omaba Marinín las aguas de la piscina con un frasco e iba llenando un cesto, mas viendo que el cesto no se llenaba, le vi de venir corriendo e se abrazó a mí.“Papá – me dijo -, intento de llenar el cesto de agua, mas por más agua que le pongo dentro, nunca se llena”.
E Su Ilustrísima e yo nos miramos sonriendo e quitándose las gafas e dejándolas sobre la mesa, llamó el tío Juan a su pequeño ángel:
“¡Venid, pequeño, venid! – le dijo -, que hay cosas que la razón no puede alcanzar”.
E fuése Marinín hacia su tío desnudo e le reprimí porque se cubriese, mas dijo Su Ilustrísima:
“Dejadlo así si así quiere estar, que es igual lo vea desnudo a dos metros que aquí a mi lado”.
E acercóse el pequeño a él e tomándole de la mano, le dijo a su tío:
“Cierto es, tío Juan, que hay cosas que nuestra razón no alcanza, que no hago sino echar agua ahí e nunca se llena”.
E sentándolo en una de sus piernas, comenzó a hablarle:
“Dícese, pequeño ángel mío, que gustaba San Agustín de ir a la orilla del mar a meditar sobre el Gran Misterio de Dios e la Santísima Trinidad e, un día, vio cómo un pequeño ángel, como vos, tomaba aguas del mar con un frasco e las vertía en un agujero que había hecho en la arena de la playa. Extrañado, le preguntó al niño por lo que hacía y éste le dijo: «Estoy intentando meter todo el agua del mar en mi agujero de arena». Y San Agustín le sonrió e le dijo que tal cosa era imposible; y el pequeño, en volviéndose hacia él le dijo: «Pues más fácil es que yo meta aquí todas esas aguas a que vos comprendáis el Misterio de la Santísima Trinidad». ¡Dícese que era aquel niño un ángel!”.
Echóse Marinín a reír e le dijo a su tío:
“Pues ese ángel debería ser lerdo, que bien he visto el mar e no cabe en un agujero e, además, cuando se echa agua en la arena, desaparece entre ella”.
“Así pues, mi pequeño angelito – contestóle Su Ilustrísima -, si tratáis de llenar un cesto con las aguas de la piscina, no conseguiréis tal, que sale el agua por las rendijas de los juncos”.
“Eso – respondió entonces Marinín – es lo que no entiendo; pues yo no quiero meter toda el agua de la piscina en el cesto, sino sólo hasta que se llene. Además, he puesto antes una pieza de «plástico» recubriendo su interior”.
Me miró Su Ilustrísima con espanto, puso al niño en el suelo e lo tomó de la mano:
“¡Dejadme ver eso que queréis hacer!”.
E fuíme tras ellos tan intrigado como iba el tío Juan e, al llegar al cesto, vimos estaba recubierto por dentro, cómo tomaba las aguas de la piscina e cómo las iba vertiendo en el interior recubierto. E no saliendo agua por lado alguno, nunca se llenaba.
“¡Santo Dios bendito! – exclamó Su Ilustrísima en persignándose -, que cosa como esta no alcanza la razón”.
E volviéndose entonces mi pequeño a mirarnos, nos dijo:
“¡Así debe ser cierta esa leyenda de San Agustín!”.
En Grazalema e a doce de junio del año de dos mil e siete.


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