02 junio, 2007

De la belleza de lo feo

adábamos en las aguas aún heladas de la piscina, cuando acercóse a mí nadando mi pequeño Marinín; me sonrió, pegó su cuerpo al mío e me abrazó poniendo sus brazos en derredor de mi cuello e mirándome fijamente a los ojos:

“Papá, sois tan bello como yo, que todos dicen que más que niño parezco ángel, mas todos tenemos algún defecto e todos cometemos alguna falta”.

“Mirad, hijo, que lo que decís es bien cierto. Si entráis en un lugar cuya puerta está abierta, recordad que al salir debéis dejarla como estaba; abierta. Si os sentáis a una mesa y encontráis la silla retirada, dejadla así cuando os vayáis, aunque os parezca no es de razón. Si visitáis a hombre grande que ha su mesa toda en desorden, nunca digáis está desordenada; ese hombre sabrá por qué la tiene así. Si os encontráis con alguien de dientes podridos, nunca os refiráis a ello ni diciéndoselo a él ni a nadie; sólo él y Dios saben por qué los tiene así. El desorden que vemos a veces, no es tal. Todo tiene su razón de ser. Si vos medís vuestros actos en metros, no pedid a los demás así lo hagan, que es muy posible que haya quien quiera medirse en codos o en pulgadas. Sed como sois y dejad los demás sean como son. Para mí, os lo confieso agora, vuestro orden, vuestra higiene, vuestra sabiduría, vuestro saber hacer e vuestras medidas son perfectas. Sois mi hijo; tal vez os vea yo con otros ojos, mas la fealdad de los demás tiene su belleza, que en no siendo desta guisa, seríais uno más entre el prójimo”.

Entendiendo Marinín mis palabras, rió abiertamente, apretó mi cabeza e hundióme en las aguas. Al salir del fondo, abrazándome de nuevo, me besó los labios e dijo:

“Mirad, papá, que lo que decís es bien cierto, que si la puerta que encuentro abierta la cierro, puede ser molestia para quien así la dejó; si arrimo la silla que encontré separada de la mesa, puede ocurrir algo así también, que si separada estaba, sería por alguna causa e si el hombre importante ha su mesa en desorden, puedo ser yo el que yerro e descubrir que esa es su forma de ordenar las cosas. Aunque no queráis, quiero medirme en metros como vos lo hacéis, que no me parece de razón intentéis medirme de una forma e yo quiera medirme de otra por no obedeceros. Si yo soy bello, pues, es porque vos me habéis dado esa belleza y he de agradeceros esto agora e cuando llegue la hora de morir”.

“En eso no penséis aún, Marinín, que, si Dios os quiere a su lado por motivo de importancia, os llevará, mas creo preferirá hagáis vuestra labor en este mundo e viviréis muchos años”.
Soltóse Marino de mí e vi cómo miraba hacia el otro lado de las aguas. Carlitos, empujado suavemente por Antonio, venía nadando solo hacia nosotros.

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