cercándose ya la hora del almuerzo, vino a mí Marinín en corriendo e se llevaba las manos a su cuerpo como abrazándose:“¡Papá! – me dijo -, no me apetece más baño, que noto frío. Mirad como mi piel parece de gallina”.
“Cubríos, pequeño – le dije -, que podríais coger un constipado”.
E lo miró Su Ilustrísima desnudo e volviendo sus ojos al libro, farfulló:
“Si no anduviesen estas criaturas como Dios los trajo al mundo…”.
“¿No me diréis, Ilustrísima – espeté -, que no los trae así, aunque más pequeños, por alguna razón que no alcanzamos? ¡Venid aquí, hijo! – le hice señas abriendo mi toalla -, que he de abrigaros una pieza hasta que entréis en calor e subiréis luego los tres a poneros algo de más abrigo, que no está el día caluroso”.
“Si bien no os conociese, sobrino – dijo en risas don Juan -, en vez de pensar tenéis quinientos años, diría tenéis los cinco mil, que como animales parece enseñáis a vuestros hijos a vivir”.
E volviendo su rostro hacia su tío Juan tapado con mi toalla, rió Marinín y le dijo:
“No creo, tío Juan, que los animales vivan así, que ni han aseo ni normas de respeto a la casa ni piensan algunos que sentar a su hijo encima por darle calor sea cosa de animales”.
“Inteligente respuesta, ángel mío – le dijo éste quitándose las gafas -, que lo que hacéis agora, si se piensa como apropiado, es humano y si se piensa como inapropiado, también es humano, pues «se piensa». Me demostráis así que os gusta estar con vuestro padre por tomar calor e con razón. Pienso a veces que somos algunos hombres los que creamos los pecados en nuestras mentes”.
“Diferente sería, Ilustrísima – le dije -, si hiciésemos esto en lugar público, pues habría muchos que crearían esos pecados de los que habláis en sus mentes. Pensad que con vos me siento siempre aquí e me cubro por respeto, pero ¿qué mal habría si en estando solo no me cubriese? Pienso más bien que haría el tonto estando el día caluroso e cubriéndome”.
Y en suaves temblores, abrazó mi hijo su cuerpo frío al mío e se sintió mejor e dijo:
“Papi, a fe que no es oro todo lo que reluce ni cura todo el que viste de negro”.
E riendo Su Ilustrísima miróme como reprimiéndome e dijo:
“¡Estos niños!”.


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