30 junio, 2007

Del viaje de Grazalema a Ronda

os despedimos del servicio, que puso en la parte trasera del coche las viandas ya preparadas que habían comprado Su Ilustrísima e Marcos. Junto a mi querido compañero hice yo el viaje e tras nosotros lo hicieron Su Ilustrísima e los pequeños.

“Quisiera yo viajar ahí delante – dijo Carlitos – que todo se ve mejor”.

“Tal cosa no es posible – le dijo su tío Marcos -, que los niños deben ir atrás e tú, al ser más pequeño, debes ir en esa sillita. ¡Mirad hacia los lados e observad los campos, los árboles, las montañas!”.

E hubo un momento de mucho silencio cuando nos acercábamos al lugar que llaman El Hondón e oí que le decía Marinín a Antonio:

“Os va a gustar esta fiesta, os lo aseguro hermano”.

“Más me gustará – le respondió su hermano -, que cumpláis los ocho años a las doce de la noche. Quiero – díjole en susurros -, me dejéis os bese apartados de los otros ¿Lo haréis?”.

Siguió Marinín susurrando:

“¿Cuándo os he prohibido me beséis o me abracéis o me acariciéis?”.

E aunque había ruido del coche, las cabezas de Su Ilustrísima e la mía se volvieron hacia ellos e Marcos los miró por el espejo.

“Rezaremos alguna oración – dijo Su Ilustrísima – porque sea el viaje ameno”.

Y en llegando a la casa, salió el servicio a recebirnos e Servando no creía lo que veía e Cristina fuése corriendo a besar a los niños:

“¡Ay, excelencia! – clamó – que jamás he visto bellezas tales, que hermanos parecen e hijos vuestros”.

“¿Acaso no lo son? – preguntéle -.

“A lo que quiero decir – contestó -, alcanzáis muy bien. Que la sangre es la que lleva esa belleza”.

"¡Ay, mi Marinín! – continuó - ¡Que está para comérselo!”.

“Eso dicen muchas madres de sus hijos – apuntó Marcos – e cuando crecen, se preguntan con enojo: ¿Por qué no me comería yo a este niño?”.

“¡Vamos, vamos! – insistió Su Ilustrísima -, no entreteneos mucho que no me gusta llegar a las citas sino cinco minutos antes”.

De cómo preparar las viandas

legaron Su Ilustrísima y Marcos de las compras e traían en una bolsa mucha vianda que yantar.

“Quiero – dijo Su Ilustrísima -, partan María o Ramón este lomo entero en filetes de dos dedos. Se pondrán a las brasas. Chuletas e chacina e otras viandas frescas vienen. No me gusta ir de gorra a las fiestas”.

“¿Sabe acaso Su Ilustrísima – preguntó Marcos – por qué se dice «ir de gorra» cuando se va a una fiesta e no se paga nada?”.

“Sin duda lo sé – contestó -, e mejor que yo ha de saberlo el Capitán, que paje ha tenido toda su vida. Yendo siempre tocado, su paje iba siempre con una gorra - corregidme si yerro, sobrino – e siendo el paje, nunca pagaba nada, sino que a expensas de su amo iba. E paje no soy y de gorra no quisiera ir”.

“Tampoco entonces – dijo Marcos – quiero ir yo de gorra, que ni paje soy ni gorrón”.

Acercóse Antonio a su tío Juan e le dijo:

“¿E toda esa carne hay que comerla asada?, pues a mí me gusta cruda”.

“Igual que a mí, hijo – le dijo don Juan -, mas es mejor comerla como dicen «vuelta y vuelta», que sin ponerla un poco a las brasas no es tan saludable. Como yo os digo, dórase un poco por fuera e sangra por dentro. ¡Una delicia!”.

“Así como vos la queréis tomar – le dijo el pequeño – la quiero yo”.

“Pues no retiraros esta noche de mi lado – le dijo Su Ilustrísima -, que yo mesmo he de preparar los lomos que nos comamos. E buenas salsas habrá si en ellas queréis mojarlos, que en eso es experto don Diego e nadie sabe sus fórmulas secretas”.

“No me parece – les dije – que comer las carnes crudas cosa sea de animales, que el hombre también es animal, mas, como bien habéis dicho, es mejor ponerlas al fuego un poco e quitar el tosigo que traigan”.

“Así se hará, sobrino, e bien sé que os gusta la carne poco hecha”.

De las artes del esgrima

sí prometí a vuesas mercedes seguir escribiendo, e llegado que es el postrímero día de junio, no quiero quede en el tintero lo que en el papel debería ya estar, que la Noche de San Juan e, sobre todo, la llegada de los ocho años de mi pequeño Marinín son dignas de mención.

Jugaban Antonio e Marinín en el jardín con sus espadas mientras nosotros los observábamos y en pláticas nos distraíamos. Ya había avisado don Diego de Montelíz a Su Ilustrísima para que llegásemos a tiempo a Ronda para la celebración de la fiesta. Y en estos menesteres estábamos, cuando observé Marinín y Antonio hacían curiosos movimientos con sus espadas de juguete e, terminando una lucha, llamé a Marinín a mi presencia:

“Muy bien jugáis con esas espadas – le dije -, que hasta paréceme usáis algunas artes”.

“Artes no me parecen, papá – me dijo -, sino movimientos para evitar que Antonio me toque o para intentar dejarlo yo tocado”.

“Pues esos movimientos calculados e precisos – insistí -, son las llamadas artes. E quisiera yo saber dónde o quién os ha dado algunas liciones, que no son cosas que se sepan ya al nacer”.

“Nadie me ha enseñado esas «artes», papá – me dijo abrazándose a mí -, sino que en viéndoos a vos cómo movéis la espada he visto cómo he de hacerlo yo si no quiero ser tocado de muerte”.

“¡Dios me ampare! – exclamó Su Ilustrísima -, que hasta de sólo observar aprende a hacer”.

“Quisiera yo, sin embargo – le dije -, tomar la espada de Antonio prestada e probar una lucha con vos mesmo. Pedid la venia a vuestro hermano de dejarme su arma e haremos unas pruebas”.

Con esto, acercóse a su hermano e le dijo lo propuesto e vino Antonio a saludarme poniendo la espada ante mí para que la usase.

“Nunca prestéis vuestras armas – les dije -, mas no siendo éstas sino juguetes, bien podrán servirnos para que yo sepa hasta dónde alcanzáis a razonar estas artes de la lucha e la defensa”.

Púseme las calzonas por no dar doble espectáculo e, pisando el centro de la hierba, nos enfrentamos mi hijo e yo e nos hicimos reverencia. Esperé su primer lance e pronto comprendí que ya sabía que la mejor defensa no es sino un ataque certero. E así, hice yo otro lance fácil por ver cómo era su defensa e cómo movía la espada correctamente. Volví a esperar otro lance e puedo asegurar iba más en serio, que nunca debe subestimarse a contrincante alguno por su aspecto o por su edad. Así, fuimos haciendo lances más dificultosos e con más rapidez, de tal forma, que hice un gesto con la mano por terminar, pues seguir batiéndonos podría ser llegar a lances peligrosos.

E terminada aquella lucha, quiso Antonio luchar conmigo. No queriendo dar más ventaja a uno que a otro, entréguele su espada e pedí la venia a Marinín por usar la suya. E púsose frente a mí en reverencia ofreciéndome su arma.

Lo mesmo hice con Antonio, que aún teniendo movimientos menos precisos que Marinín, podría defenderse con una ropera ligera de cualquier follón que le atacare sin ser siquiera arañado en sus ropas. Aquellos cuerpos y mentes ágiles habían aprehendido el arte del esgrima con sólo ver a su padre luchar una decena de veces.

No quise viesen Marcos ni Su Ilustrísima mi asombro e dejé a los niños en sus juegos e me senté en el cubierto.

“Tráigaseme algo de refresco – dije -, que aunque desnudo, cansa la lucha”.

“Marino… - quiso saber Marcos con intriga - ¿Qué pensáis de la lucha de vuestros hijos?”.

“Bien, bien – le dije -; quizá algún día e con algunas clases, cuando adultos sean, puedan defenderse e atacar como es debido. Mas aún deben recorrer mucho camino e han de pasar años”.

“A fe, sobrino – me miró Su Ilustrísima por encima de las gafas -, que bien podéis engañar a vuestro compañero, mas es uno ya pájaro viejo e os noto extraño en la mirada”.

E aprovechando que aquel mesmo mediodía salieron don Juan e Marcos a comprar ciertas viandas, pedí al servicio unas esteras de poco peso e las amarré a los pechos de los pequeños sobre la camisa. Pedí al servicio no se asomasen al jardín otra vez hasta que yo les diese la orden e allí quedaron mis dos pequeños esperándome sobre la hierba. E haciendo excepción, bajé con dos roperas, la francesa e la toledana; las más ligeras. E cómo es bien cierto que se dibujó en sus rostros el asombro e la felicidad.

“Tomad, hijos – les dije -, aquí tenéis dos espadas que no son juguetes e son peligrosas. Tal es mi confianza en vuesas mercedes, mas no quiero artes que puedan produciros heridas, sino sólo defensas. Si bien habéis comprendido esto que os manifiesto, he de vigilar yo mesmo podéis luchar jugando y en serio”.

Entregué mis blancas afiladas a los pequeños e dije se hiciesen reverencia en señal de lucha amistosa. E poniéndose uno frente al otro con las piernas y el torso en posición correcta, dije comenzase una corta lucha. «¡Pugnate!», dijo Marinín al punto e atacó de primero por la diestra e paró Antonio por la siniestra e así fueron haciendo algunas artes hasta que vi entraban en terreno peligroso.

“¡Alto y a la orden!”.

Retiráronse la medida adecuada e volvieron a hacerse reverencia e, viniendo entrambos a mí, ofreciéronme las armas.

“No digáis a nadie – les dije – sabéis hacer esto, que así mesmo os prometo yo compraros vuestra propia ropera toledana. Mas no debéis usarlas sino cuando yo os de liciones e licencia. Pasaréis examen e contra mí mesmo habréis de luchar”.

“Jo, papá, ¿una ropera para nosotros?”.

27 junio, 2007

Adendum

e de advertir a vuesas mercedes, que no quedará este diario aquí, sino que ha de continuar, pues tras algunos días de viajes para solaz de todos, pidióme Marcos no escribiese por las noches aún sabiendo que lo que escribo no me quita sino algún minuto del placer de su compaña e de la de mis hijos e la de Su Ilustrísima. Así, por tanto, habiendo pasado los días más importantes para mi pequeño Marino, que no son otros que la celebración de la fiesta de la Noche de San Juan e su octavo cumpleaños, quiero narrar estos acontecimientos aunque con demora sea, que siendo importantes para él, para mí lo son.

Acabados entonces los viajes ya trazados e habiendo mucho que narrar, comenzaré en días próximos una parte donde detalle todo lo no escrito hasta agora.

Por esto, pido excusas a vuesas mercedes en el retraso e les doy aviso de leer en breve todo aquesto ocurrido, que paréceme digno de ser leído antes de seguir esta historia de la cual no conozco el fin.

Es gracia que espero recebir.

En Grazalema e a veinte e siete de junio del año de dos mil e siete.

22 junio, 2007

Del trazado del cumpleaños de Marinín

el cansancio de nuestro primer viaje a Banaoján, ni partimos al siguiente día ni escribí este mi diario, que hube de mostrar a los pequeños la Cueva de la Pileta desde la entrada a la parte final que ya hoy no se visita. Pensó Su Ilustrísima habíamos caído por una fosa o nos habíamos perdido, mas un nuevo guía llevábamos que bien la conocía, pues Eloy pasó a mejor vida en el año de 1996.

Hubimos luego apetitoso almuerzo en lugar fresco e silencioso e no vi a Su Ilustrísima antes yantar de tal forma, que estando apetitosas nuestras viandas, parecía querer probar e no olvidar cuanto nos fue servido.

Compramos chacina de aquella villa, que es tenida como la mejor de la Serranía e vimos al atardecer la entrada de la Cueva del Gato, que como boca de felino enorme se abre en la roca e hay que atravesar el río para llegar a la entrada e sumergirse en las aguas heladas para adentrarse.

Así, hemos descansado todos de viaje tan maravilloso y, de tal forma, que no hemos celebrado el día del Santo Luís sino en el cubierto del jardín e tomando algún baño.

Acercándose Marinín a mí e abrazándome como siempre, preguntóme cuándo sería el próximo viaje y, en oyendo esto Su Ilustrísima (que aún andaba agotado de andar, de mirar e de yantar), dijo que acercábase el día de San Juan, el día más largo del año, la fiesta en la finca de don Diego de Monteliz e, lo más importante, el cumpleaños de mi pequeño.

“¿Celebraremos mi cumpleaños, papá? – exclamó Marinín -; a la edad de Antonio me acerco.

“Se celebrará porque vos lo deseáis – le dije -, mas no pensad vais a alcanzar a Antonio en edad, que en poco ha de cumplir ya sus once”.

“Avisaremos a doña Pastora – me dijo -, que como su hijo me tiene también; e traeré a algunos de nuestros amigos e les invitaré a un baño”.

“Habed cuidado con aqueso – le dije -, que todos los niños del pueblo os conocen e no quiero convertir la piscina en lugar donde no se quepa”.

“Así será, papá – respondió seguro -, que sólo a cuatro dellos se lo diré e a los otros les compraremos dulces”.

“Preparemos entonces esa fiesta – aclaró Su Ilustrísima -, que no podremos estar aquí y en Ronda al mesmo tiempo”.

18 junio, 2007

Del gusto por las viandas de Su Ilustrísima

ejó sus lecturas Su Ilustrísima con un gran suspiro e cayeron sus brazos con el libro sobre su sotana.

“Así es mi vida agora, sobrino – me dijo -, desde hace unos años. Mas estaba solo en la casa de Ronda e os tengo agora a vuesas mercedes. Ver a los niños en sus baños háceme dejar la lectura muchas veces”.

“Acostumbrado estáis ya – le dije – a esta vida tan sedentaria, mas empiezo yo a echar a faltar algún movimiento. Pienso llevaremos a los niños a Benaoján a ver la Cueva del Gato e la de La Pileta, que allí he de contarles grandes historias”.

“Si no os importa – dijo un tanto impresionado -, restaré yo afuera, que tanta obscuridad e tanto frío e tanta humedad, me dan ahogos”.

“Lo importante, Ilustrísima – le dije -, es que no pasemos todos los días aquí encerrados, sino que vayamos acá e acullá por ver cosas, que haberlas haylas. Seguiremos juntos, mas veremos maravillas de la Serranía e probaremos ricas viandas e suaves vinos”.

“En eso – contestó al punto -, no he de restar en la puerta, sino entrar al comedor e probar cuanto haya sin catar aún, que estando casi toda mi vida por estos montes, hay lugares que no conozco en su gastronomía”.

“Así pues – le dijo Marcos -, aprovechad estos días que viajemos, que seguro estoy de que el yantar es de no perdonar en estos pueblos. Luego, ya sabéis partiremos al viaje que se trazó”.

“Tal cual lo dice Marcos – le dije -, así será, que hemos de catar las chacinas e viandas de Montejaque, de Montecorto, de Benamahoma y el Bosque, de Zahara y, más allá, las de Benaocaz e Villaluenga del Rosario e Benaoján e Setenil de las Bodegas o El Gastor. Habremos de hacer una ruta para yantar, aunque las viandas de Ronda no es necesario las catéis, según creo”.

“¡Hijos míos en el Señor! – exclamó - ¿Veis la piscina llena de aguas?, pues así se está llenando mi boca e no quiero morir en ahogos. Pedid algún bocado, que por las viandas de Grazalema hemos de comenzar”.

En Grazalema e a diez y ocho de junio del año de dos mil e siete.

17 junio, 2007

Del despertar de la nueva familia

ocaron a la puerta muy de temprano e aún estábamos Marcos e yo abrazados e casi dormidos.

“¿Quién va?”.

E abriéndose la puerta de espacio, asomóse Marinín con mi jugo en su mano:

“Buenos días papá. Buenos días tío Marcos. ¿Dais vuestra licencia?”.

“Pasad, hijo – le dije -, que aunque no nos importaría entraseis sin llamar, bien hacéis en guardar esas normas para todos. ¡Venid! Dejad aquí mi jugo e dame un beso”.

E acercóse sonriente e puso la copa en la mesilla e restó quedo en pie en mirándonos.

“¿Qué os pasa, hijo? – preguntóle Marcos - ¿Acaso teméis yo aún siga enfermo? ¡Subid a nuestra cama!”.

E tomándolo por la cintura, lo subí a nuestro lecho e hicimos un sitio entre ambos e allí se puso. Miraba a un lado e a otro de contento e no decía palabra.

“Muy temprano os habéis levantado – le dije -, que aún podríais descansar algo más”.

“Quizá os soy de estorbo, papá – susurró -, mas necesito estar una pieza con vuesas mercedes”.

“Con papá e tío Marcos podéis estar siempre que queráis – le dijo Marcos -, que no hay secreto que escondamos ni a vos ni a la familia ni al servicio”.

“No es secreto – me dijo -, mas tampoco lo decís a todos. Pienso yo que tengo dos padres e no uno, que cuando vos estabais ausente, sentí a tío Marcos como mi padre”.

“Bien pensáis – le dije -, mas descansemos agora una pieza e iremos luego a buscar a los hermanos e prepararos para el desayuno”.

En Grazalema e a diez y siete de junio del año de dos mil e siete.

16 junio, 2007

Del nuevo trazado en el despertar de Marcos (2/2)

ubió Cayetano a retirar la bandeja del desayuno de Marcos e, luego de bajar todo a las cocinas, volvió para ayudarme a prepararlo. Se le quitaron las ropas e se aseó e le pusimos unas calzonas de baño e puso Cayetano sobre sus hombros una toalla grande. Mirábame Marino de gran contento cuando se fue poniendo en pie e, tomándolo entrambos por la cintura, bajamos las escaleras e me pareció muy recuperado.

Hubo gran fiesta al llegar al jardín e hube de decir a los niños fuesen a sus juegos una pieza. Sentamos a mi compañero junto a Su Ilustrísima e se pusieron en pláticas e parecía Marcos no estaba ni había estado enfermo.

E con ellos me senté yo también hasta la hora del baño cuando sonó mi móvil:

“¿Excelencia? – preguntaron - ¿Sois vos?”.

“Si con Alacaída queréis hablar – contesté -, yo soy”.

“Acaso no recordéis ya a don Julio – hablaron -, el director de la escuela. Ese soy yo”.

“¡Don Julio! – exclamé -, pláceme oíros otra vez, que entre unas cosas e otras, parece nunca tengo tiempo de atenderos como os merecéis”.

“Algo sé de todo lo ocurrido hasta agora – dijo – e mucho me alegra volver a saludaros, pues el motivo de mi aviso es bien de interés”.

“Vos diréis, padre – le dije -, que aunque sea por pedir algún favor, vuestro aviso me conforta e, según veo por señas que se me hacen, hay aquí también quien quisiera saludaros”.

“Con gusto lo haré – aseguró -, que demasiado separado me parece estamos últimamente”.

“Decidme – continué - ¿Acaso hay novedad que debiéramos saber?”.

“Sin duda, excelencia – dijo al punto -, que aunque no entra en las normas desta casa, tengo un día en reserva para examinar a vuestros dos hijos mayores e, si examinan atinadamente, tendrán un certificado de haber pasado el tal examen”.

E me puse en pie al oír aquellas palabras antes de seguir hablando:

“No sabéis – le dije – cuán feliz me hace oír esas palabras. Vos diréis el día e la hora e pasaremos el día allí porque habléis con ellos e pasen examen, que seguro estoy lo pasarán”.

“Buena educación se les da – aseveró -, que deso tengo buenas noticias”.

E terminada la plática con don Julio, hube otra con Su Ilustrísima e Marcos e hubieron gran contento.

E llegada la hora del baño, besé a Marcos (ante una mirada inquisitiva de don Juan) e fuíme una pieza al baño con mis hijos, que volvieron luego con sus cuerpos húmedos e frescos a refrescar a su tío Marcos.

En Grazalema e a diez y seis de junio del año de dos mil e siete.

Del nuevo trazado en el despertar de Marcos (1/2)

ba Marcos mejorando muy a priesa e quiso sentarse cerca de la ventana por tomar allí el desayuno. No hubo de ayudarme Cayetano, que él sólo incorporóse, echó sus piernas abajo e levantóse de espacio. En viendo podía moverse, dejóse agarrar por el brazo por sentirse más seguro, mas pudo andar sin dificultad aquellos pocos metros. Allí se sentó e respiró profundamente en suspiro e miróme sonriendo e, acercándome a él, le tomé la mano y nos besamos hasta que se abrió la puerta.

“Pasad, Cayetano, pasad – le dije -, que va a desayunarse Marcos junto a la ventana”.

“A fe que se recupera rápido – dijo éste -, que en poco le tendremos sentado en el cubierto del jardín con Su Ilustrísima e sus niños”.

Parecióme lo dicho por Cayetano un poco extraño, mas tomó Marcos sus palabras en diciendo:

“Si hasta este asiento he llegado sin dificultad alguna, Marino, bien podríais ayudarme un poco más tarde a bajar las escaleras e sentarme al aire libre y entre todos”.

E cuando iba yo a negarme a tal, dijo Cayetano que él mesmo me ayudaría a bajarlo e se sentaría entre nosotros.

“Espero – les dije – no acabemos los tres rodando escaleras abajo, mas igual es que se esté aquí solo sentado que abajo acompañado. E retirad los calentitos por hoy, que son muy grasos e indigestos – dije a Cayetano -, e más vale esperar un día”.

“No me importa tal cosa – dijo Marcos -, que estas tostadas de plan blando e aceite me parecen apetitosas”.

“Pues comedlas masticando bien – le dije – e bebiendo esa leche calentita con un poco de café. Pronto os veo en baños con nosotros”.

“Sí, Marino, sí – exclamó -,que con los niños deseo nadar como siempre”.

15 junio, 2007

De la primera visita de los niños a su tío Marcos

ubieron los niños tras mi aviso a ver a su tío Marcos con Su Ilustrísima y en la estancia entraron quedos e mirándole con cautela.

“Pasad, pequeños, pasad – les dijo Marcos -, que tío Marcos ya está bien”.

Acercáronse entonces más a priesa hasta él e le tomaron las manos e hizo Marcos movimiento por besarlos e todos se acercaron a la cama e comenzaron a hablarle poco a poco en haciéndole preguntas y escuchándole con atención. Dentro de poco tiempo, estaban todos pegados a su tío e platicaban e reían. No hizo Marcos gesto alguno de cansancio hasta que yo mesmo di la visita por terminada. E bajaron los tres niños de gran contento e díles mi licencia para ir a sus baños.

Pedí excusas a Su Ilustrísima por restar a solas con mi compañero e hubimos una luenga plática; e no quería yo se hablase de lo acaescido, sino que hubo grandes caricias e palabras de consuelo.

Luego desto, quise descansase hasta llegada la hora del almuerzo e quedóse Cayetano a su lado e bajé yo al cubierto del jardín con Su Ilustrísima, quité mis ropas e cubríme con la toalla por restar a su lado una pieza.

“A fe, Ilustrísima – le dije -, que en mi luenga vida pocas veces he sentido lo que agora siento”.

“Errar es humano – dijo – e perdonar es divino. Sabía yo cuando le dijisteis se marchase a Sevilla, que no lo decíais con el corazón. Nada habéis de demostrarme agora”.

Y en estas pláticas estábamos cuando descansó de sus nados mi pequeño Marinín e vino a mí e abrió mi toalla e dentro metióse e me abrazó en diciendo:

“Muy de contento estamos todos, papá, que cuando tío Marcos esté ya bueno, le mostraremos los nuevos regalos que habemos para la piscina por el día de San Antonio”.

“Quizá – le dije -, cuando volváis hacia las aguas, si miráis hacia su ventana, lo veáis allí observando vuestros juegos; mas espero eso sea mañana”.

E no esperaba oír lo que dijo a continuación, pues miró a su tío Juan en sus lecturas e pensaría no le oía:

“No es mi tío Marcos, papá, pues siendo vuestro compañero, aún no siendo mujer, como a mi segundo papá lo quiero”.

Miró Su Ilustrísima suspenso al oír tales palabras, mas nada dijo e, hablando de otra cosa diferente, siguió:

“Leyendo estoy un libro de muy antiguo e hay palabras que ni conozco ni encuentro en diccionario alguno. ¿Podríais vos aclararme una dellas? Pertenece a una canción picaresca antigüa”.

“Así será, hijo – le dije -, que como diccionario antigüo e moderno me considero. Decidme, ¿cuál es esa palabra?”.

“«Encornudar». No la entiendo”.

En Grazalema e a quince de junio del año de dos mil e siete.

Del despertar de Marcos recuperado

ací toda la noche junto a Marcos que no soltó mi mano un instante. Durmió casi sin movimiento alguno e me pareció se recuperaría pronto. Trujeron mi jugo e, poco después, vino Cayetano por serme de un ayuda en asear a Marcos. Cambiamos todas sus ropas, le lavamos, le vestimos con la camisa para estar en la cama e quería él ya levantarse.

“No, Marcos – le dije -, sé que debéis sentiros mejor, mas quisiera yo, por vuestro bien y el de todos, tomaseis fuerzas reposando en la cama un día más, al menos. Mañana, esto os lo prometo, os sentaremos en esa butaca para que miréis al jardín e disfrutéis de vuestros niños”.

“Gracias, Marino – contestóme -, que tal decís he de hacer, pues sé que desto sabéis más que el mesmo médico; y he de agradeceros también hayáis pensado en que yo pueda ver hacia el jardín e que consideréis a vuestros hijos como mis niños; así los considero yo”.

“¡Os trae María el desayuno! – le dije -, que agora estáis visible e quiere ella veros”.

“Mucho me place tal cosa – contestó -, que a todo el servicio quiero también como de mi familia”.

“Quitaría yo ese «como» - le sonreí -, que de vuestra familia podéis considerarlos a todos”.

“¿Y los niños?” – preguntó -.

“¿Los niños? – exclamé -; si quisiéredes verlos una pieza, les haré subir cuando os desayunéis. Si os molestan, hacedme un gesto que ellos no entiendan, e dejaremos las visitas para mañana”.

“Dejad que los niños se acerque a mí – me dijo -, que estorbo alguno producen sino que son como ángeles que elevan mi espíritu”.

“Como lo pedís se hará – concluí -, mas habréis de esperar agora una pieza porque yo me desayune. Cayetano estará a vuestro lado. Pedid cualquiera cosa que necesitéis”.

14 junio, 2007

De la recuperación de Marcos

espertó Marcos mejorado e dije se le sirviese ya algo de jugo de fruta. En abriendo los ojos, comenzó a hablarme e hube de decirle guardase sus fuerzas, mas, en poco, me miraba sonriente e me tomaba la mano. Acercóse Su Ilustrísima interesado en su salud e dijo verlo muy mejorado, que aunque ayunó e no bebió durante más de tres días, nunca se movió de aquel rincón en esperando.

Dejé a solas a Su Ilustrísima con don Marcos e allí estuvieron en pláticas mucho tiempo mientras yo me desayunaba con los pequeños e subí más tarde cuando ya terminaron sus confesiones. Allí quedó Cayetano aseándolo mientras bajé de espacio las escaleras con Su Ilustrísima e manifestábame cosas que él había observado.

“Si bien es cierto – me decía – que un error ha cometido, bien es cierto que reconoce haber caído en una trampa e dello se arrepiente. E puedo creer e aseguraros esto, que queriendo yo saber lo que se había escrito en vuestro diario en esta décima parte, no hube de leer sino el primer párrafo della para comprender que Marcos nunca os hubiese abandonado”.

(Cf. Prólogo de la Parte Décima. P. 1377 en versión impresa)

“No necesito volver a leer esas palabras, Ilustrísima – le dije -, que muy bien las recuerdo, e no me importa agora lo pasado, sino lo venidero e tenerlo a mi lado”.

“Muy bien le veo de salud – prosiguió – e paréceme muy feliz. Deberían los pequeños, si lo quieren, subir a ver a su tío, que sin duda los ama”.

“Esto haremos cuando sea aseado – le dije -, que quiero cambiar sus ropas e lavar todo su cuerpo e ponerle sábanas limpias. Así preparado, quisiera yo volviesen a verse e ya hablaré yo con los pequeños para que entiendan que cosas como esta suceden a veces; como ejemplo del perdón e de la caridad hacia los demás, pues ninguno de nosotros es libre de errores”.

“Sea así cuando lo creáis oportuno por su salud – me dijo -, que un poco débil lo veo para haber unas pláticas con estos diablillos”.

En Grazalema e a catorce de junio del año de dos mil e siete.

13 junio, 2007

De lo perdido e recuperado (4/4)

reparada la tisana e dejada enfriar, subió Cayetano llevándola en una bandeja con una tetera y una taza. Sentéme junto a mi compañero e le dije fuese bebiendo a pequeños sorbos. Dile uno e, dentro de unos minutos, dile otro y esperé, e viendo no lo vomitaba, le di de beber un poco, más a menudo. En menos de media hora comencé a notarle mejor. Estaba demasiado débil, mas había que ser cuidadoso con lo que se le daba e observarle. Comenzó a mover las manos e apretó la mía en sonriendo con cierta tristeza.

“No voy a apartarme de vos, Marcos – le dije -, mas no habléis siquiera hasta que os vea un poco mejor”.

E mirándome con lágrimas en sus ojos, desoyó mis palabras:

“¿Puedo ver a los niños?”.

“Vais a verlos, Marcos – respondíle -, mas no quiero yo os vean así, que celebramos hoy fiesta por el santo de Antonio e no quisiera yo tristezas”.

E volvió a hablar muy quedo:

“Si ellos quieren verme, traedlos”.

“Subirá antes Su Ilustrísima a veros si lo deseáis – le dije -, que quizá queráis su compaña e la de Dios Nuestro Señor antes. En esto, restaré yo abajo con ellos”.

E asintió con una sonrisa e moviendo la cabeza. Así dejé con él a Cayetano en su cuidado e bajé a decirle a Su Ilustrísima subiese a verle. Quedé yo jugando con los niños una buena pieza y, en bajando Su Ilustrísima sonriente, me dijo:

“Dios os ha devuelto lo que habíais perdido. Como veis, sobrino, era más el ruido que las nueces e no era menester sino haber las herramientas e la maña para partirlas. Bien le veo, aunque muy débil, que en saliendo de aquí ni ha comido ni ha bebido ni ha querido irse por no perderos. Ahí lo tenéis. Cuidadlo”.

“¿Creéis sería atinado le viesen los niños? – preguntéle -; pregunta él por ellos”.

“Advertidles que tío Marcos ha vuelto – me dijo – e que está un poco enfermo e que quiere verlos. Conosciendo como ya conozco a estos niños, creo habrán gran contento”.

Así, advertí a los niños como me dijo Su Ilustrísima e vi en los ojos de los pequeños una sonrisa.

“Como regalo – dije a Antonio -, nos ha devuelto San Antonio a tío Marcos a casa”.

“Mucho he rezado por ello, papá”.

E hubo un encuentro de lágrimas e gozo de todos e quise restar toda la noche a su lado en su cuidado.

En Grazalema e a trece de junio del año de dos mil e siete.

De lo perdido e recuperado (3/4)

ajamos hacia la casa e le dije a Su Ilustrísima siguiese la fiesta con los niños, mas debería hacerlo en el jardín, e le dije algo de lo oído del sargento e cambió su rostro.

“No decid nada, Ilustrísima – le advertí -, que en estando los niños felices en el jardín, si algo desto es cierto, no quiero vean cosa que les haga entristecer. Decid a Cayetano me espere tras la puerta”.

“Esto haré, sobrino – respondióme asustado -, que no han de notar los niños tristeza alguna”.

Así, corrí calle abajo e salí hacia la entrada del pueblo – donde paran los coches – e allí estuve mirando a un lado e al otro. En la parte frontera, en un recodo que hay en un pequeño jardín, parecióme ver un bulto que podría ser un hombre agazapado en el rincón; e corrí hacia él. Me acerqué con prudencia e tenía su cabeza e todo su cuerpo tapados con ropas. Agachándome un poco, vi no se movía e dije:

“¿Marcos?”.

E moviéronse un poco las ropas e asomaron unos ojos por un hueco en mirándome como moribundos e un hilo de voz me dijo:

“¡Marino!”.

Así, sin pensarlo e sin decir palabra alguna, tomélo en brazos e crucé la callejuela que da a la nuestra e comencé a subir con dificultad hasta arriba donde me esperaba Cayetano con la puerta entreabierta.

“Rápido, Cayetano – le dije -, subid a nuestra alcoba e abrid la puerta. ¡Es don Marcos!”.

Trocóse la faz de Cayetano como de mármol e subió corriendo a preparar la cama.

“Ponedlo aquí, excelencia – me dijo tembloroso -, e decidme qué más he de hacer”.

Al ponerlo en la cama, descubrí su rostro, que se veía enjuto e de ojos tristes como de moribundo.

“¡Marcos – me abracé con cuidado a él -, mi amigo! Perdonadme. No hablad agora nada, que he de daros de primero unas tisanas para que vayáis tomando fuerzas e os asearemos un poco e pronto estaréis bien. No habléis, que dello tiempo habrá. Conmigo estáis e conmigo estaréis. No penad. Descansad”.

E dije a Cayetano le lavase las manos e la cara con agua tibia e con cuidado mientras yo bajaba a prepararle un remedio. E sabiendo ya María lo que debería hacer, volvíme corriendo a su lado.

“Amigo mío, soy yo agora el que necesito me perdonéis. Mas no hablad”.

Pero dejóse oír otro hilo de voz:

“Yo no soy digno de entrar en vuestra casa…”.

De lo perdido e recuperado (2/4)

ubimos gran desayuno con doña Pastora, que no hubo palabra alguna para su difunto esposo, e gozamos todos de los regalos e de una deliciosa e muy premosa tarta de San Antonio que fizo María al estilo de Castilla. E luego desto salimos todos al jardín en oyendo músicas e jugaron los niños toda la mañana e venía Antonio a abrazarme a cada poco e también abrazaba a su tío Juan.

“A la misa de ocho iremos – dijo éste – por dar gracias, que hasta por abrir los ojos e ver debemos darlas. Vestiréis vuestras más ricas ropas e yo también; e papá irá con su uniforme e sus galas”.

E llegada la hora del baño, prepararon los pequeños unos artilugios como flotadores de colores e que habían formas de animales e de barcos e tomamos todos unos baños. E Su Ilustrísima vistió por primera vez sus calzonas negras e levantó a los pequeños en los aires dejándolos de caer luego a las aguas.

Así, acercándose la hora del almuerzo, preparó el servicio una mesa en el jardín bien adornada con flores e algunas preseas de la casa. E allí tomamos luego unos platos que eran maravilla de ver e de catar e a todos se dio buen cumplimiento.

No hubo descanso por la tarde, sino que nos reunimos en el cubierto e tomamos café e xoclatl e dulces. E nunca vi a Antonio tanto tiempo a mi lado e nunca hube de ponerme la toalla o las mangas de la camisa en su sitio tantas veces, que dellas me tiraba de gran contento.

Y en llegando la hora, acompañé a mis pequeños al aseo e a vestirse e púseme yo mis ropas con todas las galas e mi tocado e mi espada e vistió Su Ilustrísima también su sotana e sus colores. Era llegada la hora de ir a la misa, que por ser la vespertina de ocho, celébrase en la iglesia parroquial cercana de San José. Así, salimos todos con el servicio en paseos e subiendo las empinadas calles e oímos con devoción la Santa Misa por San Antonio. E luego desto, todos los amiguitos vinieron a felicitarle e le besaron e le entregaron humildes presentes. E no había visto yo a mi hijo nunca tan feliz.

Al bajar por la calle que pasa cerca de la casa cuartel de la guardia, acercóse el sargento e pensé sólo iba a saludarnos e a felicitar a mi hijo, mas, tomándome luego un poco aparte, me dijo que uno de sus subordinados habíale dicho que, en la entrada del pueblo y en un rincón que forman las casas, había visto a un hombre yaciendo en el suelo como menesteroso e que, queriéndose acercar a él por ayudarle, embozó su rostro e le dijo se retirase. Su voz, me dijo, le pareció la de don Marcos.

De lo perdido e recuperado (1/4)

espierto estaba ya y en pensamientos cuando tocaron con suaves golpes a la puerta:

“¿Quién va?”.

Abrióse la puerta muy de espacio e asomó la cabeza tímida de Antonio:

“Buenos días ¿Dais la venia, papá?”.

“¡Claro está, hijo! – le dije -; venid aquí ¿Qué cosa os sucede e por qué venís descalzo?”.

“Pues a las dos preguntas que hacéis – me dijo en besándome – os puedo dar razón en una sola respuesta, que al levantarme de la cama no he podido encontrar mis zapatillas”.

“¿E habéis rezado por ventura a San Antonio bendito? – le dije -; no desaparecen las cosas por artes mágicas”.

“¿A San Antonio bendito? – preguntó con extraño - ¿Es que acaso se las ha llevado él?”.

“No, hijo – contestéle tomándolo por la cintura -, que no va a venir un santo a llevarse unas zapatillas, sino que a él se le reza cuando se pierde algo e aparece”.

“¿Es eso cierto, papá? – exclamó - ¿Sólo he de rezarle y aparecerá lo perdido?”.

“Haced la prueba – le dije -, e si no funciona, se lo diremos a tío Juan para que le rece él”.

“Así he de hacerlo, papá – me dijo en yéndose para puerta -, que si San Antonio me hace recuperarlas, a él le rezaré siempre, que pierdo muchas cosas”.

E salió de la habitación en rezando entre dientes a San Antonio cerrando con cuidado la puerta e, pasada una buena pieza, volvieron a sonar los golpes en la puerta.

“Entrad, entrad”.

“¡Mirad, papá – me dijo señalando a sus pies -, que a San Antonio bendito he rezado e las he encontrado!”.

“Pues tendréis que volver a rezarle otra vez”.

“¿Acaso hay que agradecerle el encuentro, papá? – dijo confuso -, que agora mesmo le daré las gracias por tal merced”.

“Hacedlo, hijo – manifestéle -, que dar las gracias siempre, aunque no se nos concedan nuestros deseos es obligación de todo buen cristiano. Mas habréis de rezarle también por haber perdido otra cosa: la memoria”.

“¿La memoria? – exclamó -. ¡Nada más he olvidado!”.

“¡Venid aquí conmigo, hijo – le hice señas -, pues habéis olvidado es hoy día de San Antonio, vuestro santo!”.

“¡Vaya! – abrazóse a mí -. He de agradeceros a vos mejor el recordarme tal cosa”.

“Pues volved agora a vuestro dormitorio e decid a vuestros hermanos os ayuden a buscar unas cajas azules que en algún lugar de la habitación habéis”.

“¿Serán regalos, papá?”.

“Orad a San Antonio bendito – le dije – e así las encontraréis e sabréis si son regalos”.

E les oí dentro de una pieza dar gritos de contento en su habitación.

12 junio, 2007

De la leyenda de San Agustín

omaba Marinín las aguas de la piscina con un frasco e iba llenando un cesto, mas viendo que el cesto no se llenaba, le vi de venir corriendo e se abrazó a mí.

“Papá – me dijo -, intento de llenar el cesto de agua, mas por más agua que le pongo dentro, nunca se llena”.

E Su Ilustrísima e yo nos miramos sonriendo e quitándose las gafas e dejándolas sobre la mesa, llamó el tío Juan a su pequeño ángel:

“¡Venid, pequeño, venid! – le dijo -, que hay cosas que la razón no puede alcanzar”.

E fuése Marinín hacia su tío desnudo e le reprimí porque se cubriese, mas dijo Su Ilustrísima:

“Dejadlo así si así quiere estar, que es igual lo vea desnudo a dos metros que aquí a mi lado”.

E acercóse el pequeño a él e tomándole de la mano, le dijo a su tío:

“Cierto es, tío Juan, que hay cosas que nuestra razón no alcanza, que no hago sino echar agua ahí e nunca se llena”.

E sentándolo en una de sus piernas, comenzó a hablarle:

“Dícese, pequeño ángel mío, que gustaba San Agustín de ir a la orilla del mar a meditar sobre el Gran Misterio de Dios e la Santísima Trinidad e, un día, vio cómo un pequeño ángel, como vos, tomaba aguas del mar con un frasco e las vertía en un agujero que había hecho en la arena de la playa. Extrañado, le preguntó al niño por lo que hacía y éste le dijo: «Estoy intentando meter todo el agua del mar en mi agujero de arena». Y San Agustín le sonrió e le dijo que tal cosa era imposible; y el pequeño, en volviéndose hacia él le dijo: «Pues más fácil es que yo meta aquí todas esas aguas a que vos comprendáis el Misterio de la Santísima Trinidad». ¡Dícese que era aquel niño un ángel!”.

Echóse Marinín a reír e le dijo a su tío:

“Pues ese ángel debería ser lerdo, que bien he visto el mar e no cabe en un agujero e, además, cuando se echa agua en la arena, desaparece entre ella”.

“Así pues, mi pequeño angelito – contestóle Su Ilustrísima -, si tratáis de llenar un cesto con las aguas de la piscina, no conseguiréis tal, que sale el agua por las rendijas de los juncos”.

“Eso – respondió entonces Marinín – es lo que no entiendo; pues yo no quiero meter toda el agua de la piscina en el cesto, sino sólo hasta que se llene. Además, he puesto antes una pieza de «plástico» recubriendo su interior”.

Me miró Su Ilustrísima con espanto, puso al niño en el suelo e lo tomó de la mano:

“¡Dejadme ver eso que queréis hacer!”.

E fuíme tras ellos tan intrigado como iba el tío Juan e, al llegar al cesto, vimos estaba recubierto por dentro, cómo tomaba las aguas de la piscina e cómo las iba vertiendo en el interior recubierto. E no saliendo agua por lado alguno, nunca se llenaba.

“¡Santo Dios bendito! – exclamó Su Ilustrísima en persignándose -, que cosa como esta no alcanza la razón”.

E volviéndose entonces mi pequeño a mirarnos, nos dijo:

“¡Así debe ser cierta esa leyenda de San Agustín!”.

En Grazalema e a doce de junio del año de dos mil e siete.

11 junio, 2007

Del alimento para todos

n llegando Su Ilustrísima de la misa e antes del desayuno, acababa yo de asear a los pequeños e vestirlos e bajábamos en risas. Acudió Cayetano a la puerta y entró con doña Pastora.

“¡Mirad, niños, quién os ha comprado hoy los calentitos! – exclamó don Juan -, que de la misa viene por hacerme compaña e no me ha dejado pagar”.

E bajaron e corrieron los niños de gran contento hasta su madre e dióles ésta un trozo a cada uno e ofrecióme uno como le ofreció a Su Ilustrísima.

“Mucho os lo agradezco, doña Pastora – le dije -, que aunque me he tomado mi jugo, el estómago ya me pide alimento. Pasemos al comedor, que creo también ha preparado hoy Ramón uno de sus extraños e deliciosos platos”.

E ya sentados y en desayunando, me decía don Juan que había tenido unas pláticas con el párroco, pues si se iba a dar el pan a los menesterosos, ofrecíase la parroquia a recogerlo e hacer el reparto, pues ¿quién mejor que la parroquia iba a saber las necesidades de cada familia?

“A fe que me siento con culpa de no haber pensado en la parroquia – le dije -, que no quiero nadie quede sin pan en este pueblo. He de decir esto a doña Carmen por darle aviso de lo trazado”.

“A Dios gracias, e a vuesa merced – me dijo doña Pastora -, quedan las piezas que yo había menester para otros. ¡Mirad, padre, mis niños! – dijo luego a Su Ilustrísima - ¿no os parecen más bellos agora que hace poco tiempo?”.

“Si he de deciros verdad – espetó don Juan -, la belleza me parece no se crea, sino se transforma; así como la energía. Antonio e Carlitos son bellos por dentro e por fuera e quizá aún aumente su belleza”.

“A vuesas mercedes debo esto – repitió doña Pastora -, que de no estar presentes en ciertos momentos…”.

“Dejad que Dios ponga su mano – le dije -, que así como vos sois feliz de verlos, somos felices nosotros de su disfrute”.

Y en esto entró Ramón en trayendo una bandeja con tostadas cuadradas e todas untadas con colores distintos e dibujadas por encima:

“¡Oy! – exclamó - ¡Cuánto churro junto e que bien huelen!, que aún liados en ese papel de estraza aparecen más bellos que mis tostadas”.

“Para el servicio vienen también – le dijo doña Pastora -; tomad la mitad dellos e lleváoslos si no queréis comerlos fríos”.

E ya marchando hacia las cocinas iba diciendo: «¡Esta casa es un lujo!”.

En Grazalema e a once de junio del año de dos mil e siete.

10 junio, 2007

De las nueces e otras cosas duras de pelar

abíamos ya terminado el primer plato, cuando nos fue servido un exquisito lomo de ternera e observé que el pequeño Carlitos había dificultad para cortarlo, mas cuando iba yo a decir viniese María o Ramón por serle de ayuda, lo advirtió Su Ilustrísima e le dijo:

“¡Ay, mi pequeño!, que aún estando este lomo blando como el agua, no puede partirlo. Venid aquí conmigo e que vuestro hermano me pase el plato e la plata”.

E bajóse el pequeño de su silla e lo tomó su tío Juan en brazos e lo sentó en su regazo:

“¡Mirad que está blanda esta carne e bien aderezada! – le dijo luego -, mas siendo pequeño no habéis fuerzas ni maña para trocearlo. Dejadme enseñaros”.

E puso los cubiertos con corrección en sus manos e comenzó a hablarle:

“He de suponer que bien conocéis las nueces”.

“Mi padre… - calló el pequeño - …mi madre tiene un nogal en el huerto”.

“Habréis visto pues cómo están cubiertas de espinos, como erizos, porque no se las coman los cerdos, que dellas gustan mucho. E cuando ya maduras caen al suelo, se abren esos erizos y aparecen las nueces. Mas es su cubierta muy dura tal vez por proteger su interior de otros animales; menos del hombre, pequeño, menos del hombre. Hay hombres fuertes e grandes que con una sola mano las parten para comerlas e otros débiles e torpes, como yo mesmo, que necesitamos herramientas para partirlas. Es esta carne más blanda incluso que la nuez, mas son menester herramientas e maña para comerla, que no sería atinado tomarla en una mesa con las manos e partirla a bocados. Siendo como sois aún muy pequeño, aunque tenéis las herramientas os falta la maña. Aprendámosla, que cuando se come en el campo no hace falta”.

“Bien decís que las nueces son duras de pelar, Ilustrísima – le dije en risas -, como algunas personas”.

“E también os diría yo – apostilló -, que a veces es más el ruido que las nueces”.

“E hay quien mueve el árbol – seguí – e quien recoge las nueces”.

“Más vale, pues, maña que fuerza”.

Entonces, una mirada entre Su Ilustrísima e yo, me hizo comprender que todos aquellos refranes podían decirse para referirse a mi problema con Marcos.

Es curioso de ver cómo a veces pueden dos personas entenderse sin hablarse.

En Grazalema e a diez de junio del año de dos mil e siete.

De los razonamientos de Marinín e Su Ilustrísima

cercándose ya la hora del almuerzo, vino a mí Marinín en corriendo e se llevaba las manos a su cuerpo como abrazándose:

“¡Papá! – me dijo -, no me apetece más baño, que noto frío. Mirad como mi piel parece de gallina”.

“Cubríos, pequeño – le dije -, que podríais coger un constipado”.

E lo miró Su Ilustrísima desnudo e volviendo sus ojos al libro, farfulló:

“Si no anduviesen estas criaturas como Dios los trajo al mundo…”.

“¿No me diréis, Ilustrísima – espeté -, que no los trae así, aunque más pequeños, por alguna razón que no alcanzamos? ¡Venid aquí, hijo! – le hice señas abriendo mi toalla -, que he de abrigaros una pieza hasta que entréis en calor e subiréis luego los tres a poneros algo de más abrigo, que no está el día caluroso”.

“Si bien no os conociese, sobrino – dijo en risas don Juan -, en vez de pensar tenéis quinientos años, diría tenéis los cinco mil, que como animales parece enseñáis a vuestros hijos a vivir”.

E volviendo su rostro hacia su tío Juan tapado con mi toalla, rió Marinín y le dijo:

“No creo, tío Juan, que los animales vivan así, que ni han aseo ni normas de respeto a la casa ni piensan algunos que sentar a su hijo encima por darle calor sea cosa de animales”.

“Inteligente respuesta, ángel mío – le dijo éste quitándose las gafas -, que lo que hacéis agora, si se piensa como apropiado, es humano y si se piensa como inapropiado, también es humano, pues «se piensa». Me demostráis así que os gusta estar con vuestro padre por tomar calor e con razón. Pienso a veces que somos algunos hombres los que creamos los pecados en nuestras mentes”.

“Diferente sería, Ilustrísima – le dije -, si hiciésemos esto en lugar público, pues habría muchos que crearían esos pecados de los que habláis en sus mentes. Pensad que con vos me siento siempre aquí e me cubro por respeto, pero ¿qué mal habría si en estando solo no me cubriese? Pienso más bien que haría el tonto estando el día caluroso e cubriéndome”.

Y en suaves temblores, abrazó mi hijo su cuerpo frío al mío e se sintió mejor e dijo:

“Papi, a fe que no es oro todo lo que reluce ni cura todo el que viste de negro”.

E riendo Su Ilustrísima miróme como reprimiéndome e dijo:

“¡Estos niños!”.

De cómo arreglar una infidelidad

omé con los niños un baño e salí a acompañar a Su Ilustrísima a darle buen cumplimiento a un exquisito bocado que nos preparó Ramón e observé su mirada feliz al verlos en las aguas:

“Estos niños – me dijo -, con buenas razones han de sentirse agora felices, e no tristes, por la partida de su tío Marcos; y es esto señal del cariño sin condición que os tienen”.

“Así ha de ser, Ilustrísima – le dije yo -, que siempre Marinín ha gozado de la compañía de Marcos e parece sabe agora muy bien lo sucedido”.

“No sé si así debería ser, sobrino – me dijo -, que me dijisteis que si os pidiese Marcos perdón y se quedase, lo perdonaríais”.

“A fe, que está perdonado, Ilustrísima – bajé mi vista -, aún sabiendo yo que iba antes a preguntar a la guardia dónde estaba Norberto para abandonarnos hoy, mas encontróse con una desagradable sorpresa. Por esto está perdonado mas no olvido lo ocurrido, pues no quiero piense es fácil engañarme, que no me importa me tome por demasiado bueno, mas me molesta me tome por tonto”.

Rió Su Ilustrísima mientras saboreaba los manjares e me dijo:

“No habéis de convencerme, sobrino, que no os veo yo dejándolo abandonado por muy tonto que os tomase”.

E mirando a mis niños gozar de las aguas ajenos a nuestras pláticas dije para mí en voz alta:

“Tonto he de ser, que descubriendo se había ido de nuestro lecho por yacer con Norberto, nada fice; e bien me sé hay gentes que arreglan esto de formas más crueles”.

Y mirándome Su Ilustrísima por encima de las gafas, dijo:

“¿Y en verdad creéis que lo arreglan?”.

09 junio, 2007

De la despedida de un amigo

o todos los días han sido calurosos aquí, sino que a veces refrescan en la primavera y en verano, e comenzó una fuerte tormenta e hizo pasar Su Ilustrísima a los niños a la casa. Viéndose Marcos se mojaba, levantóse y allí entró, mas viéndole luego don Juan subía las escaleras mojado, le espetó:

“¿A do vais Marcos?, que aquí abajo podéis secaros”.

“Subo a nuestro dormitorio, Ilustrísima – contestóle -, pues he de secarme, tomar algunas cosas e salir un momento a hacer una visita”.

“No os entretengáis entonces – le dijo -, que bien sabéis que poco tiempo queda para el almuerzo”.

E subiendo las escaleras, entró en el dormitorio mientras yo salía del bufete e, tras una pieza, bajó cambiado con ropas secas, algo de su equipaje e protegido para la lluvia; mas no esperaba verme allí e quedó suspenso. Abrióle Cayetano la puerta, e le dije:

“Mal momento me parece este para salir de visitas, que deben ser éstas importantes por la hora y bajo la tormenta”.

E no sabiendo qué cosa decir, partió calle arriba e ya sabía yo que iría a la casa cuartel a hacer algunas preguntas, pues volvió cuando fue informado de la muerte de Norberto y no de dónde encontrarle. Ya había yo dado órdenes de servir el almuerzo cuando llamó a la puerta e sus lágrimas me confirmaron sus pensamientos y desde la mesa, sin levantarme, oí sus ruegos:

“Marino, perdonadme, que sé os he hecho mal a todos. No puedo privar a estos niños de mí ni sin ellos sé vivir (ninguno dellos levantóse). Perdonadme e permitidme seguir bajo este techo”.

Y en oyendo esto, antes de que siguiese hablando, le dije:

“Perdonado por ello estáis. No voy a expulsaros de mi casa, mas si partir para Sevilla era vuestro deseo, tampoco os lo voy a impedir”.

E llamando a Cayetano e al servicio les dije:

“Preparad las maletas de don Marcos con rapidez, que si no toma el coche de las dos, habrá de esperar en la plaza hasta las ocho”.

“¡Marino! – clamó Marcos entonces - ¡Me habéis concedido vuestro perdón!”.

“Así es, amigo, que perdonado estáis por lo hecho y perdonado seguís, mas no pedidnos olvidemos el daño que habéis hecho a esta familia. Dadme aviso de dónde he de enviaros el dinero que os adeudo, que en Sevilla no os espera sitio alguno”.

Y encerrado en el bufete, lloré yo más amargamente que él.

En Grazalema e a nueve de junio del año de dos mil e siete.

De cómo supe lo que se pensaba en la casa

alió Su Ilustrísima al jardín e sentóse donde es su costumbre hacerlo esperando el momento para aclarar sus ideas e traerme noticias. Seguí en mi retiro más de una hora e volví a recebir su visita.

“Creo – me dijo al entrar -, sé lo que piensan todos en esta casa sobre Norberto e sobre Marcos. No he sido yo el único, por desgracia, que ha visto cierta complicidad entre ellos. Os manifestaré lo que se me ha dicho”.

Sentámosnos a la mesa e tomé papel e pluma por si había que anotar alguna cosa, mas no fue necesario, pues comenzando Su Ilustrísima a narrar lo oído, comprendí lo que acaescía en la casa.

“He entrado en las cocinas por pedir algo de vino e algún bocado, que no siendo mi costumbre hacerlo, todos sabían iba yo allí por algún otro motivo. Piensan Cayetano e Ramón ha sido una traición usar vuestra mesma casa por Marcos para unirse con complicidad velada ante vuestros ojos con Norberto. Saben éstos, siento decíroslo con tal claridad, que os abandonó Marcos en la noche por yacer con Norberto (¡Dios me perdone por las cosas que digo!). Su apoyo tenéis sin condición. Sentado luego en el jardín, acercáronse los niños a tomar un bocado que les llevó Ramón; poca cosa. Mas le dije a Marinín quería haber con él algunas pláticas, e como bien sabéis que su mente alcanza a donde la nuestra no asoma, sin decir yo palabra, me dijo no quiso primero que tío Norberto volviese a Sevilla, pues seguro estaba de que iba a ser muerto, mas, (¡oh, Dios Santo!) hallólos en su habitación mientras «se ponían entrambos las friegas de vinagre» e deseó se marchase, pues supo os estaban traicionando. Así, le dije quería haber unas palabras con Antonio, mas, sorprendióme que al acercarse el pequeño me dijese que ya os había advertido de «ciertas caricias en los cabellos» que había visto en la excursión a la ermita; no necesité ni quise preguntar nada más, que viendo a los pequeños felices, pensé sentían se había resuelto para ellos tal entuerto. Pero seguía sentado Marcos aparte, tras el temazcal, como oculto, e a él acerquéme por hacerle alguna pregunta e ver sus ánimos, mas al acercarme, lo encontré muy triste”.

“¡Santo Dios! – exclamé - ¿Qué cosa le ha hecho este Norberto a Marcos?”.

“Preguntéle el motivo de sus cuitas - continuó – e le dije si podía ayudarlo. Piensa Marcos que Norberto no volverá de momento, aunque creo que también piensa que sois vos el que lo habéis despedido para que no vuelva. Cree le habéis condenado a no volver por quitarlo de su lado”.

“¡Yerra este hombre! – grité - ¿Cómo puede pensar tal cosa?”.

“Así no se lo he dicho, sobrino – aclaróme -, sino que en viéndoos rechazado por él, le dije tal vez le propondríais sin ira marchase con Norberto al sitio que deseasen sacrificando vuestra vida e perdiéndolo vos para siempre”.

“¿E qué os dijo – preguntéle con intriga – al oír esas vuestras palabras?”.

“Dijo – continuó -, y esto ya lo esperaba yo, que necesitaba aclarar sus razones, pues seguía yo pensando que si no volviere Norberto, se iría con él a Sevilla perdiéndonos a todos o se quedaría aquí perdiendo a Norberto. Necesita pues pensarlo, mas no sabe Norberto ha muerto a manos desos traidores suyos e nuestros. Agora, si le decimos Norberto ha muerto se quedará, mas, ¿no os parece un tanto egoísta?”.

“Así me lo parece, Ilustrísima – le dije -, mas también sería egoísmo por mi parte el querer que se quede. No ha de decírsele nada de la muerte deste su nuevo amigo, sino que debe él mesmo decidir lo que hace. Si decide irse, será para siempre; si decide quedarse, tendrá mi perdón”.

“Hijo – me tomó las manos -, un juicio salomónico hacéis, mas un juicio justo, pues creyendo él tiene las dos opciones, debe ser él el que decida”.

“Y así será, Ilustrísima – concluí -, que no he de salir deste bufete hasta que no entre a pedirme excusas por su error o salga con su equipaje por la casapuerta hacia Sevilla creyendo va a encontrarse con su nuevo amigo. Ordenad agora no se me moleste para cosa baladí. Cuidad en tanto de mis hijos e insinuad Norberto sigue vivo”.

De cómo sólo hube pláticas con Su Ilustrísima

asé la mañana casi en ayuno y en oraciones queriendo estar en solitario hasta que llamaron a la puerta e no di respuesta. Unos golpes más fuertes insistieron en la llamada e con voz grave e potente, contesté:

“¿Quién va? ¡Órdenes he dado de no ser molestado!”.

“Perdonad, excelencia – oí la voz de Cayetano -, no quería seros de estorbo”.

E levantándome a priesa, abrí la puerta e vi cómo se retiraba hacia el comedor e nadie más había en el salón, pues estaban ya todos en el jardín.

“Pasad, Cayetano – le dije -, que molestia no sois pues en vos tengo confiada mi casa”.

E dudando una pieza e mirándome un tanto asustado, se entró en el bufete e cerré la puerta sin decir otra cosa.

“Excelencia – me dijo -, si es vuestro deseo estar a solas, no he de ser yo quien lo incumpla, que lo que quería manifestaros puede esperar”.

“Decid lo que sea menester – le dije – si es cosa de importancia. El resto, lo dejo en vuestras manos, pues nunca he habido de desconfiar de vos”.

“No tomad a mal mis palabras, señor – me dijo cabizbajo -, que a fe, no quiero cambiar cosa alguna desta su casa. No es mi visita sino por aprovechar nadie me ve e manifestaros lo que yo veo”.

“Paréceme – contestéle ya sentado -, no es baladí lo que queréis decirme. Hablad pues”.

“Mirad, excelencia – espetó -, que nunca entro en asuntos desta casa si no es por órdenes vuestras o por creer puedo solucionar algún entuerto. Si bien es verdad que todos están en el jardín, Su Ilustrísima se sienta en su lugar y en sus lecturas e los niños nadan, Marcos está sentado en la hierba a solas tras el temazcal. Algo me parece ha cambiado e os hace aislaros; si pudiera seros de ayuda…”.

“Una sola cosa os pediría, fiel amigo – le dije -; decid a Su Ilustrísima he de hablar con él, mas no dejéis nadie más entre en la casa hasta que yo mesmo os lo ordene”.

“Así lo decís – concluyó -, así he de hacerlo”.

E no pasó mucho cuando oí unos golpes a la puerta que pareciéronme los de Su Ilustrísima.

“Venite”.

E abriéndose la puerta de espacio, entró don Juan e la cerró tras de sí sin decir cosa alguna.

“No sé si sabréis por qué cosa os he mandado a llamar, Ilustrísima – dije con respeto -, mas, aunque necesito agora estar a solas, nada puedo ocultaros de lo ocurrido para hacer que me encierre aquí.

“Hablad, sobrino – me dijo -, si es lo que necesitáis. Si necesitáis ser oído, yo os oiré; si necesitáis consejo, yo he de dároslo”.

“Pidióme un hombre desconocido le librase de sus malas compañías e así lo hice, aún arriesgando mi vida, al poder ser traicionado por éste. No vino aquél a traicionarme, sino a pedir sinceramente le ayudase. Tal cosa quise hacer, mas, quiso Dios que los comportamientos desta casa cambiasen. A nadie culpo de lo ocurrido, que estas cosas ocurren e no puede uno poner remedio alguno. Siento agora mucha tristeza como debe sentirla Marcos por no ver que vuelve Norberto, mas he de deciros que éste ya nunca ha de volver”.

“¿Qué decís? – exclamó - ¿Acaso el sargento os ha traído noticias?”.

“Esas noticias, Ilustrísima – le manifesté -, bien creo podéis imaginar, pues aquél hombre ya es muerto en Sevilla”.

“¡Dios nos ayude a todos! Rogaré por el alma dese buen hombre – miró al techo cerrando los ojos -, pero nuestra vida debe seguir. No debéis descuidar a vuestros hijos e a mí me habréis siempre a vuestro lado, que sé muy bien procuráis siempre lo mejor para todos. Dificultoso veo, sin embargo, remediar los sentimientos de Marcos; puede ser que hayan cambiado sin ser esta su voluntad. Agora, antes que otra cosa, debo saber cómo se siente. Dejadme os ayude, mas decidme si os sentís traicionado por Marcos, pues en aqueste caso, aunque sin rencor alguno en vuestro corazón, le pediría abandonase esta casa, si sus deseos no han cambiado y es esta su decisión”.

“Mirad lo que os digo, Ilustrísima – concluí -, que la experiencia de la vida nos enseña e nos dice lo venidero casi con toda certeza, pues aunque me haya traicionado Marcos, ni voy a albergar rencor en mi corazón ni he dejado de amarle como mi compañero, mas viéndose él agora solo, luchará por volver a dejar las cosas como estaban o se verá obligado a tomar una decisión. Puede llamarse a su vuelta egoísmo, mas también puede ser un acto de contrición con propósito de enmienda”.

“Hablaré con todos ellos – me dijo – aunque deseéis seguir vuestro retiro”.

Del presagio de las intenciones de los traidores (2/2)

o comulgué en aquella misa, pues pensando en dar muerte a todos esos indeseables de una sola vez, en pecado mortal me sentía. Mas oré con toda mi fe: «¡Oh, Dios; si tan bueno eres, sé por una vez malo e quítale a estos locos el poder de matar que le habéis dado! Si yo he de ser el pecador que libre a España de su cizaña e su muerte, condenadme a mí, mas perdonad a todos los que se arrepientan».

“Dejemos a un lado esas «miradas» cómplices que habéis visto entre Norberto e Marcos – le dije a Su Ilustrísima en subiendo hacia la casa -, que cuando el amor se acaba entre dos personas, no se les debe obligar a seguir conviviendo juntos, os guste o no. En mis manos estaba la clave de sacarle dese grupo de indeseables (que él nunca me lo pareció), mas os pido razonéis qué provecho tiene salvar mi vida, si alguien me la va a arrebatar luego para siempre”.

E no hubo tampoco respuesta a mis razones, mas en llegando a la casa, fuimos recebidos con gran júbilo de los niños e cierta frialdad de Marcos (que quizá pesaba ya en la vuelta de Norberto). E antes de desayunarnos, hice pasar a Su Ilustrísima al bufete, saqué la misiva, rompí el lacre e se la di a leer.

Su rostro fue cambiando de tal forma que hubo de bajarlo e, antes de acabar la lectura, me entregó el documento.

“Vuestra humildad os honra, sobrino – me dijo -, aunque al no entregar este mensaje apartáis a Norberto desta familia. Si esta guardia a las órdenes del Maligno hubiese leído estas letras, hoy mesmo tendríamos a Norberto con nosotros, pero no para siempre; lo sé como vos lo sabéis, que de la mesma forma lo he razonado, pues en llegando aquí, perderíamos a Marcos e, perdiendo a éste, ¿quién sabe todo lo que se pedería? Sólo me cabe agora la duda de que puedan hacerle daño”.

“¿Daño decís? – exclamé - ¿Por qué iban a hacerle daño?”.

“Se os olvida, sobrino – me dijo grave -, que será tomado como traidor si no sabe manifestar lo que han oído esos por el «botón» e por qué dejaron de oír vuestras conversaciones. E si no les convence de alguna forma, su vida peligra”.

E tomando el mensaje recibido de Norberto, le dije lo leyese e lo hizo en voz alta:

«Nada comentéis de lo que estáis leyendo. No son estas letras sino para deciros que el día seis deste mes de junio he de haber unas pláticas con vos a solas. Condición es sólo haya palabras e no armas. Desarmado iré a encontraros a las diez de la mañana en la terraza del Tajo e desarmado os espero por asunto de gran importancia».

“¡Santo Dios! – exclamó Su Ilustrísima e temblaban sus manos -, que este mesmo mensaje suyo ya lo hace traidor dellos e cómplice vuestro. Entiendo agora por qué Marinín no quería que volviese a Sevilla”.

“Me pedía, Ilustrísima – le dije –, salvar su vida; mas esto significó luego hundir la mía por esas «miradas» de las que habláis. Sólo tendría que haberle atado e prohibido volver a Sevilla a dar las nuevas que le pedían”.

Desayunábamos cuando vino el sargento e pidióme hablásemos a solas. Entrados en el bufete e con gesto muy grave, dióme el saludo de reglamento e comunicóme que, en sabiendo la guardia todo lo que hacía la otra guardia, se había recebido aviso de la muerte «en accidente» de don Norberto Vidal. Le pedí saliese al comedor e me excusase por no asistir a la mesa.

Del presagio de las intenciones de los traidores (1/2)

evantado desde muy temprano, tomé el jugo de naranja sin hacer ruido alguno, vestí mi uniforme e bajé al salón. No había duda de que Su Ilustrísima, al verme a aquellas horas levantado e solo, ya sabía alguna cosa había cambiado.

“Con vuesa merced quiero asistir a la misa matutina, Ilustrísima – le dije quedo -, que en no pudiendo dormir, bien me parece debo aprovechar este tiempo para dar gracias a Dios Nuestro Señor”.

“Ya ayer, sobrino – me dijo -, a la hora del almuerzo, sabía yo lo que ocurría en esta casa. Mejor es prescindir de alguien que sin duda podría ser un buen amigo para nosotros, que andar luego teniendo que resolver entuertos. ¿Acaso pensáis que por ser sacerdote e no comulgar con vuestras ideas no sé el significado de muchas miradas?”.

Al punto, me hizo señas de salir en paseos hacia la iglesia por hablar desto sin miedo a ser oídos e, avisando a Cayetano antes, salimos de la casa. Bajábamos por nuestra calle muy de espacio e no sabía yo cómo manifestar a Su Ilustrísima cuáles habían sido mis planes, cuáles eran e cuáles serían, cuando empezó él mesmo a darme razones:

“Si preferís decirme lo que pensáis en confesión – me dijo -, así ha de hacerse, mas ya sabéis que mi boca no se abrirá para narrar cosa alguna que me digáis, que aunque todos sois iguales para mí, debo confesaros que los demás han venido por haberlos traído vos mesmo. Así, observé que esa nueva cita con Norberto había algo extraño, pero más extraño parecióme verle en casa como si le conocierais de siempre. Debo también confesaros que me pareció hombre con pudor, religioso, respetable y de los que respetan a los que le rodean, mas también apercibí ciertas miradas que me hacían sospechar o dél o de Marcos”.

“Lejos llegan vuestras miradas – le dije asombrado -, más lejos que las dellos”.

“Dejad agora las cosas como están, sobrino – continuó -, que más nos vale esto malo conocido que lo bueno que haya de venir. En vuestras manos dejo la decisión de decirme lo que os dijo aquel hombre – espetó -, que bien sé que no vino a tomar un baño ni a pasar un día. A pasar una noche, quizá; o sabiendo aquí estaría a salvo de sus parciales, a quedarse”.

“A fe, Ilustrísima – le dije – que llegáis adonde no parece de razón. Recibí carta de citación deste hombre, cosa poco común hoy ya en este mundo, mas habiendo ocurrido las muertes del día anterior, le hicieron cambiar su empresa. Agora, piensan estos indeseables que debo restar en Grazalema sin salir della. Es cosa esta de cobardes, pues así nos sentiremos seguros de que no vienen a por mí (e por ende a por todos nosotros), mas se aseguran de que no acercándose al pueblo no serán encontrados y no podré darles muerte. Lo que no sabía Norberto es que descubrí que tienen todos juntos reunión los viernes para darse a conocer las novedades habidas; y este día de la semana he de aprovechar siempre desde agora hasta descubrir dónde se reúnen todos, pues estando todos juntos, no habré de ir dándoles muerte de uno en uno”.

“¡Capitán! – exclamó Su Ilustrísima en voz alta - ¡A misa vamos e vais pensando en dar muerte, aunque ésta se la merezcan esos traidores!, que Jesús nos invitó incluso a amar a quienes nos odian”.

“Quizá pudiera amar (cosa que dudo) a los que me odian, mas jamás podría amar a los que odian a media España y han dado muerte ya a muchos de mis seres queridos. ¿Preferís llamarle a esto venganza? Erráis, Ilustrísima, que por no ser muerto ni matar he aceptado no salir deste pueblo, pero bien sé que no vendrán a buscarme, pues no son sino cobardes; han de esperar a que yo salga de aquí para seguir su trazado”.

E no hubo respuesta, sino que seguimos andando hasta la iglesia, mas, antes de entrar, tomé su cruz en mis manos e le dije:

“Recordadme, Ilustrísima, os muestre la misiva lacrada que pensaba entregar a Norberto porque le fuese permitido aislarse en Grazalema con nosotros por salvarle la vida. No se la he entregado al cabo, e no he hecho esto por poner su vida en riesgo, sino por salvar la de mi compañero Marcos, la de mis hijos e la vuestra propia”.

08 junio, 2007

Del cambio de los trazados y la entrega de mi documento

esperté a media noche e, volviéndome hacia Marcos, parecióme no verlo en la obscuridad. Puse mi mano sobre su lado de la cama e descubrí no estaba. Quise de primero ir a buscarlo por saber si algo le ocurría e comprendí al punto lo que debería ocurrirle. Me volví con tristeza hacia el lado contrario e medité si sería conveniente entregar el documento que había preparado.

En el documento escrito, había yo aceptado no salir del pueblo e los en derredores a cambio se dejase Norberto quedárase en mi casa, que muy bien observé era religioso, de cultura e sabía cómo jugar con los niños e tratar al servicio e respetar a Su Ilustrísima.

Encendí la lamparilla de la mesita e salí al pasillo para bajar al bufete. Por debajo de la puerta de la habitación de Norberto veíase salir luz. Bajé con sigilo las escaleras para ir al bufete e tomé el documento escrito e lo puse a buen recaudo.

Volví a la cama e hube dificultad para dormir, mas al empezar el sol a entrar por la ventana, desperté e volví a encontrar a Marcos a mi lado.

Tras el aseo (donde hube pocas palabras), bajamos a desayunarnos, que ya estaba allí Su Ilustrísima con una buena ración de calentitos. E hubo algunas pláticas, mas vi en la mirada de Su Ilustrísima algún gesto extraño.

Hubo luego gran despedida e todos salimos a la calle para ver cómo Norberto bajaba lentamente hacia la plaza para tomar su coche e volver, para siempre, según pensé, a su vida junto a los traidores, en Sevilla.

En Grazalema e a ocho de junio del año de dos mil e siete.

07 junio, 2007

De los cabellos de Marcos

ino a mí por la tarde Antonio con misterio e me dijo si sería posible haber unas pláticas conmigo, así, nos entramos en el bufete, me senté a la mesa y sentóse él en mi regazo abrazándose a mi cuello.

“Decidme, hijo – vi que callaba -, ¿de qué cosa queréis hablar?”.

“Cuando os gusta alguien e lo deseáis – dijo - ¿le mesáis los cabellos estando a solas?”.

“¡Claro, pequeño! – contestéle -, son gestos que deben hacerse en la intimidad, pero es normal queráis acariciar los cabellos de quien queréis”.

“¿E no se acarician por otra cosa? – preguntó con extraño -; tal vez por quitar el sudor?”.

“También se mesan por quitar el sudor – le dije -, mas no es eso lo que estáis preguntando, según entiendo”.

“¿Mesáis vos los cabellos de tío Marcos cuando estáis a solas – volvió a preguntar – o sólo lo hacéis por quitarle el sudor”.

“No sé qué cosa queréis saber, Antonio – adevertíle -, mas he de seros sincero, pues se pasa la mano por el cabello de alguien, como vos, por quitaros el sudor, mas se mesan e se acarician por haber algunos sentimientos que os lo piden. E sigo sin entender por qué preguntáis esto”.

“Cuando bajábamos de la ermita – me dijo -, paramos a la sombra de los pinos por descansar e vi a Norberto yacer sobre Marcos en la hierba y le mesaba los cabellos. ¿Es esto que Norberto ha sentimientos por tío Marcos?”.

No supe que contestar e, por no dejar aquella pregunta de mi niño sin respuesta, le dije:

“A veces, se hace esto como signo de amistad. No dadle importancia”.

“¿Tampoco cuando se hace esto a escondidas e se besan?”.

En Grazalema e a siete de junio del año de dos mil e siete.

De la vuelta picante de la excursión

ucho hubimos de esperar para el almuerzo, que hasta Cayetano ofrecióse por ir a buscar a los exploradores grandes e pequeños, mas aparecieron al fin e les dije habían de subir al cuarto del baño e quitarse el sudor e la tierra que traían.

Aseados en poco tiempo, bajaron preparados para el almuerzo quejándose de los picores de los coquitos.

“Siento deciros – manifesté -, que la hora del almuerzo hemos retrasado e habréis de esperar un poco para poner remedio”.

“¿Los coquitos? – preguntó Norberto -, quisiera yo saber qué cosa es esa e por qué siento picores en muchas partes del cuerpo”.

“Pequeños insectos son – le dijo Su Ilustrísima – que en los lugares más plegados del cuerpo se colocan e producen picor, mas son tan pequeños, que hay que aplicar remedio para eliminarlos”.

“E ¿qué remedio ese – preguntó – si nos hemos aseado?”.

“No creo que el agua y el jabón os los quiten, amigo – le dije -, sino que habrá de untar vuestro cuerpo con algo de vinagre que, siendo muy fuerte, con agua se rebaja”.

“Tal vez – insistió el invitado -, tomando luego un baño en la piscina…”.

“Se hará primero la digestión – espetó Su Ilustrísima -, se pondrá luego el remedio y se esperará un tiempo antes del baño. Hemos de mantener esas aguas límpidas”.

E sirviéronse los majares, fueron bendecidos e más que persignaciones, veíase a los comensales arrascar sus espaldas.

“Preparad una buena mezcla de vinagre para los coquitos – dije a Cayetano -, que en terminando el almuerzo yo mesmo la aplicaré en los lugares más habituales”.

¿E hay alguno desos «lugares habituales» para los coquitos - preguntó Norberto azorado – que no sea tan… habitual?”.

“Si no deseáis nadie os unte en ciertos lugares – le dije -, yo mesmo os diré cuáles son e vos mesmo ponéis allí el vinagre con un algodón”.

E mirando a Marcos con disimulo, dijo sin levantar la vista:

“Supongo dejaré alguien me lo unte”.

De un trazado que hice el día del Corpus Christi

elebramos la Gran Fiesta con nuestro amigo Norberto, que por razones de su no muy deseado trabajo, no solía asistir a los actos. Vimos todos con asombro cómo arrodillóse al paso del Santísimo (cosa que ya pocos hacen). Quizá, en su interior, tenía el deseo de cambiar su vida, mas, según me manifestó más tarde, abandonar aquel cuerpo de asesinos e traidores podría costarle la vida. Nuestro consejo fue siempre no volviese a Sevilla e avisase, de alguna forma e como si estuviese en otro lugar lejano de España, que habíame dado el aviso de no salir de Grazalema. Desta forma, podría vivir en paz con nosotros en sabiendo los traidores no volverían a acercarse al pueblo. Seguía dudando de lo que hacer e, porque olvidase la duda que tenía, dimos un paseo por el pueblo, desde la plaza hasta la parte más alta, que es llamada El Calerín (por haber allí en tiempos una pequeña fábrica de cal).

Subimos por La Calle de las Piedras, desde donde se tiene una bella vista del pueblo e preguntó Norberto qué era aquel monumento que veíase sobre un cerro cercano.

“Es aquí llamado «el santo» - le dijo Su Ilustrísima -, mas es monumento de los años setenta coronado por un Corazón de Jesús que mira al pueblo”.

“Tío Norberto – le dijo Antonio -, bien conoscemos nosotros el camino para subir e, cerca de allí, podremos subir también a la ermita de El Calvario. En día claro como hoy, podréis ver los grandes picos de Sierra Nevada. Cambiémosnos las ropas por las de campo e subiremos allí”.

“Buena idea me parece esa, hijo – espetó Su Ilustrísima -, aunque preferiría yo no cabrear mucho por esas trochas empinadas. Si os da vuestro padre licencia para subir, restaré yo en casa esperando e, cuando volváis, tomaremos todos juntos un refrescante baño”.

“Mi licencia tienen – le dije -, que no es de razón que estando el día tan claro e soleado, no suban nuestros amigos a ver tal maravilla”.

E hubo gran contento e fiesta entre los niños. Así, cruzando por algunas calles, llegamos a la casa, mudáronse de ropas e fuéronse con Marcos e Norberto al mencionado paseo. Preferí yo también restar en casa con Su Ilustrísima, que algunos documentos quería preparar e me pareció más adecuado no estuviesen allí los pequeños.

“Papá – me dijo Carlitos -, vos no estáis tan cansado con las dolamas como tío Juan ¿verdad?”.

E tomándole en brazos e secándole el sudor, le dije:

“No hijo, que papá nunca se cansa, sino que esa vista ha observado ya muchas veces e prefiere quedarse en casa por haber otros asuntos”.

“¡Lo sabía! – respondió contrariado -, siempre habéis trabajo; mas es hoy día de fiesta”.

“Subid vosotros, mi niño – le dije -, que aunque también habéis visto aquellos paisajes muchas veces, sabréis mejor que yo los caminos e cómo mostrarle a vuestros tíos aquellos parajes”.

E no tenía yo en mente sino preparar un escrito que, si volvía Norberto a Sevilla, pensaba yo debería él entregar a los traidores.

06 junio, 2007

Del día del Santo Norberto – Parte 5

n llegando la hora del almuerzo, nos acercamos a la mesa e noté cómo Norberto quedábase rezagado:

“¡Vamos, amigo! – le dije -, que quiero os sintáis como en vuestra casa”.

“Mucho me temo, capitán – respondióme -, que no va a ser aqueso cosa fácil, que nunca me he sentado a mesa de marqués e soy rudo”.

“Yo os mostraré cómo debéis comer en esta mesa – ofrecióse Antonio -, que tan sólo hace meses no sabía ni asir la cuchara de palo. No es dificultoso. Dejadme rompa el protocolo e me siente a vuestro lado. Os seré de ayuda”.

“Licencia tenéis para hacer eso – le dijo Su Ilustrísima -, mas no hagáis piense vuestro nuevo amigo e tío el protocolo es aquí tan rígido. Dejadlo se sienta e se siente como en su casa”.

E asistió con devoción a la bendición de los alimentos e fue el primero servido e hasta una pequeña e curiosa tarta preparó Ramón para él. E hubo gran gusto en yantar con nosotros e probar las viandas de la tierra.

Nos sentamos luego en el salón fresco a tomar café e hubo muchas pláticas con Su Ilustrísima e propuse dar un paseo al caer la tarde, que muchas e muy bellas cosas hay que ver en este pueblo, mas quiso aclarar debería volver a Sevilla por si era vigilado e neguéme a tal:

“Siendo mañana día grande – le dije – e siendo festivo aquí e allí, se os preparará una habitación e partiréis para Sevilla el viernes de mañana”.

“¡Capitán, os lo ruego! – exclamó -, no convencedme de tales cosas, que plácenme, os lo aseguro, mas temo a estos guardias de forma tal que no podéis imaginar”.

“Se os ha dicho – espetó Marcos -, no volváis a Sevilla. Daría yo el aviso de haber estado aquí usando el teléfono”.

“No conocéis a éstos. Con gusto abandonaría aquella vida e me quedaría con esta, mas siéndoos útil en alguna forma”.

E tras una pieza de silencio, le oímos decir:

“Vayamos paso a paso. Acepto quedarme hasta el viernes, que disfrutar destos niños e de vuesas mercedes es cosa a la que no puedo negarme. Haremos algún trazado para el resto”.

E hubo gran contento entre todos e pidió don Juan unos amarguillos de almendra de la tierra para que nuestro amigo tomase la nuestra como su casa.

En Grazalema e a seis de junio del año de dos mil e siete.