07 junio, 2007

De un trazado que hice el día del Corpus Christi

elebramos la Gran Fiesta con nuestro amigo Norberto, que por razones de su no muy deseado trabajo, no solía asistir a los actos. Vimos todos con asombro cómo arrodillóse al paso del Santísimo (cosa que ya pocos hacen). Quizá, en su interior, tenía el deseo de cambiar su vida, mas, según me manifestó más tarde, abandonar aquel cuerpo de asesinos e traidores podría costarle la vida. Nuestro consejo fue siempre no volviese a Sevilla e avisase, de alguna forma e como si estuviese en otro lugar lejano de España, que habíame dado el aviso de no salir de Grazalema. Desta forma, podría vivir en paz con nosotros en sabiendo los traidores no volverían a acercarse al pueblo. Seguía dudando de lo que hacer e, porque olvidase la duda que tenía, dimos un paseo por el pueblo, desde la plaza hasta la parte más alta, que es llamada El Calerín (por haber allí en tiempos una pequeña fábrica de cal).

Subimos por La Calle de las Piedras, desde donde se tiene una bella vista del pueblo e preguntó Norberto qué era aquel monumento que veíase sobre un cerro cercano.

“Es aquí llamado «el santo» - le dijo Su Ilustrísima -, mas es monumento de los años setenta coronado por un Corazón de Jesús que mira al pueblo”.

“Tío Norberto – le dijo Antonio -, bien conoscemos nosotros el camino para subir e, cerca de allí, podremos subir también a la ermita de El Calvario. En día claro como hoy, podréis ver los grandes picos de Sierra Nevada. Cambiémosnos las ropas por las de campo e subiremos allí”.

“Buena idea me parece esa, hijo – espetó Su Ilustrísima -, aunque preferiría yo no cabrear mucho por esas trochas empinadas. Si os da vuestro padre licencia para subir, restaré yo en casa esperando e, cuando volváis, tomaremos todos juntos un refrescante baño”.

“Mi licencia tienen – le dije -, que no es de razón que estando el día tan claro e soleado, no suban nuestros amigos a ver tal maravilla”.

E hubo gran contento e fiesta entre los niños. Así, cruzando por algunas calles, llegamos a la casa, mudáronse de ropas e fuéronse con Marcos e Norberto al mencionado paseo. Preferí yo también restar en casa con Su Ilustrísima, que algunos documentos quería preparar e me pareció más adecuado no estuviesen allí los pequeños.

“Papá – me dijo Carlitos -, vos no estáis tan cansado con las dolamas como tío Juan ¿verdad?”.

E tomándole en brazos e secándole el sudor, le dije:

“No hijo, que papá nunca se cansa, sino que esa vista ha observado ya muchas veces e prefiere quedarse en casa por haber otros asuntos”.

“¡Lo sabía! – respondió contrariado -, siempre habéis trabajo; mas es hoy día de fiesta”.

“Subid vosotros, mi niño – le dije -, que aunque también habéis visto aquellos paisajes muchas veces, sabréis mejor que yo los caminos e cómo mostrarle a vuestros tíos aquellos parajes”.

E no tenía yo en mente sino preparar un escrito que, si volvía Norberto a Sevilla, pensaba yo debería él entregar a los traidores.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario