Cruzamos el salón hasta el pasillo que lleva al jardín e viendo que mis tres pequeños salían del baño con Marcos y venían a saludarme, quedó suspenso.“¡Papá, papá!”.
“No entrad, que ya sabéis no quiero cuerpos desnudos en la casa – les dije -; agora saldré con mi amigo… (Norberto, me dijo) Norberto e tomaremos todos un buen baño”.
“¿No pretenderéis me desnude ante vuestros hijos e ante ese señor…?”.
“Ese señor – le dije -, es Marcos, mi pareja e mi abogado. Si confianza tenéis de desnudaros ante mí, la mesma confianza debéis tener de hacerlo ante él. Ya habéis visto que en cueros ha salido por saludarnos”.
E llamando a Cayetano, pedíle le trujese a Norberto una toalla grande del baño e unas calzonas coloridas:
“No son las calzonas para el baño – le dije -, sino para no andar desnudo por la casa. E taparéis vuestro cuerpo con la toalla hasta salir al jardín. Son mis normas, excusadme”.
Y me entré con él en el pequeño dormitorio del pasillo porque se despojase de las ropas e, aunque al principio le vi dudoso, pronto le vi completamente desnudo, púsose las calzonas coloridas e cubrióse con la toalla. En el perchero antigüo (los que llamábamos espárragos), colgó sus ropas, que no eran muchas, e salimos hasta el cubierto del jardín e, ya allí, dejamos las toallas en una silla e nos quitamos las calzonas. Al poco, oyéronse unas toses e cómo se arrastraba una silla e, volviéndose mi nuevo amigo encontróse delante con Su Ilustrísima.
“Es mi tío Juan – le dije – obispo emérito de Ronda”.
E acercándose a él Su Ilustrísima, le acercó la cruz e vi Norberto la besaba con devoción.
“Sabed, monseñor – le dijo -, que mi nombre es Norberto”.
“¡Celebráis hoy el día de vuestra onomástica; hoy es día dedicado a San Norberto!”.
E salieron todos de las aguas e vinieron los niños a abrazarle empapados en agua helada.
“¡Tío Norberto! – le gritaron - ¡Felicidades!”.
Y extendió su mano Marcos, tiró dél e lo abrazó.
“Un buen almuerzo habrá que preparar para celebrar esto”.
E Norberto mudaba la color (y el calor), mientras Ramón miraba con disimulo por la puerta trasera de las cocinas por ver si había algo pendiente.
Acercóse Carlitos a él, tomólo de la mano e lo fue llevando a la piscina en diciéndole:
“Tío Norberto, habéis de mojaros primero los cabellos e los puños, que pasar del mucho calor al mucho frío no es bueno”.
E nos tomamos todos luego de las manos e saltamos a las aguas.
Pronto me di cuenta de que aquel hombre amaba a los niños, jugaba con ellos a cosas muy divertidas e no podía quitárselos de encima; e mi pequeño Carlos nadaba sin el ayuda de nadie.


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