erminando el baño del medio día, llegó a nuestra casa doña Carmen, la señora de la tahona e, pensando Cayetano ya habíamos terminado el refresco, la hizo pasar al jardín. Y en viéndonos jugar desnudos por la hierba, quedóse suspensa. Viendola yo en mirando e con la boca abierta, hice señas a Marcos e tapámosnos con las toallas e acercámosnos a ella:“Señora – le dije -, que no esperábamos su visita”.
“No importa, excelencia – me dijo -, que lo que he visto no me ha desagradado e paréceme de razón lo hagáis en vuestra casa”.
“¿Alguna cosa os trae? Sentaos – invitéla -, que he de pediros un refresco o un vino e un bocado”.
“¡Mirad! – dijo con la vista perdida -, que nunca había visto cuán bello es el cuerpo de Antonio. Es niño al que amo como si su madre fuese. Supongo os habrá dicho que se repartirá el pan entre los menesterosos del pueblo e vos pagaréis la mitad e yo la otra”.
“Deso, señora – le dije con extraño -, nada me ha dicho, mas si queréis por caridad hacerlo, como yo quiero hacerlo, no he de negarme”.
“Por caridad quiero hacerlo – contestóme e miró Su Ilustrísima por encima de las gafas -, que bien sé que hay algunos que se llaman a sí mesmos grazalemeños, que no os quieren aquí e puedo aseguraros, excelencia, que ninguno dellos es de los necesitados de ayuda”.
“Siendo como sois la dueña de un negocio que da la comida al pueblo – le dije – bien me parece sabréis quién no me quiere aquí, mas yo mesmo he de descubrirlo, aunque si me aportáis un ayuda…”.
“Mi ayuda tendréis, excelencia – contestó segura -, que nadie hasta agora hase preocupado desos pobrecillos que no tienen al día un pan que llevarse a la boca, sino que más bien los convencen de que eligiéndolos a ellos como gobierno del pueblo, todos seremos iguales”.
“Pienso, señora – le dije -, bien sabéis que eso de «ser iguales» no es posible, sino que es un engaño para enriquecerse. Contad con mi ayuda e sabed que Antonio está en buenas manos y es niño que nadie puede superar agora en este pueblo. Estando conmigo, nada le ha de faltar”.
“Tal cosa la sé, excelencia – respondióme mirando a Su Ilustrísima -, que sólo es menester oírle hablar”.
E tomándose con nosotros un vino e una chacina de la tierra, nos quedó agradecida e volvió a ofrecernos su ayuda.
En Grazalema e a tres de junio del año de dos mil e siete.


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