12 mayo, 2007

PRÓLOGO

(Escrito por Marcos de Ruiz e Pareja, con licencia)

sí como todo el nacer ya sabe va al morir, pensaba yo a veces no me aprovechaba seguir en viviendo sin haber la compañía de Marino, mas sintiendo que había también otras personas que necesitaban de mi humilde ayuda, quería quitar de mi cabeza mis deseos de fenescer e pensar más en esta familia.

Necesitaba Marinín a su padre a su lado porque le diese su cariño e su ayuda para crecer e hacerse hombre e habíame rogado no me separase dél; así mesmo lo necesitaban Antonio e incluso el pequeño Carlitos; Su Ilustrísima había perdido al sobrino que, por esa extraña voluntad de Dios, le había visto nacer, le dio educación y pensaba algún día moriría en sus brazos.

Pero algo había yo en la cabeza revoloteando como una nube de abejas, pues al aparecer el sello de oro que pensábamos en la tumba del Capitán y en diciendo Marinín su propio padre se lo había entregado, comencé a creer que alguna verdad debía haber en todo ello. Sin duda alguna, los cadáveres que aparecieron en el callejón habían muerto con una de las artes del Capitán, pues ya le había visto yo dar muerte a otros hombres hiriéndolos mortalmente en el corazón y vientre e dejando luego su marca precisa e inimitable, cual rúbrica, en su entrecejo. Yo mesmo, al creer por un instante había sido él, lo vi salir de su escondite e desaparecer tras la esquina; así como Marinín insistía en que quien le creyese vivo lo vería.

Tenía pues delante asuntos que aclarar con meridiana luz de día, mas no sabía cómo hacerlo hasta que pensé que aceptando Marinín sin miedo la presencia de su padre, podría él mesmo decirme cómo hacer tal cosa. Lo llamé a mi estancia e le pedí se sentase, mas insistía en ponerse a mi lado, inclinar su cabeza sobre mi hombro e hablar en pie.

“Hablad en pie si es vuestro deseo – le dije – e, si os fatigáis, sentaos, pues lo que quiero hablar con vos puede ser luengo o aburrido”.

“Teméis no llegar nunca a creer que papá está aquí – me dijo adelantándose a mis pensamientos -, pero no será empresa dificultosa el creerlo, pues yo mesmo he de ayudaros. Pensad de primero que no aparece como fantasma ni como resucitado, que sólo Jesucristo Nuestro Señor resucitó. Pensad que siempre hay motivos que desconocéis e que os parecen obra de la magia o milagros e no son sino partes de la vida que vuestra mente no alcanza. ¿Acaso no habéis visto cómo es posible quitar un mal con ciertos remedios muy sencillos e salvar vidas que ya se daban por perdidas? ¿No recordáis acaso que siempre ha dejado papá muy claro que sus heridas sanan en muy poco tiempo e que su encarnadura es tal que no le quedan cicatrices? Vos habéis estado con él; conocéis bien su cuerpo y todos lo hemos visto desnudo en baños en la piscina. Tras quinientos años de vida ¿es posible no haber cicatriz alguna? Olvidaos de los milagros e los sueños e los fantasmas. Su encarnadura lo ha mantenido vivo. Está vivo. Sigue vivo. Así se lo dijo un día al Emperador don Carlos V e así mesmo os lo ha dicho él e así mesmo os lo aseguro yo agora”.

Y en pocas palabras, me había dado todas las razones que yo necesitaba para creerle. Él mesmo, el pequeño Marinín, fue salvo de una muerte segura gracias a uno de los remedios del Capitán. Así fue también lo sucedido con la vida de Fran e de otros. La espalda de Antonio, señalada de por vida por los azotes de su difunto padre, estaba agora suave e sin señal que pudiera verse. No eran milagros, sino razones que yo no alcanzaba. Tratábase entonces de creer sin ver para poder ver.

Tomé al pequeño en mis brazos e acaricié sus cabellos:

“En pocas palabras, hijo – le dije -, me habéis dado razones suficientes para creer vuestro padre está vivo. Sólo la curiosidad me hacía dudar, porque no sé cómo puede estarlo después de haber sido atravesado su pecho hasta por siete balas. Dadme licencia para encontrar respuesta a lo acaescido, que ya no dudo está vivo, sino que no sé por qué lo está”.

“Mi licencia tenéis, tío Marcos – me dijo en besándome -, pero tanto derecho tenéis vos a aclarar vuestras dudas como yo lo tengo. Esperad la señal. Esperad su visita e, según os diga, tendréis las claves para saber lo acontecido. Yo no necesito saber por qué no ha muerto; necesito tenerlo vivo a mi lado sean cualesquiera los motivos que nos han hecho creerle muerto. Buscad y encontraréis”.

1 comentario: