06 junio, 2007

Del día del Santo Norberto – Parte 1

ije a Marino que habría una cita secreta e que si no volvía en una hora, diese aviso al sargento. Hube de insistirle que no era cita peligrosa, mas no sabía si aún habría más hombre buscándome para darme muerte.

E salí con mi uniforme e hube de hacer muchos saludos mientras atravesaba el pueblo e la Plaza de España e subía luego hasta la terraza del Tajo. En acercándome allí, me destoqué e fui mirando con cuidado. En el centro de la terraza había en pie un hombre que miraba al otro lado dándome la espalda. Cuando comencé a bajar los escalones, dióse la vuelta asustado, pues vió asomaba bajo mi capa mi inseparable blanca.

“No es este el acuerdo que hemos hecho, capitán – me dijo -, que arma alguna traigo e traéis vos la vuestra”.

“De tal no habéis de tener cuidado, amigo – le dije -, que no es mi blanca sino parte de mi indumentaria, como todo hombre lleva hoy en su mano un móvil; e no he pensamientos de usarla, si no es en propia defensa, de vos, o de cualquiera que quisiera haceros daño. Olvidad pues la llevo al cinto e decidme agora a qué esta extraña cita e por qué escrita en carta”.

“Saben mis compañeros – me dijo – que siempre pido día de holganza el seis de junio. La carta que habéis recebido con tiempo de adelanto está escrita porque llegase algún día antes; ya sabemos cómo funcionan los correos de agora. Mas no esperaba yo lo que iba a suceder ayer aquí, cerca del pueblo, donde hasta seis hombre murieron e, según me consta, a vuestras manos. Así, hanme obligado a desnudarme y han mirado mi cuerpo con cuidado por no fiarse de que pudiera traeros algún ayuda. Un mensaje vengo a traeros, no otra cosa, pues se me ha dicho que vuestra vida estará a salvo mientras no abandonéis Grazalema e sus alrededores. Si vais a Sevilla, no puedo aseguraros no seréis perseguido”.

E mirando con lentitud a mi en derredor, entre los pinos e tras las rocas, pude observar que no era fácil alguien oyese lo que hablábamos. Con esto, me acerqué en pasos lentos hasta este hombre poniéndome a un palmo dél.

“Habéis – le dije quedo – un cabello bellísimo, una mirada profunda que desarma, unos labios carnosos e rojos, un cuello fuerte y adivino un bello cuerpo bajo esas ropas. Así como vuestros parciales os han querido ver desnudo, quiero yo invitaros a mi casa, que en ella tengo piscina e podréis refrescaros”.

E no esperaba yo su respuesta, pues tras una corta pieza de tiempo, me dijo también muy quedo:

“Un placer será me veáis desnudo si puedo yo veros desta guisa también, que soy avisado de que habéis un cuerpo perfecto”.

E llevando mi dedo a sus labios, le hice señas de que no hablase nada más.

Lo tomé por la cintura e fuimos bajando hasta el pueblo e fuile mostrando cuán bello era el paisaje e noté seguía mudo mirando a un lugar e a otro. Atravesando luego la plaza e subiendo mi calle hasta mi casa, llamé a la puerta e nos abrió Cayetano:

“Excelencia, señor…”.

“Este es mi amigo…”

“Norberto, señor – me dijo -, que aún siendo poco común mi nombre no sé por qué lo olvidáis”.

E tomándole aparte, le dije muy quedo:

“¡Hoy es día de San Norberto!”.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario