20 abril, 2007

Del cónclave de las risas (2/2)

siguió el cónclave una vez nos trujo agua Cayetano.

“Ni me gusta llamarme Diego Manuel ni lo del cabello dorado, pero démoslo como cosa seria e obligada”.

“Os llamaré Diego o hermano Diego – dijo Marcos -, e los niños os dirán papá; no hay por qué decir los dos nombres, mas siendo hermanos, mis apellidos son los mesmos e mi nombre será Joaquín; Joaquín Cabello Dorado e tío Joaquín para los niños”.

“Jo, tío Marcos – exclamó con desilusión Marinín - ¿E no podríamos llamaros tío Quino?”.

“Llamadme así si os place – les dijo sonriente -, parece algo más… familiar”.

“Me gusta más tío Quino – dijo Antonio -; quédese así”.

“Vienen agora vuestros nombres, pequeños – disimuló sus risas -, pues el mayor (Antonio) llevará por nombre Dionisio; Dionisio Cabello Peinado”.

Fueron tales las risas, que vino todo el servicio e hallónos llorando sobre la mesa.

“Veo que los señores disfrutan – me dijo Cayetano -, llamad si algo ocurre”.

Pasadas las risas, preguntó Marinín ya serio:

“¿Y puedo llamar a mi hermano Dioni? El nombre es largo”.

“Sea así – le dije -, desde agora ha de ser Antonio el Dioni”.

“Y para terminar por el orden establecido – dijo Marcos -, nuestro pequeño Marino llevará por nombre Ángel; Ángel Cabello Peinado”.

E volvieron las risas e hubimos de ponernos en pie e hacer un receso.

“¡Oh, mi Ángel, mi bellísimo Ángel! Siempre lo has sido para mí”.

“Papá, no tengáis cuidado, me gustará oír cómo os llaman don Diego, decir a mi hermano Dioni e tener a un tío como Quino”.

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