evantado desde muy temprano, tomé el jugo de naranja sin hacer ruido alguno, vestí mi uniforme e bajé al salón. No había duda de que Su Ilustrísima, al verme a aquellas horas levantado e solo, ya sabía alguna cosa había cambiado.“Con vuesa merced quiero asistir a la misa matutina, Ilustrísima – le dije quedo -, que en no pudiendo dormir, bien me parece debo aprovechar este tiempo para dar gracias a Dios Nuestro Señor”.
“Ya ayer, sobrino – me dijo -, a la hora del almuerzo, sabía yo lo que ocurría en esta casa. Mejor es prescindir de alguien que sin duda podría ser un buen amigo para nosotros, que andar luego teniendo que resolver entuertos. ¿Acaso pensáis que por ser sacerdote e no comulgar con vuestras ideas no sé el significado de muchas miradas?”.
Al punto, me hizo señas de salir en paseos hacia la iglesia por hablar desto sin miedo a ser oídos e, avisando a Cayetano antes, salimos de la casa. Bajábamos por nuestra calle muy de espacio e no sabía yo cómo manifestar a Su Ilustrísima cuáles habían sido mis planes, cuáles eran e cuáles serían, cuando empezó él mesmo a darme razones:
“Si preferís decirme lo que pensáis en confesión – me dijo -, así ha de hacerse, mas ya sabéis que mi boca no se abrirá para narrar cosa alguna que me digáis, que aunque todos sois iguales para mí, debo confesaros que los demás han venido por haberlos traído vos mesmo. Así, observé que esa nueva cita con Norberto había algo extraño, pero más extraño parecióme verle en casa como si le conocierais de siempre. Debo también confesaros que me pareció hombre con pudor, religioso, respetable y de los que respetan a los que le rodean, mas también apercibí ciertas miradas que me hacían sospechar o dél o de Marcos”.
“Lejos llegan vuestras miradas – le dije asombrado -, más lejos que las dellos”.
“Dejad agora las cosas como están, sobrino – continuó -, que más nos vale esto malo conocido que lo bueno que haya de venir. En vuestras manos dejo la decisión de decirme lo que os dijo aquel hombre – espetó -, que bien sé que no vino a tomar un baño ni a pasar un día. A pasar una noche, quizá; o sabiendo aquí estaría a salvo de sus parciales, a quedarse”.
“A fe, Ilustrísima – le dije – que llegáis adonde no parece de razón. Recibí carta de citación deste hombre, cosa poco común hoy ya en este mundo, mas habiendo ocurrido las muertes del día anterior, le hicieron cambiar su empresa. Agora, piensan estos indeseables que debo restar en Grazalema sin salir della. Es cosa esta de cobardes, pues así nos sentiremos seguros de que no vienen a por mí (e por ende a por todos nosotros), mas se aseguran de que no acercándose al pueblo no serán encontrados y no podré darles muerte. Lo que no sabía Norberto es que descubrí que tienen todos juntos reunión los viernes para darse a conocer las novedades habidas; y este día de la semana he de aprovechar siempre desde agora hasta descubrir dónde se reúnen todos, pues estando todos juntos, no habré de ir dándoles muerte de uno en uno”.
“¡Capitán! – exclamó Su Ilustrísima en voz alta - ¡A misa vamos e vais pensando en dar muerte, aunque ésta se la merezcan esos traidores!, que Jesús nos invitó incluso a amar a quienes nos odian”.
“Quizá pudiera amar (cosa que dudo) a los que me odian, mas jamás podría amar a los que odian a media España y han dado muerte ya a muchos de mis seres queridos. ¿Preferís llamarle a esto venganza? Erráis, Ilustrísima, que por no ser muerto ni matar he aceptado no salir deste pueblo, pero bien sé que no vendrán a buscarme, pues no son sino cobardes; han de esperar a que yo salga de aquí para seguir su trazado”.
E no hubo respuesta, sino que seguimos andando hasta la iglesia, mas, antes de entrar, tomé su cruz en mis manos e le dije:
“Recordadme, Ilustrísima, os muestre la misiva lacrada que pensaba entregar a Norberto porque le fuese permitido aislarse en Grazalema con nosotros por salvarle la vida. No se la he entregado al cabo, e no he hecho esto por poner su vida en riesgo, sino por salvar la de mi compañero Marcos, la de mis hijos e la vuestra propia”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario