ubimos un corto camino pedregoso e despertaron los niños. Al llegar a la casa, entramos por una vereda que a su diestra quedaba e paró Marcos el coche tras ella e bajamos del coche a priesa y en la casa entramos, pues la puerta no estaba atrancada.Puse a los niños en un rincón seguro e advertíles nada iba a suceder aunque oyesen ruidos como ventosidades, pero más fuertes. Y en las dos pequeñas ventanas de la casa que daban a la parte del camino, nos apostamos Marcos e yo e sacó el fusil de don Eduardo e lo armó. Los niños nos miraban en silencio.
Paró el coche que subía a la entrada del camino e preguntó un hombre desde dentro a «el chusco» si sabía de pasar un coche blanco e grande. E metiendo la mano en su zurrón, le dijo:
“¡Buenos día señore! A cuidá mis cabra me dedico e puedo jurar y juro que por «asquí» (movió el zurrón) no ha pasao coche arguno”.
Bajó con enfado uno dellos e acercóse a él en diciendo:
“¡El capitán! ¿No conocéis al capitán? ¡Decidme si ha pasado ha poco por aquí!”.
“Perdoná, señó – les dijo con paciencia -, pero en siendo der campo a la gente der campo sólo conozco. Tar vé en el cuarté…”.
“¡Dejaos de rodeos, paleto! – le insultó el guardia -; bien sabéis quién es el capitán”.
E volviéndose por el camino a paso lento les seguía diciendo que sus cabras le esperaban mas, al separarse dél unos cuantos metros, saltó dentro del follaje, oyóse el estruendoso disparo de Marcos (que apuntó bien el «lastre» que dicen tiene) e saltó el coche en los aires volviendo al suelo en llamas. El hombre que había bajado ardía como tea e gritaba, y en poco, al suelo cayó muerto.
Comenzó a llorar Carlitos e acerquéme por consolarlo aunque su hermano ya lo hacía. Al poco, oí hablar a Marcos con «el chusco», que le decía:
“Tomá er camino que sigue p’arriba e os llevará a la carretera allá alantota”.
“¿Y el coche e los cuerpos? – preguntaba Marcos - ¿Qué haréis con ellos?”.
“No gustan los buitres sino de la carne putrefacta, e no asada. En breve llegará er coche de la basura a retirarlo to. ¡No perdé er tiempo!”.
Así, tomé en mis brazos al pequeño Carlos e volvimos al coche en la parte trasera de la casa. Allí estaba aquel buen hombre que nos hacía un gesto de despedida largo con su mano: «¡Buen viaje tengan vuesas mercede!».
E partíamos de allí cuando me pareció oírle decir:
“Pa mí que ya empiezo a oí er canto de las sirena”.
E tal cosa no entendí, pues ese canto, según dicen, sólo se oye en el mar.
En Grazalema, el Viernes Santo día seis de abril del año de dos mil e siete.


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