cercóse Carlitos a Norberto en nadando solo e agarróse a su cuello con fuerzas besándolo.“Me habéis mostrado la forma de nadar sin usar tanto truco”.
“E vos, pequeño – le dijo –, me habéis mostrado la forma de abrazar a alguien poniendo su pie sobre…”.
“¡Oh, perdonadme! – exclamó - ¿Os he hecho daño?”.
Así, jugaban los pequeños con él e le hacían muchas preguntas e Marcos e yo, un poco retirados hubimos unas pláticas:
“¿De dónde ha salido tal «santo», Marino? – me dijo Marcos -; nunca antes me habéis hablado dél”.
E narréle someramente lo ocurrido e vio que era cierto, pues había visto la carta.
“Recordadme os enseñe la misiva – le dije -, que es la mejor prueba de mi confianza en vos”.
“No lo dudo – me dijo -, mas dudo él esté mintiendo por saber alguna cosa más desta casa”.
Aquella frase me hizo reaccionar. Alcé la voz e le dije a Su Ilustrísima llamase a Cayetano por servirnos un vino e unas chacinas de la tierra, mas apareció (¡oh, casualidad!) Ramón antes. Salimos de las aguas e nos cubrimos para sentarnos a la pequeña mesa con Su Ilustrísima.
E dando luego un paseo por el jardín, mostréle los florecidos rosales de don Miguel de Mañara e narréle su historia mas, mirando de pies a cabeza su cuerpo desnudo, le dije:
“Bien veo e bien he podido comprobar nada traéis oculto porque otros nos oigan. Perdonad desconfíe de vos un tanto, mas no cuan desconfío de vuestros parciales”.
“He de deciros, excelencia – respondióme casi en llantos -, que éstos a los que llamáis mis parciales no lo son en la realidad, pues les molesta yo sea religioso e muchas otras cosas me impiden. Si pensabais yo traía un botón, veis erráis”.
“¿Un botón? – preguntéle con extraño -; quisiera saber qué clase de botón”.
“Al saber mis compañeros que iría de viaje el día de hoy, me hicieron desprenderme de toda la ropa e observaron cada parte de mi cuerpo por saber si algo llevaba escondido. Un botón, excerlencia, es artilugio muy pequeño e de forma de botón negro que puede llevarse adherido al cuerpo. Desta forma, ese botón, permitiría a otros oír cualquiera cosa que yo hablase con vos. Mas si un botón llevase en mi piel, las aguas lo habría convertido en pieza inútil”.
“Algo no habéis pensado – le dije - pues si al quitaros la ropa por ver si llevabais ese botón, bien pudieran ellos haberos puesto uno en vuestras ropas”.
¡Santo Dios!, excelencia – exclamó -, que lo que decís, de ser cierto, les hubiera permitido oír cuanto hemos hablado hasta desnudarme”.
¡Venid conmigo! – le dije – pues sabe Marcos más desto que yo. Hemos de revisar vuestras ropas”.


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