ubieron los niños tras mi aviso a ver a su tío Marcos con Su Ilustrísima y en la estancia entraron quedos e mirándole con cautela.“Pasad, pequeños, pasad – les dijo Marcos -, que tío Marcos ya está bien”.
Acercáronse entonces más a priesa hasta él e le tomaron las manos e hizo Marcos movimiento por besarlos e todos se acercaron a la cama e comenzaron a hablarle poco a poco en haciéndole preguntas y escuchándole con atención. Dentro de poco tiempo, estaban todos pegados a su tío e platicaban e reían. No hizo Marcos gesto alguno de cansancio hasta que yo mesmo di la visita por terminada. E bajaron los tres niños de gran contento e díles mi licencia para ir a sus baños.
Pedí excusas a Su Ilustrísima por restar a solas con mi compañero e hubimos una luenga plática; e no quería yo se hablase de lo acaescido, sino que hubo grandes caricias e palabras de consuelo.
Luego desto, quise descansase hasta llegada la hora del almuerzo e quedóse Cayetano a su lado e bajé yo al cubierto del jardín con Su Ilustrísima, quité mis ropas e cubríme con la toalla por restar a su lado una pieza.
“A fe, Ilustrísima – le dije -, que en mi luenga vida pocas veces he sentido lo que agora siento”.
“Errar es humano – dijo – e perdonar es divino. Sabía yo cuando le dijisteis se marchase a Sevilla, que no lo decíais con el corazón. Nada habéis de demostrarme agora”.
Y en estas pláticas estábamos cuando descansó de sus nados mi pequeño Marinín e vino a mí e abrió mi toalla e dentro metióse e me abrazó en diciendo:
“Muy de contento estamos todos, papá, que cuando tío Marcos esté ya bueno, le mostraremos los nuevos regalos que habemos para la piscina por el día de San Antonio”.
“Quizá – le dije -, cuando volváis hacia las aguas, si miráis hacia su ventana, lo veáis allí observando vuestros juegos; mas espero eso sea mañana”.
E no esperaba oír lo que dijo a continuación, pues miró a su tío Juan en sus lecturas e pensaría no le oía:
“No es mi tío Marcos, papá, pues siendo vuestro compañero, aún no siendo mujer, como a mi segundo papá lo quiero”.
Miró Su Ilustrísima suspenso al oír tales palabras, mas nada dijo e, hablando de otra cosa diferente, siguió:
“Leyendo estoy un libro de muy antiguo e hay palabras que ni conozco ni encuentro en diccionario alguno. ¿Podríais vos aclararme una dellas? Pertenece a una canción picaresca antigüa”.
“Así será, hijo – le dije -, que como diccionario antigüo e moderno me considero. Decidme, ¿cuál es esa palabra?”.
“«Encornudar». No la entiendo”.
En Grazalema e a quince de junio del año de dos mil e siete.


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