13 junio, 2007

De lo perdido e recuperado (3/4)

ajamos hacia la casa e le dije a Su Ilustrísima siguiese la fiesta con los niños, mas debería hacerlo en el jardín, e le dije algo de lo oído del sargento e cambió su rostro.

“No decid nada, Ilustrísima – le advertí -, que en estando los niños felices en el jardín, si algo desto es cierto, no quiero vean cosa que les haga entristecer. Decid a Cayetano me espere tras la puerta”.

“Esto haré, sobrino – respondióme asustado -, que no han de notar los niños tristeza alguna”.

Así, corrí calle abajo e salí hacia la entrada del pueblo – donde paran los coches – e allí estuve mirando a un lado e al otro. En la parte frontera, en un recodo que hay en un pequeño jardín, parecióme ver un bulto que podría ser un hombre agazapado en el rincón; e corrí hacia él. Me acerqué con prudencia e tenía su cabeza e todo su cuerpo tapados con ropas. Agachándome un poco, vi no se movía e dije:

“¿Marcos?”.

E moviéronse un poco las ropas e asomaron unos ojos por un hueco en mirándome como moribundos e un hilo de voz me dijo:

“¡Marino!”.

Así, sin pensarlo e sin decir palabra alguna, tomélo en brazos e crucé la callejuela que da a la nuestra e comencé a subir con dificultad hasta arriba donde me esperaba Cayetano con la puerta entreabierta.

“Rápido, Cayetano – le dije -, subid a nuestra alcoba e abrid la puerta. ¡Es don Marcos!”.

Trocóse la faz de Cayetano como de mármol e subió corriendo a preparar la cama.

“Ponedlo aquí, excelencia – me dijo tembloroso -, e decidme qué más he de hacer”.

Al ponerlo en la cama, descubrí su rostro, que se veía enjuto e de ojos tristes como de moribundo.

“¡Marcos – me abracé con cuidado a él -, mi amigo! Perdonadme. No hablad agora nada, que he de daros de primero unas tisanas para que vayáis tomando fuerzas e os asearemos un poco e pronto estaréis bien. No habléis, que dello tiempo habrá. Conmigo estáis e conmigo estaréis. No penad. Descansad”.

E dije a Cayetano le lavase las manos e la cara con agua tibia e con cuidado mientras yo bajaba a prepararle un remedio. E sabiendo ya María lo que debería hacer, volvíme corriendo a su lado.

“Amigo mío, soy yo agora el que necesito me perdonéis. Mas no hablad”.

Pero dejóse oír otro hilo de voz:

“Yo no soy digno de entrar en vuestra casa…”.

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