sí prometí a vuesas mercedes seguir escribiendo, e llegado que es el postrímero día de junio, no quiero quede en el tintero lo que en el papel debería ya estar, que la Noche de San Juan e, sobre todo, la llegada de los ocho años de mi pequeño Marinín son dignas de mención.Jugaban Antonio e Marinín en el jardín con sus espadas mientras nosotros los observábamos y en pláticas nos distraíamos. Ya había avisado don Diego de Montelíz a Su Ilustrísima para que llegásemos a tiempo a Ronda para la celebración de la fiesta. Y en estos menesteres estábamos, cuando observé Marinín y Antonio hacían curiosos movimientos con sus espadas de juguete e, terminando una lucha, llamé a Marinín a mi presencia:
“Muy bien jugáis con esas espadas – le dije -, que hasta paréceme usáis algunas artes”.
“Artes no me parecen, papá – me dijo -, sino movimientos para evitar que Antonio me toque o para intentar dejarlo yo tocado”.
“Pues esos movimientos calculados e precisos – insistí -, son las llamadas artes. E quisiera yo saber dónde o quién os ha dado algunas liciones, que no son cosas que se sepan ya al nacer”.
“Nadie me ha enseñado esas «artes», papá – me dijo abrazándose a mí -, sino que en viéndoos a vos cómo movéis la espada he visto cómo he de hacerlo yo si no quiero ser tocado de muerte”.
“¡Dios me ampare! – exclamó Su Ilustrísima -, que hasta de sólo observar aprende a hacer”.
“Quisiera yo, sin embargo – le dije -, tomar la espada de Antonio prestada e probar una lucha con vos mesmo. Pedid la venia a vuestro hermano de dejarme su arma e haremos unas pruebas”.
Con esto, acercóse a su hermano e le dijo lo propuesto e vino Antonio a saludarme poniendo la espada ante mí para que la usase.
“Nunca prestéis vuestras armas – les dije -, mas no siendo éstas sino juguetes, bien podrán servirnos para que yo sepa hasta dónde alcanzáis a razonar estas artes de la lucha e la defensa”.
Púseme las calzonas por no dar doble espectáculo e, pisando el centro de la hierba, nos enfrentamos mi hijo e yo e nos hicimos reverencia. Esperé su primer lance e pronto comprendí que ya sabía que la mejor defensa no es sino un ataque certero. E así, hice yo otro lance fácil por ver cómo era su defensa e cómo movía la espada correctamente. Volví a esperar otro lance e puedo asegurar iba más en serio, que nunca debe subestimarse a contrincante alguno por su aspecto o por su edad. Así, fuimos haciendo lances más dificultosos e con más rapidez, de tal forma, que hice un gesto con la mano por terminar, pues seguir batiéndonos podría ser llegar a lances peligrosos.
E terminada aquella lucha, quiso Antonio luchar conmigo. No queriendo dar más ventaja a uno que a otro, entréguele su espada e pedí la venia a Marinín por usar la suya. E púsose frente a mí en reverencia ofreciéndome su arma.
Lo mesmo hice con Antonio, que aún teniendo movimientos menos precisos que Marinín, podría defenderse con una ropera ligera de cualquier follón que le atacare sin ser siquiera arañado en sus ropas. Aquellos cuerpos y mentes ágiles habían aprehendido el arte del esgrima con sólo ver a su padre luchar una decena de veces.
No quise viesen Marcos ni Su Ilustrísima mi asombro e dejé a los niños en sus juegos e me senté en el cubierto.
“Tráigaseme algo de refresco – dije -, que aunque desnudo, cansa la lucha”.
“Marino… - quiso saber Marcos con intriga - ¿Qué pensáis de la lucha de vuestros hijos?”.
“Bien, bien – le dije -; quizá algún día e con algunas clases, cuando adultos sean, puedan defenderse e atacar como es debido. Mas aún deben recorrer mucho camino e han de pasar años”.
“A fe, sobrino – me miró Su Ilustrísima por encima de las gafas -, que bien podéis engañar a vuestro compañero, mas es uno ya pájaro viejo e os noto extraño en la mirada”.
E aprovechando que aquel mesmo mediodía salieron don Juan e Marcos a comprar ciertas viandas, pedí al servicio unas esteras de poco peso e las amarré a los pechos de los pequeños sobre la camisa. Pedí al servicio no se asomasen al jardín otra vez hasta que yo les diese la orden e allí quedaron mis dos pequeños esperándome sobre la hierba. E haciendo excepción, bajé con dos roperas, la francesa e la toledana; las más ligeras. E cómo es bien cierto que se dibujó en sus rostros el asombro e la felicidad.
“Tomad, hijos – les dije -, aquí tenéis dos espadas que no son juguetes e son peligrosas. Tal es mi confianza en vuesas mercedes, mas no quiero artes que puedan produciros heridas, sino sólo defensas. Si bien habéis comprendido esto que os manifiesto, he de vigilar yo mesmo podéis luchar jugando y en serio”.
Entregué mis blancas afiladas a los pequeños e dije se hiciesen reverencia en señal de lucha amistosa. E poniéndose uno frente al otro con las piernas y el torso en posición correcta, dije comenzase una corta lucha. «¡Pugnate!», dijo Marinín al punto e atacó de primero por la diestra e paró Antonio por la siniestra e así fueron haciendo algunas artes hasta que vi entraban en terreno peligroso.
“¡Alto y a la orden!”.
Retiráronse la medida adecuada e volvieron a hacerse reverencia e, viniendo entrambos a mí, ofreciéronme las armas.
“No digáis a nadie – les dije – sabéis hacer esto, que así mesmo os prometo yo compraros vuestra propia ropera toledana. Mas no debéis usarlas sino cuando yo os de liciones e licencia. Pasaréis examen e contra mí mesmo habréis de luchar”.
“Jo, papá, ¿una ropera para nosotros?”.


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