nterada Su Ilustrísima del trazado a seguir, manifestó su preocupación por nosotros hasta la huída final e me dijo le quitaba más el sueño el tal viaje que los asedios sufridos, así, me propuso le dejase hasta un día para tapar algunos agujeros que él veía. Pasó la tarde en el bufete con los niños en lo que creí iban a ser liciones para su primera comunión mas, al salir de allí con ellos, les dijo saliesen a jugar al jardín e sentóse con Marcos e conmigo por haber unas pláticas:“Acompañaría yo estas palabras con algún bocado – dijo -, si tal no es de estorbo”.
“No ha de serlo – dijo Marcos -, que aquesto mesmo nosotros hacemos ya a estas horas”.
E avisando al servicio, aparecieron María e Ramón e preguntaron qué deseábamos. Les dije trujesen un buen vino para Su Ilustrísima (e para nosotros, claro quede), e algún bocado al estilo de Ramón.
“¿Otro tío en esta casa? – farfulló don Juan -; y este con pluma, aunque no de plata”.
“Es Ramón, Ilustrísima – le dije confuso -; no recuerdo si lo habéis visto antes”.
“Pudiera ser, sí – respondióme -, mas ese uniforme… tan «florido» no esperaba”.
“Es hombre joven – le dije – e de cocina innovadora que los platos decora y el que los ve los devora. Es persona en la que se puede confiar”.
“Y… - quedó suspenso don Juan e dijo insinuante - ¿toca… a los niños?”.
“Por supuesto, Ilustrísima – dijo Marcos -, es mozo muy cariñoso e quita mucho quehacer a María durante su embarazo”.
“¡Santo Dios del Cielo! – exclamó -, que no es esto sino otra cosa que no sé cómo voy a razonar”.
“Los toca, don Juan, los toca – le dije con paciencia -, mas no cómo vos pensáis. ¿A qué el escándalo si no lo hay? Muy bien lo he vigilado al principio y, aparte de refinado, es de educación religiosa. Mañana mesmo, de mañana, habremos aquí en el salón la despedida formal del servicio. Observadlo”.
“No puedo negar me habéis asustado – dijo con enojo -, que bien sabíais entrambos a que «tocamientos» referíame”.
“¿Lo veis claro agora? – le sonreí -; ¿ha puesto él el pecado o lo habéis presumido vos?”.
“Tomemos esos bocados – dijo entonces en disimulos – e hablemos de lo visto e oído desos niños, pues casi he tenido que hacer memoria a veces al oír sus perfectas respuestas ¡Saben todas las oraciones en español y en latín! ¡Santo Dios, que un progreso en los estudios como el que he visto, ni podía imaginarlo!”.
“Por eso, Ilustrísima – le dijo Marcos tomándole las manos -, en esta casa no se prejuzga. Fijaos en Antonio. Hace sólo meses no era sino un niño de pueblo e maleducado (un cateto, dicen) e tiene agora los mesmos conocimientos e la mesma belleza e la mesma educación que nuestro pequeño Marinín”.
“En verdad, en verdad os digo, que juraría son hermanos”.
“Tal parecen, Ilustrísima – le dije – mas… ¿hijos de quién diríais?; ¿de Marcos?; ¿míos?”.
“¡Dios me perdone por lo que pienso e voy a decir a vuesas mercedes, pues hijos de entrambos me parecen!”.


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