espierto estaba ya y en pensamientos cuando tocaron con suaves golpes a la puerta:“¿Quién va?”.
Abrióse la puerta muy de espacio e asomó la cabeza tímida de Antonio:
“Buenos días ¿Dais la venia, papá?”.
“¡Claro está, hijo! – le dije -; venid aquí ¿Qué cosa os sucede e por qué venís descalzo?”.
“Pues a las dos preguntas que hacéis – me dijo en besándome – os puedo dar razón en una sola respuesta, que al levantarme de la cama no he podido encontrar mis zapatillas”.
“¿E habéis rezado por ventura a San Antonio bendito? – le dije -; no desaparecen las cosas por artes mágicas”.
“¿A San Antonio bendito? – preguntó con extraño - ¿Es que acaso se las ha llevado él?”.
“No, hijo – contestéle tomándolo por la cintura -, que no va a venir un santo a llevarse unas zapatillas, sino que a él se le reza cuando se pierde algo e aparece”.
“¿Es eso cierto, papá? – exclamó - ¿Sólo he de rezarle y aparecerá lo perdido?”.
“Haced la prueba – le dije -, e si no funciona, se lo diremos a tío Juan para que le rece él”.
“Así he de hacerlo, papá – me dijo en yéndose para puerta -, que si San Antonio me hace recuperarlas, a él le rezaré siempre, que pierdo muchas cosas”.
E salió de la habitación en rezando entre dientes a San Antonio cerrando con cuidado la puerta e, pasada una buena pieza, volvieron a sonar los golpes en la puerta.
“Entrad, entrad”.
“¡Mirad, papá – me dijo señalando a sus pies -, que a San Antonio bendito he rezado e las he encontrado!”.
“Pues tendréis que volver a rezarle otra vez”.
“¿Acaso hay que agradecerle el encuentro, papá? – dijo confuso -, que agora mesmo le daré las gracias por tal merced”.
“Hacedlo, hijo – manifestéle -, que dar las gracias siempre, aunque no se nos concedan nuestros deseos es obligación de todo buen cristiano. Mas habréis de rezarle también por haber perdido otra cosa: la memoria”.
“¿La memoria? – exclamó -. ¡Nada más he olvidado!”.
“¡Venid aquí conmigo, hijo – le hice señas -, pues habéis olvidado es hoy día de San Antonio, vuestro santo!”.
“¡Vaya! – abrazóse a mí -. He de agradeceros a vos mejor el recordarme tal cosa”.
“Pues volved agora a vuestro dormitorio e decid a vuestros hermanos os ayuden a buscar unas cajas azules que en algún lugar de la habitación habéis”.
“¿Serán regalos, papá?”.
“Orad a San Antonio bendito – le dije – e así las encontraréis e sabréis si son regalos”.
E les oí dentro de una pieza dar gritos de contento en su habitación.


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