o todos los días han sido calurosos aquí, sino que a veces refrescan en la primavera y en verano, e comenzó una fuerte tormenta e hizo pasar Su Ilustrísima a los niños a la casa. Viéndose Marcos se mojaba, levantóse y allí entró, mas viéndole luego don Juan subía las escaleras mojado, le espetó:“¿A do vais Marcos?, que aquí abajo podéis secaros”.
“Subo a nuestro dormitorio, Ilustrísima – contestóle -, pues he de secarme, tomar algunas cosas e salir un momento a hacer una visita”.
“No os entretengáis entonces – le dijo -, que bien sabéis que poco tiempo queda para el almuerzo”.
E subiendo las escaleras, entró en el dormitorio mientras yo salía del bufete e, tras una pieza, bajó cambiado con ropas secas, algo de su equipaje e protegido para la lluvia; mas no esperaba verme allí e quedó suspenso. Abrióle Cayetano la puerta, e le dije:
“Mal momento me parece este para salir de visitas, que deben ser éstas importantes por la hora y bajo la tormenta”.
E no sabiendo qué cosa decir, partió calle arriba e ya sabía yo que iría a la casa cuartel a hacer algunas preguntas, pues volvió cuando fue informado de la muerte de Norberto y no de dónde encontrarle. Ya había yo dado órdenes de servir el almuerzo cuando llamó a la puerta e sus lágrimas me confirmaron sus pensamientos y desde la mesa, sin levantarme, oí sus ruegos:
“Marino, perdonadme, que sé os he hecho mal a todos. No puedo privar a estos niños de mí ni sin ellos sé vivir (ninguno dellos levantóse). Perdonadme e permitidme seguir bajo este techo”.
Y en oyendo esto, antes de que siguiese hablando, le dije:
“Perdonado por ello estáis. No voy a expulsaros de mi casa, mas si partir para Sevilla era vuestro deseo, tampoco os lo voy a impedir”.
E llamando a Cayetano e al servicio les dije:
“Preparad las maletas de don Marcos con rapidez, que si no toma el coche de las dos, habrá de esperar en la plaza hasta las ocho”.
“¡Marino! – clamó Marcos entonces - ¡Me habéis concedido vuestro perdón!”.
“Así es, amigo, que perdonado estáis por lo hecho y perdonado seguís, mas no pedidnos olvidemos el daño que habéis hecho a esta familia. Dadme aviso de dónde he de enviaros el dinero que os adeudo, que en Sevilla no os espera sitio alguno”.
Y encerrado en el bufete, lloré yo más amargamente que él.
En Grazalema e a nueve de junio del año de dos mil e siete.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario