24 abril, 2007

Del mi miedo a volar

omé a Marcos antes de la cena e lo llevé al bufete.

“Enojado parecéis – me dijo sonriendo - ¿Acaso he hecho algo que os disguste?”.

“No me habéis dicho – espeté con enojo -, que «la nave» sería un «aluvión» de los que vuelan”.

“Que yo sepa, Marino – contestóme seguro -, no hay otras naves e ya deberíais saberlo a estas alturas”.

“¡De alturas no hablad! – exclamé -, que bien sabéis que son mi talón de Aquiles”.

“Os prometo, querido hermano – dijo con seriedad -, que un viaje en tal nave no produce vértigos. ¿Qué digo? ¡Menos vértigos que un coche, el AVE, un barco o atravesar el puente de San Pablo de Cuenca! Si me equivoco, os doy permiso a reprimirme, de la forma que os venga en gana y el tiempo que se os antoje. Si vos os enojáis, yo también. He cuidado cada uno de los detalles deste viaje e sabed que siempre, siempre, he pensado en vos. Jamás sentiréis vértigos ni os parecerá voláis. Creedme. ¡Que un valiente militar tenga miedo a embarcar en avión!”.

E salió del bufete enojado e, atravesando el salón con presteza, entró en el comedor. Salí tras él un poco arrepentido de lo manifestado e otro poco avergonzado e, al entrar en el comedor e ver las sonrisas de contento de mis hijos, les dije sonriendo en sentándome a la mesa:

“Ilustrísima, id bendiciendo los alimentos; Marcos, contadnos agora detalles desas maravillosas naves que tomaremos; niños, comed e oíd todo lo maravilloso que tío Marcos tiene que decirnos desos «aluviones»”.

E rió Su Ilustrísima poniéndose la servilleta al cuello:

“Aviones, hijo, aviones – repuso -, que no es sino el nombre desas aves que tanto se parecen a las golondrinas e no el de un caudal de aguas e piedras que se nos viniese encima”.

E, bendecida la mesa, continuó Su Ilustrísima:

“Gentes hay que temen a embarcar en una desas naves; mas puedo aseguraros, aunque sé padecéis de vértigos, que jamás veréis cosa mas bella por la pequeña ventanilla, pues notaréis la nave se eleva, no vos, e iréis viendo abajo los campos e las gentes e, luego, al seguir subiendo, observaréis que el horizonte que os parece tan lejano, cerca está. Si está nublado, atravesaréis las nubes como quien atraviesa una espesa niebla clara e, al final, observaréis desde arriba lo grande e maravilloso que hizo Dios el mundo teniendo las nubes como alfombra a vuestros pies”.

“¡Vaya, tío Juan! – exclamó boquiabierto Antonio -; y ¡nosotros vamos a ver eso!”.

“Si Dios lo quiere”.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario