asamos al bufete e hice señas para sentarnos en torno a la mesa redonda, mas, en llegando a ella, dijo Antonio:“Excusen vuesas mercedes, mas viendo quedan las sillas bien bajas, he de venir con dos cojines”.
E Miróme Marcos sonriendo e le hizo un gesto de no creer lo oído.
“Quedaos aquí – les dije -, que eso de los cojines es labor del servicio”.
Así, pulsando el timbre, vino Cayetano e le di razones e, poco más tarde vino María e dijo en entrando:
“¡Ay, estos dos enanitos! Pronto habéis empezado a saber lo que habréis de hacer”.
E poniendo los cojines en sus sillas ayudólos a subir a ellas.
“No hemos de perder un minuto – dijo Marcos al punto - ¿Tenéis a mano vuestra pluma de oro, Marino?”.
“Perdonad, amigo – le dije -, mas viendo había de despedir al maestro e no sabiendo cómo complacerle, parecióme atinado hubiese un recuerdo nuestro”.
“Eso no importa e os honra – respondióme con cierta güasa -, mas… quien da lo que ha menester…”.
“Es igual – dije al punto -, buen papel e buenas plumas tengo para todos”.
E levantándome, fui a buscar en uno de los cajones e puse sobre la mesa hasta un ciento de folios blancos e hasta cinco plumas de oro.
“Mas vale que «sosobre» - dijo Antonio – e no que «sofalten». ¿Hemos de escribir todos?”.
“Así es, mi pequeño – comenzó Marcos su plática -, que como ya saben vuesas mercedes, tendremos muy en breve dos personalidades e seremos dos entidades cada uno. Necesito, por tanto, sepáis quiénes vamos a ser a partir de cierto momento e cuál será el nombre de cada uno. Debemos memorizar aquesto con tanta seguridad, que aunque alguien grite en la calle nuestro actual nombre, no volvamos la cabeza”.
“Jo, tío Marcos – exclamó Marinín -, pláceme eso como juego, mas paréceme dificultoso”.
“Lo es. Veréis – continuó -; a partir de agora (cuando yo lo diga) papá e yo seremos hermanos, así, vosotros seréis sus hijos e yo seré vuestro tío. Pero cambian todos los nombres. Os lo narraré como historia. Vuestro padre casóse una vez con una dama muy bella que murió joven; su nombre era Ana Peinado Moscoso (oyéronse risas e miró Marcos con seriedad). Por tanto, debemos todos memorizar que la esposa de vuestro viudo padre es ese; y esa dama era vuestra madre”.
“No es difícil de memorizar – dijo Antonio -, es nombre fácil, aunque no me gusta lo de «Moscoso»”.
“¡Atentos, niños! – alcé la voz -; lo que dice vuestro tío es muy serio”.
“Ha dos años que murió la pobre señora – continuó entonces Marcos – de enfermedad sin cura. Sólo os quedan vuestro padre e vuestro tío. El nombre de vuestro padre – recordad esto muy bien desde agora – es Diego Manuel Cabello Dorado”.
Hubo risas tan fuertes, que hasta el servicio quiso saber si algo ocurría. E Marcos acabó riendo también.
“Lo entiendo, lo entiendo – dijo al poco -, mas estos nombres no se han elegido al azar”.
“¿Ah, no? – preguntéle - ¿Acaso pensáis pasaré desapercibido siendo de pelo castaño e llevando por nombre Cabello Dorado?”.
“Tanto Cabello como Dorado – miróme Marcos muy gravemente -, son apellidos actuales e casi todo el mundo los conoce; lo demás… es coincidencia”.
“¿Coincidencia decís? – dije con enojo - ¿He de teñirme los cabellos con camomila? ¿No podían ser los apellidos Martínez Pérez?”.
E sacando de su cartapacio un pequeño papel, como tarjeta, lo lanzó a mis manos e me dijo:
“Tomad y leed todos de él, pues este es el DNI provisional e todo está en él escrito”.
E tomando el documento, leí mi nombre e vi mi imagen, aunque faltaba la firma.
“Nada especial veo – le dije -, es como el que tengo mas tiene el nuevo nombre”.
“Mirad la parte de atrás, Marino – farfulló Marcos -; mirad la parte de abajo atrás”.
“No veo sino muchos números e unos signos a modo de puntas de flecha”.
“Así es – continuó -, solo veis números, mas si os fijáis en los últimos de la derecha, comprobaréis están separados de los demás”.
E viendo que aquello era cierto, pasé el documento a los niños e lo observaron con extraño.
“Sepan vuesas mercedes – dijo con gesto grave -, que ese número indica exactamente el número de personas españolas que llámanse exactamente así; nombre y apellidos. Hanse usado máquinas para hacer los cálculos, de tal forma e manera, que se nos pueda confundir con el número máximo de personas. E ha sido labor costosa”.
“Perdonad, amigo Marcos, nuestras risas, mas habréis de comprender…”.
E seguimos riendo.


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