ocaron a la puerta muy de temprano e aún estábamos Marcos e yo abrazados e casi dormidos.“¿Quién va?”.
E abriéndose la puerta de espacio, asomóse Marinín con mi jugo en su mano:
“Buenos días papá. Buenos días tío Marcos. ¿Dais vuestra licencia?”.
“Pasad, hijo – le dije -, que aunque no nos importaría entraseis sin llamar, bien hacéis en guardar esas normas para todos. ¡Venid! Dejad aquí mi jugo e dame un beso”.
E acercóse sonriente e puso la copa en la mesilla e restó quedo en pie en mirándonos.
“¿Qué os pasa, hijo? – preguntóle Marcos - ¿Acaso teméis yo aún siga enfermo? ¡Subid a nuestra cama!”.
E tomándolo por la cintura, lo subí a nuestro lecho e hicimos un sitio entre ambos e allí se puso. Miraba a un lado e a otro de contento e no decía palabra.
“Muy temprano os habéis levantado – le dije -, que aún podríais descansar algo más”.
“Quizá os soy de estorbo, papá – susurró -, mas necesito estar una pieza con vuesas mercedes”.
“Con papá e tío Marcos podéis estar siempre que queráis – le dijo Marcos -, que no hay secreto que escondamos ni a vos ni a la familia ni al servicio”.
“No es secreto – me dijo -, mas tampoco lo decís a todos. Pienso yo que tengo dos padres e no uno, que cuando vos estabais ausente, sentí a tío Marcos como mi padre”.
“Bien pensáis – le dije -, mas descansemos agora una pieza e iremos luego a buscar a los hermanos e prepararos para el desayuno”.
En Grazalema e a diez y siete de junio del año de dos mil e siete.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario