22 abril, 2007

Del sueño de la partida

ube por la noche un mal sueño, pues la duda que en mi cabeza anidaba no dejaba de atormentarme.

Vi cómo nos acercábamos como menesterosos en la noche, entremezclados con la niebla, a un puerto de mar que había gran hedor a pescado. Subimos unas tablas para el embarque e oí los crujidos de la madera de la nave e los ruidos de las aguas e podía ver cómo oscilaba el car hasta dos metros. Al subir a bordo, encontramos en la cubierta al capitán dándonos la bienvenida, mas no había otra tripulación. E aún no entramos en los camarotes, cuando comenzaron a soltar amarras e todo se balanceaba e partía la nave.

Desperté angustiado e, sin saber la hora, di aviso al teléfono de Su Ilustrísima; eran las tres de la madrugada.

“Sobrino – me dijo -, os aseguro me habéis asustado, que en los sueños me hallaba. Decidme, por algo llamáis; decidme”.

“Por algo llamo, Ilustrísima – le dije -, e no sabiendo la hora, pues pocos días nos quedan para la partida e acabo de tener un mal sueño”.

“¿Cuándo partís? – preguntó -; he de suponer que aún faltan días”.

“Hasta tres, Ilustrísima – exclamé -, e aunque he de hacer alguna visita, mucho me temo que parecerán tres cientos”.

“Tal cosa no ha de suceder, sobrino – intentó sosegarme -, que pudiendo yo administrar mis días, en amaneciendo partiré para Sevilla con Ildefonso hasta el día del viaje”.

“No quisiera – le dije – seros un estorbo; sólo pensaba me dieseis vuestro consejo”.

“Mi consejo os estoy dando – repuso -, que también yo poco e mal duermo e paréceme más atinado estar con vos e los niños e Marcos, que todos nos encontremos solos en pudiendo estar juntos en el Señor”.

“Vos decidís – me tranquilizó su respuesta -, que a todos nos placerá veros aquí e vuesa merced habrá unos días de esparcimiento”.

“¡Ay, bien sabe Dios cómo deseo volver a ver a mi angelito rodeado de felicidad!”.

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