alió Marinín de su habitación al acabarse la tarde e bajó los escalones con sus manos escondidas tras de sí e dirigiéndose a mí. Su Ilustrísima le miró e le sonrió e Marcos observó mi cara de extraño. Al parar frente a mí, sacó de detrás sus manos e me mostró la pluma de plata:¡Hijo! – exclamé - ¿Qué cosa hacéis con eso?”.
Nuestras caras mudaron la color, e comenzando a hablar nos narró una increíble historia:
“Estaba en la piscina mirando las aguas, papá, e vi cómo pasaban las golondrinas e los aviones por beber dellas, que no pueden parar allí, pues no podrían luego levantar el vuelo, así, vuelan muy bajo, abren el pico e beben. Mas todas las que pasaban me dejaban un mensaje para vos: Desde Sevilla viene un coche grande e blanco con seis hombres como «canarios» a mataros. Deberíais ir a la ribera y esperarles allí cuando las cuestas son más pronunciadas y el coche va más lento. Usad entonces la pluma”.“¿Pensáis – le pregunté tembloroso – crea que los pájaros os han dicho que vaya a buscar un coche blanco con seis «canarios» e los destruya? ¿Sabéis que podría matar a gente inocente por hacer eso?”.
“Bien veo no creéis soy verdadero, sino fantasioso. Haced lo que dice el mensaje o resolved luego lo que venga encima desta casa”.
“Nada perdéis, sobrino – espetó Su Ilustrísima -, yendo a la ribera e comprobando lo dicho por vuestro hijo es cierto, que cosa mejor que estar aquí sentado no habéis por hacer”.
“No habréis de destruir coche alguno, papá – siguió Marinín -, que en dejando sus ruedas delanteras inútiles, habrán de parar. Cuando comprobéis son «canarios», sacad vuestra espada e darles lo merecido, que todos han de bajar sin armas por ver qué pasa al coche”.
E pensando un poco e viendo que Marcos no veía en ello nada extraño, le dije preparase nuestro coche, subí a vestir mi uniforme e tomar mis armas, bajé al salón e acerquéme a mi pequeño, que junto a su tío Juan se hallaba.
“Hijo – le dije en tomándole entre mis brazos -, historias más extrañas que esas he oído que parecían cuentos e resultaron verdades”.
Tomamos el coche e bajamos Marcos e yo hasta la plaza e partimos hacia el Puerto Chico hasta encontrar un trozo de la carretera que era difícil de subir en viniendo de Sevilla. Hizo que el coche se moviese hacia atrás e lo escondió en la entrada de una finca; tras los árboles. Allí cerca, tras unos muros de rocas, esperamos en pláticas pensando pasaría así mejor el tiempo, mas oímos al poco ruidos e asomamos con cuidado las cabezas. Subía la pendiente un coche blanco e grande e, mirando de primero a Marcos, preparé la pluma de plata e la apunté hacia la parte baja del coche. Al poco tiempo, cayó el coche al suelo e no podía subir e de dentro dél salieron hasta seis hombres vestidos de color obscuro e con camisas muy amarillas; ¡como canarios!
“¡Santo Dios! – exclamó quedo Marcos -; ¡si no se ve esto no puede creerse!”.
Salté sobre las piedras muy cerca dellos e vi intentaban volver a entrar al coche; era la señal de que me conoscían, me temían… e no iban armados. Así, fui acercándome a cada uno dellos e haciéndole un corte profundo en sus piernas antes de que se armaran.
“¡Es él! ¡Es él! – gritó uno -; ¡Estamos perdidos!”.
Era la señal para atravesarlos por el pecho e luego por el vientre y, en acabando la faena, les di la estocada certera que marcaba (no sé si decir para siempre) su frente con mi señal, que no es otra que la bandera que defiendo.
Al volver al pueblo y entrar en la casa, nos esperaban todos asustados e dije sonriente a Su Ilustrísima:
“Preparad una misa por seis almas e por las que hemos salvado de la muerte segura no sé si gracias a Marinín o a los pájaros”.
E tomando a mi hijo en brazos, le besé sonriente e nos fuimos solos al bufete.
En Grazalema e a cinco de junio del año de dos mil e siete.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario