08 junio, 2007

Del cambio de los trazados y la entrega de mi documento

esperté a media noche e, volviéndome hacia Marcos, parecióme no verlo en la obscuridad. Puse mi mano sobre su lado de la cama e descubrí no estaba. Quise de primero ir a buscarlo por saber si algo le ocurría e comprendí al punto lo que debería ocurrirle. Me volví con tristeza hacia el lado contrario e medité si sería conveniente entregar el documento que había preparado.

En el documento escrito, había yo aceptado no salir del pueblo e los en derredores a cambio se dejase Norberto quedárase en mi casa, que muy bien observé era religioso, de cultura e sabía cómo jugar con los niños e tratar al servicio e respetar a Su Ilustrísima.

Encendí la lamparilla de la mesita e salí al pasillo para bajar al bufete. Por debajo de la puerta de la habitación de Norberto veíase salir luz. Bajé con sigilo las escaleras para ir al bufete e tomé el documento escrito e lo puse a buen recaudo.

Volví a la cama e hube dificultad para dormir, mas al empezar el sol a entrar por la ventana, desperté e volví a encontrar a Marcos a mi lado.

Tras el aseo (donde hube pocas palabras), bajamos a desayunarnos, que ya estaba allí Su Ilustrísima con una buena ración de calentitos. E hubo algunas pláticas, mas vi en la mirada de Su Ilustrísima algún gesto extraño.

Hubo luego gran despedida e todos salimos a la calle para ver cómo Norberto bajaba lentamente hacia la plaza para tomar su coche e volver, para siempre, según pensé, a su vida junto a los traidores, en Sevilla.

En Grazalema e a ocho de junio del año de dos mil e siete.

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