoncillos liados en una toalla, secarlos e ponerles los pantalones.

E por allí anduvieron en juegos e catando todo lo preparado en las mesas.

Paréceme, Marino – me dijo Marcos -, que aunque disfrutan los niños, sería ya momento para partir para casa. Recordad que mañana debemos madrugar.

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