ornada gloriosa fue la del Jueves Santo colmada por la estación de penitencia que hicimos con Nuestro Señor de la Veracruz, que es aquí llamado Nuestro Señor del Perdón, por las calles rondeñas.En diversos lugares encontramos a Su Ilustrísima con los niños e ninguno dellos dio señas de conocernos. Llegados a la Iglesia de Santa María la Mayor, confesóme Marcos haber las piernas con temblores e, terminados todos los ritos, partimos por el corto paseo que nos llevaba a la casa. Allí nos esperaba atento Servando e nos dejó paso franco sin decir palabra alguna, mas, entrando en la casa, cayó Marcos al suelo desvanecido. Ayudóme Servando a llevarlo al salón, junto a la chimenea, e allí le despojamos de su túnica, le arropamos e trujo Cristina una taza de caldo bien caliente. Distrajo mientras tanto don Juan a los pequeños, pero al volver en sí, confesóme mi compañero haber visto a los cuatro hombres que nos acechaban; e yo, que también les había adivinado buscándonos entre las gentes, no le hice comentario.
“Calmaos, amigo Marcos – le dije -, que más que una penitencia paréceme habéis hecho dos. Olvidad eso que decís haber visto, pues nadie ha seguido nuestros pasos”.
“Os puedo asegurar – respondió al punto – que los he visto muy bien con estos mis ojos e que no pueden esconder sus intenciones. Deseando estaba de entrar en el templo e con temblores he venido hasta la casa”.
E cuando le tomé la mano por darle consuelo e que olvidase lo ocurrido, oímos todos un fuerte golpe en la casapuerta por donde entramos; la que da al Callejón de los Tramposos cerca de la iglesia. Corrimos Servando e yo a ver lo ocurrido e le hice señas a don Juan de restar en la casa con los niños. Al abrir con sigilo la puerta, encontramos una botella rota en el suelo e nos llegó un fuerte olor a un líquido combustible.
“Es un «cóctel molotov» - dijo al punto Servando -; el olor es de un combustible fuerte… mas no entiendo por qué no ha hecho explosión”.
“¿Es muy fuerte este explosivo? – preguntéle con curiosidad - ¿Qué daños hubiese causado?”.
“¿Quien lo sabe, señor? – respondió con misterio -, mas lo que no entiendo es no esté todo en llamas!”.
“¡Santo Dios! – exclamé -, tal vez Marcos no yerra al haber ciertos pensamientos”.
Con esto, cerró Servando la puerta con todos los seguros e volvimos a la casa.
“Nada ha pasado; a Dios Gracias nada ha pasado”.
“Os lo dije, Marino – díjome incorporándose -; los he visto tras nosotros”.
“Descansemos agora – intenté sosegarle – e partiremos muy temprano. No quiero se haga daño a nadie en esta casa e debemos dejar a estos niños con su madre. No estáis agora como para llevar las riendas del coche pues sería peor que mantenernos en esta pequeña fortaleza. Descansemos”.


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