asé la mañana casi en ayuno y en oraciones queriendo estar en solitario hasta que llamaron a la puerta e no di respuesta. Unos golpes más fuertes insistieron en la llamada e con voz grave e potente, contesté:“¿Quién va? ¡Órdenes he dado de no ser molestado!”.
“Perdonad, excelencia – oí la voz de Cayetano -, no quería seros de estorbo”.
E levantándome a priesa, abrí la puerta e vi cómo se retiraba hacia el comedor e nadie más había en el salón, pues estaban ya todos en el jardín.
“Pasad, Cayetano – le dije -, que molestia no sois pues en vos tengo confiada mi casa”.
E dudando una pieza e mirándome un tanto asustado, se entró en el bufete e cerré la puerta sin decir otra cosa.
“Excelencia – me dijo -, si es vuestro deseo estar a solas, no he de ser yo quien lo incumpla, que lo que quería manifestaros puede esperar”.
“Decid lo que sea menester – le dije – si es cosa de importancia. El resto, lo dejo en vuestras manos, pues nunca he habido de desconfiar de vos”.
“No tomad a mal mis palabras, señor – me dijo cabizbajo -, que a fe, no quiero cambiar cosa alguna desta su casa. No es mi visita sino por aprovechar nadie me ve e manifestaros lo que yo veo”.
“Paréceme – contestéle ya sentado -, no es baladí lo que queréis decirme. Hablad pues”.
“Mirad, excelencia – espetó -, que nunca entro en asuntos desta casa si no es por órdenes vuestras o por creer puedo solucionar algún entuerto. Si bien es verdad que todos están en el jardín, Su Ilustrísima se sienta en su lugar y en sus lecturas e los niños nadan, Marcos está sentado en la hierba a solas tras el temazcal. Algo me parece ha cambiado e os hace aislaros; si pudiera seros de ayuda…”.
“Una sola cosa os pediría, fiel amigo – le dije -; decid a Su Ilustrísima he de hablar con él, mas no dejéis nadie más entre en la casa hasta que yo mesmo os lo ordene”.
“Así lo decís – concluyó -, así he de hacerlo”.
E no pasó mucho cuando oí unos golpes a la puerta que pareciéronme los de Su Ilustrísima.
“Venite”.
E abriéndose la puerta de espacio, entró don Juan e la cerró tras de sí sin decir cosa alguna.
“No sé si sabréis por qué cosa os he mandado a llamar, Ilustrísima – dije con respeto -, mas, aunque necesito agora estar a solas, nada puedo ocultaros de lo ocurrido para hacer que me encierre aquí.
“Hablad, sobrino – me dijo -, si es lo que necesitáis. Si necesitáis ser oído, yo os oiré; si necesitáis consejo, yo he de dároslo”.
“Pidióme un hombre desconocido le librase de sus malas compañías e así lo hice, aún arriesgando mi vida, al poder ser traicionado por éste. No vino aquél a traicionarme, sino a pedir sinceramente le ayudase. Tal cosa quise hacer, mas, quiso Dios que los comportamientos desta casa cambiasen. A nadie culpo de lo ocurrido, que estas cosas ocurren e no puede uno poner remedio alguno. Siento agora mucha tristeza como debe sentirla Marcos por no ver que vuelve Norberto, mas he de deciros que éste ya nunca ha de volver”.
“¿Qué decís? – exclamó - ¿Acaso el sargento os ha traído noticias?”.
“Esas noticias, Ilustrísima – le manifesté -, bien creo podéis imaginar, pues aquél hombre ya es muerto en Sevilla”.
“¡Dios nos ayude a todos! Rogaré por el alma dese buen hombre – miró al techo cerrando los ojos -, pero nuestra vida debe seguir. No debéis descuidar a vuestros hijos e a mí me habréis siempre a vuestro lado, que sé muy bien procuráis siempre lo mejor para todos. Dificultoso veo, sin embargo, remediar los sentimientos de Marcos; puede ser que hayan cambiado sin ser esta su voluntad. Agora, antes que otra cosa, debo saber cómo se siente. Dejadme os ayude, mas decidme si os sentís traicionado por Marcos, pues en aqueste caso, aunque sin rencor alguno en vuestro corazón, le pediría abandonase esta casa, si sus deseos no han cambiado y es esta su decisión”.
“Mirad lo que os digo, Ilustrísima – concluí -, que la experiencia de la vida nos enseña e nos dice lo venidero casi con toda certeza, pues aunque me haya traicionado Marcos, ni voy a albergar rencor en mi corazón ni he dejado de amarle como mi compañero, mas viéndose él agora solo, luchará por volver a dejar las cosas como estaban o se verá obligado a tomar una decisión. Puede llamarse a su vuelta egoísmo, mas también puede ser un acto de contrición con propósito de enmienda”.
“Hablaré con todos ellos – me dijo – aunque deseéis seguir vuestro retiro”.


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