10 junio, 2007

De cómo arreglar una infidelidad

omé con los niños un baño e salí a acompañar a Su Ilustrísima a darle buen cumplimiento a un exquisito bocado que nos preparó Ramón e observé su mirada feliz al verlos en las aguas:

“Estos niños – me dijo -, con buenas razones han de sentirse agora felices, e no tristes, por la partida de su tío Marcos; y es esto señal del cariño sin condición que os tienen”.

“Así ha de ser, Ilustrísima – le dije yo -, que siempre Marinín ha gozado de la compañía de Marcos e parece sabe agora muy bien lo sucedido”.

“No sé si así debería ser, sobrino – me dijo -, que me dijisteis que si os pidiese Marcos perdón y se quedase, lo perdonaríais”.

“A fe, que está perdonado, Ilustrísima – bajé mi vista -, aún sabiendo yo que iba antes a preguntar a la guardia dónde estaba Norberto para abandonarnos hoy, mas encontróse con una desagradable sorpresa. Por esto está perdonado mas no olvido lo ocurrido, pues no quiero piense es fácil engañarme, que no me importa me tome por demasiado bueno, mas me molesta me tome por tonto”.

Rió Su Ilustrísima mientras saboreaba los manjares e me dijo:

“No habéis de convencerme, sobrino, que no os veo yo dejándolo abandonado por muy tonto que os tomase”.

E mirando a mis niños gozar de las aguas ajenos a nuestras pláticas dije para mí en voz alta:

“Tonto he de ser, que descubriendo se había ido de nuestro lecho por yacer con Norberto, nada fice; e bien me sé hay gentes que arreglan esto de formas más crueles”.

Y mirándome Su Ilustrísima por encima de las gafas, dijo:

“¿Y en verdad creéis que lo arreglan?”.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario