ubimos gran desayuno con doña Pastora, que no hubo palabra alguna para su difunto esposo, e gozamos todos de los regalos e de una deliciosa e muy premosa tarta de San Antonio que fizo María al estilo de Castilla. E luego desto salimos todos al jardín en oyendo músicas e jugaron los niños toda la mañana e venía Antonio a abrazarme a cada poco e también abrazaba a su tío Juan.“A la misa de ocho iremos – dijo éste – por dar gracias, que hasta por abrir los ojos e ver debemos darlas. Vestiréis vuestras más ricas ropas e yo también; e papá irá con su uniforme e sus galas”.
E llegada la hora del baño, prepararon los pequeños unos artilugios como flotadores de colores e que habían formas de animales e de barcos e tomamos todos unos baños. E Su Ilustrísima vistió por primera vez sus calzonas negras e levantó a los pequeños en los aires dejándolos de caer luego a las aguas.
Así, acercándose la hora del almuerzo, preparó el servicio una mesa en el jardín bien adornada con flores e algunas preseas de la casa. E allí tomamos luego unos platos que eran maravilla de ver e de catar e a todos se dio buen cumplimiento.
No hubo descanso por la tarde, sino que nos reunimos en el cubierto e tomamos café e xoclatl e dulces. E nunca vi a Antonio tanto tiempo a mi lado e nunca hube de ponerme la toalla o las mangas de la camisa en su sitio tantas veces, que dellas me tiraba de gran contento.
Y en llegando la hora, acompañé a mis pequeños al aseo e a vestirse e púseme yo mis ropas con todas las galas e mi tocado e mi espada e vistió Su Ilustrísima también su sotana e sus colores. Era llegada la hora de ir a la misa, que por ser la vespertina de ocho, celébrase en la iglesia parroquial cercana de San José. Así, salimos todos con el servicio en paseos e subiendo las empinadas calles e oímos con devoción la Santa Misa por San Antonio. E luego desto, todos los amiguitos vinieron a felicitarle e le besaron e le entregaron humildes presentes. E no había visto yo a mi hijo nunca tan feliz.Al bajar por la calle que pasa cerca de la casa cuartel de la guardia, acercóse el sargento e pensé sólo iba a saludarnos e a felicitar a mi hijo, mas, tomándome luego un poco aparte, me dijo que uno de sus subordinados habíale dicho que, en la entrada del pueblo y en un rincón que forman las casas, había visto a un hombre yaciendo en el suelo como menesteroso e que, queriéndose acercar a él por ayudarle, embozó su rostro e le dijo se retirase. Su voz, me dijo, le pareció la de don Marcos.


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