05 junio, 2007

De un sargento de poca fe

nformónos de temprano el sargento de las pesquisas realizadas e, con gran extraño, nos dijo que todo les conducía a una de las empresas que en Ronda dedícase a rentar coches para transportes e, sabiendo sólo una dellas (muy modesta) no tiene en sus coches el nombre, descubrieron quién llevó el paquete a Grazalema y éste les dijo que allí lo había entregado por la mañana por un hombre (con nombre falso) poco galante. Mas, usando las cintas que cubrían la caja, se encontraron trazos de dedos; los de dos transportistas e otros que aún había que averigüar. Pero lo que nos dijo más le desconcertaba es que estas huellas podrían ser de la guardia.

“¿Por qué os desconcierta tal cosa? – preguntóle Marcos -, pues todos los intentos de hacer desaparecer al Coronel Marino han sido realizados por hombres de la guardia ¿O es que ya habéis olvidado que vos mesmo descubristeis la placa del que murió en el callejón?”.

“Sea o no sea guardia – nos dijo -, cualquier hombre que haga esto será condenado”.

“Sí, sí – le dije -, será condenado a entrar por una puerta a presidio e salir por la trasera. Procurad agora no descubra yo quién ha intentado este asesinato, que saldrá por una puerta que todos conocemos metido en una caja de pino y entrará por otra para ser incinerado. Preguntad «al chusco», sargento. Vos sabéis muy bien quién es”.

“¿El chusco? – exclamó - ¿Qué podría saber un campesino desto?”.

“Más sabe que vos e que yo – le dije -; dispuesto estoy a llevaros a la ribera e haber unas pláticas con él”.

“Mucho me temo, Mi Coronel – contestó apesadumbrado -, que el «chusco» murió hace ya veinte años”.

“Si es eso cierto, sargento – comenzaba a ponerme nervioso -, hay otro «chusco» que está bien vivo e nos ha salvado la vida ya varias veces e si no hacéis esto por descubrir la red de guardias asesinos que me asedia, yo mesmo lo haré”.

“Llevadme a ver a ese hombre – me dijo - , que este asunto no va a quedar como está”.

“Tengo que salir de viaje con mis hijos un mes – le dije – e no me gustaría encontrarme sorpresas desagradables cuando vuelva. O desobedecéis las órdenes políticas o me desobedecéis a mí. Echadlo a suertes si vuestra razón no alcanza a razonar”.

“E… ¿insinuáis mataríais a ese hombre?” – preguntó inseguro -.

“No lo insinúo, sargento – dije -, lo afirmo e así lo haré porque no puedo encontrarlos a todos e hacerlos volar por los aires a los infiernos”.

E visiblemente asustado, diónos el saludo e corrió hacia la casa cuartel.

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