17 junio, 2007

Del despertar de la nueva familia

ocaron a la puerta muy de temprano e aún estábamos Marcos e yo abrazados e casi dormidos.

“¿Quién va?”.

E abriéndose la puerta de espacio, asomóse Marinín con mi jugo en su mano:

“Buenos días papá. Buenos días tío Marcos. ¿Dais vuestra licencia?”.

“Pasad, hijo – le dije -, que aunque no nos importaría entraseis sin llamar, bien hacéis en guardar esas normas para todos. ¡Venid! Dejad aquí mi jugo e dame un beso”.

E acercóse sonriente e puso la copa en la mesilla e restó quedo en pie en mirándonos.

“¿Qué os pasa, hijo? – preguntóle Marcos - ¿Acaso teméis yo aún siga enfermo? ¡Subid a nuestra cama!”.

E tomándolo por la cintura, lo subí a nuestro lecho e hicimos un sitio entre ambos e allí se puso. Miraba a un lado e a otro de contento e no decía palabra.

“Muy temprano os habéis levantado – le dije -, que aún podríais descansar algo más”.

“Quizá os soy de estorbo, papá – susurró -, mas necesito estar una pieza con vuesas mercedes”.

“Con papá e tío Marcos podéis estar siempre que queráis – le dijo Marcos -, que no hay secreto que escondamos ni a vos ni a la familia ni al servicio”.

“No es secreto – me dijo -, mas tampoco lo decís a todos. Pienso yo que tengo dos padres e no uno, que cuando vos estabais ausente, sentí a tío Marcos como mi padre”.

“Bien pensáis – le dije -, mas descansemos agora una pieza e iremos luego a buscar a los hermanos e prepararos para el desayuno”.

En Grazalema e a diez y siete de junio del año de dos mil e siete.

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