bservé durante el almuerzo que la guardia no pasaba por las ventanas e nada dello quise decir, mas siendo Su Ilustrísima hombre de conoscer muy bien miradas e gestos, me dijo al punto:“Guardia paréceme no habemos hoy, sobrino. Peligro no creo haya para los niños, mas, averigüaría yo por qué la guardia no aparece”.
“Desto, Ilustrísima – le dije -, hablaremos en terminando el almuerzo, que ya esta mañana eché en menos esos paseos”.
Con esto, e yéndose los niños a su habitación a descansar, les dije a Su Ilustrísima e a Marcos algo había cambiado e temía yo que lo comentado con el obrero del hotel hubiese dado como resultado una orden política. E dejé bajase el fuerte sol e salimos al jardín con los pequeños al baño e, ya cayendo la tarde, púseme mi uniforme de espacio (que no del espacio) e ayudóme Marcos, pues a la casa cuartel de la guardia pensaba ir por saber lo que acontecía.
“Buenas tardes, sargento – dije al entrar e recebir el saludo -, ¿todo bien en esta casa?”.
“Sin novedad que reseñar, Mi Coronel – me dijo -, sino que algunos cambios hemos tenido que hacer”.
“Los cambios ya he visto – contestéle -, e no me preocupan, que ya dije sé defenderme solo e no quería poner en riesgo la vida de unos soldados, sino que preocúpame de dónde e por qué vienen ciertas órdenes”.
E mirando a su en derredor e viendo había más gente allí, me hizo señas de pasar a un bufete.
“Órdenes políticas son, excelencia – me dijo con misterio -, e mucho he luchado porque no hubiese cambio en los planes, mas hay gente aquí, en cierto sitio del poder, que piensa que vuestra presencia no es sino un riesgo para las gentes del pueblo”.
“Esta es mi tierra – le dije -, la que me vio de nascer e donde fui bautizado e lo que diga un político al que lo único que le pesa es que se diga la verdad, no me importa. Pagaría si fuese menester a esos guardias que agora hay e que destos aprovechados no dependen, mas si piensan voy a abandonar mi casa e mi tierra por decir la verdad, pueden comenzar a sentarse y a esperar, que si pensaba irme (por otras razones, desde luego), habrá en Grazalema Capitán para rato. Y añado para concluir, que más temor habría de tener el pueblo déstos que de los que vienen a buscarme”.
E sin saber qué decir el sargento e con la color trocada, hízome saludo e ofrecióse a un ayuda cuando fuere necesario, no como sargento que obedece órdenes de un coronel, sino como amigo. Así le quedé muy agradecido e le dije pronto nos veríamos por haber unas pláticas.
“¿No vais hoy a Sevilla a la coronación de la Virgen de la O, excelencia?”.
“Tal como os digo unas verdades – le dije – os digo otras, que no podría ir hoy a Sevilla por otros asuntos, mas no se dice que la verdadera Virgen de la O, aquella primitiva de Triana que primero cruzó el antigüo puente de barcas para ir a Sevilla, fue ultrajada e destrozada e se le arrancaron los ojos por los parciales destos que agora se sienten el lábaro de nuestras tradiciones. Quedá con Dió, sargento, e que os sea tranquila la tarde”.


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