ací toda la noche junto a Marcos que no soltó mi mano un instante. Durmió casi sin movimiento alguno e me pareció se recuperaría pronto. Trujeron mi jugo e, poco después, vino Cayetano por serme de un ayuda en asear a Marcos. Cambiamos todas sus ropas, le lavamos, le vestimos con la camisa para estar en la cama e quería él ya levantarse.“No, Marcos – le dije -, sé que debéis sentiros mejor, mas quisiera yo, por vuestro bien y el de todos, tomaseis fuerzas reposando en la cama un día más, al menos. Mañana, esto os lo prometo, os sentaremos en esa butaca para que miréis al jardín e disfrutéis de vuestros niños”.
“Gracias, Marino – contestóme -, que tal decís he de hacer, pues sé que desto sabéis más que el mesmo médico; y he de agradeceros también hayáis pensado en que yo pueda ver hacia el jardín e que consideréis a vuestros hijos como mis niños; así los considero yo”.
“¡Os trae María el desayuno! – le dije -, que agora estáis visible e quiere ella veros”.
“Mucho me place tal cosa – contestó -, que a todo el servicio quiero también como de mi familia”.
“Quitaría yo ese «como» - le sonreí -, que de vuestra familia podéis considerarlos a todos”.
“¿Y los niños?” – preguntó -.
“¿Los niños? – exclamé -; si quisiéredes verlos una pieza, les haré subir cuando os desayunéis. Si os molestan, hacedme un gesto que ellos no entiendan, e dejaremos las visitas para mañana”.
“Dejad que los niños se acerque a mí – me dijo -, que estorbo alguno producen sino que son como ángeles que elevan mi espíritu”.
“Como lo pedís se hará – concluí -, mas habréis de esperar agora una pieza porque yo me desayune. Cayetano estará a vuestro lado. Pedid cualquiera cosa que necesitéis”.


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