ajamos hacia la casa e le dije a Su Ilustrísima siguiese la fiesta con los niños, mas debería hacerlo en el jardín, e le dije algo de lo oído del sargento e cambió su rostro.“No decid nada, Ilustrísima – le advertí -, que en estando los niños felices en el jardín, si algo desto es cierto, no quiero vean cosa que les haga entristecer. Decid a Cayetano me espere tras la puerta”.
“Esto haré, sobrino – respondióme asustado -, que no han de notar los niños tristeza alguna”.
Así, corrí calle abajo e salí hacia la entrada del pueblo – donde paran los coches – e allí estuve mirando a un lado e al otro. En la parte frontera, en un recodo que hay en un pequeño jardín, parecióme ver un bulto que podría ser un hombre agazapado en el rincón; e corrí hacia él. Me acerqué con prudencia e tenía su cabeza e todo su cuerpo tapados con ropas. Agachándome un poco, vi no se movía e dije:
“¿Marcos?”.
E moviéronse un poco las ropas e asomaron unos ojos por un hueco en mirándome como moribundos e un hilo de voz me dijo:
“¡Marino!”.
Así, sin pensarlo e sin decir palabra alguna, tomélo en brazos e crucé la callejuela que da a la nuestra e comencé a subir con dificultad hasta arriba donde me esperaba Cayetano con la puerta entreabierta.“Rápido, Cayetano – le dije -, subid a nuestra alcoba e abrid la puerta. ¡Es don Marcos!”.
Trocóse la faz de Cayetano como de mármol e subió corriendo a preparar la cama.
“Ponedlo aquí, excelencia – me dijo tembloroso -, e decidme qué más he de hacer”.
Al ponerlo en la cama, descubrí su rostro, que se veía enjuto e de ojos tristes como de moribundo.
“¡Marcos – me abracé con cuidado a él -, mi amigo! Perdonadme. No hablad agora nada, que he de daros de primero unas tisanas para que vayáis tomando fuerzas e os asearemos un poco e pronto estaréis bien. No habléis, que dello tiempo habrá. Conmigo estáis e conmigo estaréis. No penad. Descansad”.
E dije a Cayetano le lavase las manos e la cara con agua tibia e con cuidado mientras yo bajaba a prepararle un remedio. E sabiendo ya María lo que debería hacer, volvíme corriendo a su lado.
“Amigo mío, soy yo agora el que necesito me perdonéis. Mas no hablad”.
Pero dejóse oír otro hilo de voz:
“Yo no soy digno de entrar en vuestra casa…”.


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