acíamos en la hierba Marcos e yo e nos retirábamos de la piscina arrastrándonos como serpientes, cuando entró en el jardín el sargento acompañado de un guardia:“¿Qué cosa sucede? – llevaba el pistolete en la mano -; levantaos e corred a la casa”.
Mas quise yo quedarme a su lado por ver si aquella caja era una peligrosa sorpresa o habíamos arrojado a las aguas alguna cosa de valor.
“No hay hombres de conocimientos en explosivos en Grazalema – me dijo – mas tengo a un hombre a mis órdenes que sabe tanto como esos”.
E dándole órdenes al guardia que le acompañaba por ir a buscar a ese hombre, miraba al fondo de las aguas e veía la caja se iba deshaciendo.
“Si era una bomba entregada con ya sabemos qué intenciones – dijo -, al ser mojada debe haber quedado inútil. Pronto lo sabremos”.
“¿Qué cosa he de hacer para protegerme – le dije – e proteger a mi familia destas trampas mortales?”.
“Cuando venga el hombre al que heme referido – contestó – os diré la forma de protegeros vos, a vuestra familia e a la gente de las casas aledañas. Me gustaría saber agora algunas cosas sobre cómo se ha traído hasta aquí”.
E hablando con Cayetano, descubrió que vino un hombre en coche grande e de carga, de color blanco, sin letras que dijesen de dónde venía e que le entregó un documento para firmar que se había recebido.
Al poco, se llegó el guardia con otro y éste último, quitándose las ropas, entró en las aguas con cuidado bajando por la escalerilla. Acercóse a la caja con una vara de metal e movió un poco los trozos disueltos en el agua. Luego desto, entró bajo las aguas e miró el contenido de la caja. Al salir, hizo señas al sargento e pude acercarme a ellos e oír cómo le decía que lo contenido en la caja era una bomba de hasta treinta kilos de peso que había quedado inútil. Así, llamó el sargento a más hombres e retiraron los restos de la caja y el contenido destea e Cayetano, ya más tranquilo e con paciencia, limpió las aguas.
“Decid a los niños no era cosa de importancia – comentéle – e que pueden seguir sus baños. Yo mesmo, con el ayuda de la guardia, descubriré al criminal que ha intentado hacer esto e os juro que nunca más podrá volver a hacer daño a familia alguna. E nunca, desde este momento, aunque el mesmo rey os la entregase, recoged cosa alguna”.
Retiróse el sargento en diciéndome que averigüarían de dónde venía aquella caja e que jamás se entrase en la casa cosa alguna ni no la traía persona de confianza.
E vistió Su Ilustrísima sus nuevas calzonas obscuras e púsose en juegos con los niños.
En Grazalema e a cuatro de junio del año de dos mil e siete.


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