eía Su Ilustrísima en su rincón preferido e yacían Antonio es Marinín en la parte diestra, fuera de su vista. Abrazábanse e besábanse desnudos sobre una toalla e acerquéme a ellos con descuido:“Muy fuerte está el sol, pequeños – les dije -, e no quiero se quemen vuestras pieles ¿Os habéis puesto ese ungüento que protege de las quemaduras?”.
“No papá – me dijo Marinín dejando de besar a Antonio -, el bote está aquí, pero se nos ha olvidado”.
“Ponle tú ese ungüento a Antonio – le dije – e que te lo ponga él a ti”.
E acercándome a ellos un poco más, le dije a Marinín que no me importaba yacieran juntos o se besaran, pero que tal cosa no gustaría a Su Ilustrísima. Y en oyendo esto, me dijo Antonio:
“No preocupaos, papá, que cuando va a levantarse tose de primero e luego arrastra la silla. Si a vos no os molesta, como ya lo sabemos, no tengáis cuidado”.
E más me acerqué a ellos e les dije muy quedo:
“Si os amáis, nadie en esta casa os lo va a impedir, pero si yacéis juntos e os besáis, no parece signo de amor, sino alguna otra cosa pecaminosa. Haced lo que vuestro corazón os pida, pero evitad lo vea Su Ilustrísima, que estas cosas entiende de otra forma”.
“Papá – me dijo entonces Antonio -, si yo os amo como a mi padre ¿me es prohibido besaros?”.
“¿Qué decís, joven ilustrado? – contestéle -, que nada más me place que sentir los labios de mis hijos en mi cara”.
E incorporándose un poco, me asió por el cuello, haló de mi cabeza e besóme los labios.
“Sé me queréis como hijo quiere a su padre – le dije -, mas no todos entienden estas expresiones de amor. Guardadlas para cuando no estemos en el jardín. Poneos agora ese ungüento, que no quiero pieles quemadas que haya que remediar luego con otros ungüentos”.
“Os pondré esta crema sobre vuestro cuerpo – le dijo Marinín a Antonio mientras me retiraba -, que ha de protegeros contra las quemaduras e ha de permitirme acariciar todo vuestro cuerpo”.
E yendo al cubierto del jardín, sentéme junto a Su Ilustrísima en tapando mi cuerpo con la toalla, mientras Marcos nadaba con Carlitos en las aguas:
“¡Ah, Ilustrísima! – le dije -, mirad cómo aprenden los pequeños de los mayores”.


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