os despedimos del servicio, que puso en la parte trasera del coche las viandas ya preparadas que habían comprado Su Ilustrísima e Marcos. Junto a mi querido compañero hice yo el viaje e tras nosotros lo hicieron Su Ilustrísima e los pequeños.“Quisiera yo viajar ahí delante – dijo Carlitos – que todo se ve mejor”.
“Tal cosa no es posible – le dijo su tío Marcos -, que los niños deben ir atrás e tú, al ser más pequeño, debes ir en esa sillita. ¡Mirad hacia los lados e observad los campos, los árboles, las montañas!”.
E hubo un momento de mucho silencio cuando nos acercábamos al lugar que llaman El Hondón e oí que le decía Marinín a Antonio:
“Os va a gustar esta fiesta, os lo aseguro hermano”.
“Más me gustará – le respondió su hermano -, que cumpláis los ocho años a las doce de la noche. Quiero – díjole en susurros -, me dejéis os bese apartados de los otros ¿Lo haréis?”.
Siguió Marinín susurrando:
“¿Cuándo os he prohibido me beséis o me abracéis o me acariciéis?”.
E aunque había ruido del coche, las cabezas de Su Ilustrísima e la mía se volvieron hacia ellos e Marcos los miró por el espejo.
“Rezaremos alguna oración – dijo Su Ilustrísima – porque sea el viaje ameno”.
Y en llegando a la casa, salió el servicio a recebirnos e Servando no creía lo que veía e Cristina fuése corriendo a besar a los niños:
“¡Ay, excelencia! – clamó – que jamás he visto bellezas tales, que hermanos parecen e hijos vuestros”.
“¿Acaso no lo son? – preguntéle -.
“A lo que quiero decir – contestó -, alcanzáis muy bien. Que la sangre es la que lleva esa belleza”.
"¡Ay, mi Marinín! – continuó - ¡Que está para comérselo!”.
“Eso dicen muchas madres de sus hijos – apuntó Marcos – e cuando crecen, se preguntan con enojo: ¿Por qué no me comería yo a este niño?”.
“¡Vamos, vamos! – insistió Su Ilustrísima -, no entreteneos mucho que no me gusta llegar a las citas sino cinco minutos antes”.


































