ra ya tarde e a todos nos vencía el cansancio, mas preferí seguir una pieza en mi bufete haciendo anotaciones, pues no quería nada quedase sin cumplimiento, cuando parecióme oír las campanas de la puerta. “Sin duda – me dije -, me vence el cansancio, que no son estas horas de visitas”. E así pareció ser hasta que observé otra vez la puerta entreabierta e cómo entraba la tímida luz de la noche que del salón venía.“¿Quién va? – pregunté sin respuesta - ¿Quién llama agora?”.
E abrióse la puerta lentamente e vi la silueta de un hombre adulto e una voz que me era conoscida me decía:
“¿Dais vuestra licencia, capitán?”.
“Pasad, vive Dios – le dije -, e buenas intenciones espero os traigan”.
“Buenas son – respondióme en entrando -, que no vengo sino a daros unos consejos”.
Ante mis ojos, en la penumbra, descubrí a don Diego Benavente vistiendo un abrigo e portando una maleta.
“¡Santo Dios! – exclamé palideciendo -; pasad, pasad y tomad asiento”.
“No os asuste mi presencia – dijo gravemente -, pues fácil ha sido saber de vuestra nueva morada. E como no he mucho tiempo para luengas pláticas, dejadme deciros que sé lo que vais a hacer e lo que pensáis dello e lo que os mantiene inseguro día e noche”.
“¿Cómo sabéis todo eso? – preguntéle con sospechas -. Nadie sabe lo que voy a hacer”.
“Nadie, como decís – respondió sonriente -; menos yo. Mucho he estudiado e mucho sé de muchas cosas; también de la huída”.
Quedé mudo e mirándole mientras sonreía e seguía hablando.
“Es posible que para muchos – continuó – la huída sea una deshonra, mas para otros, hijo, la huída no es sino evitar el propio daño y el de los demás. Confundís cobardía con gallardía. Vuestro padre Atlacatl así siempre lo ha hecho e no ha perdido su honra. Vos, sin embargo, habéis cometido el error de vivir vuestros casi quinientos años siendo el mesmo. Huid; huid de vez en cuando e volved cuando los jóvenes ya no os recuerden e los viejos hayan muerto. Volved entonces con otro nombre e vivid otra nueva vida. ¿En qué os ha aprovechado una vida de rencores hacia vos acumulados, de esconderos, de encerraros, para volver a salir como el mesmo de antes? ¡El odiado capitán! No digáis vais de viaje, sino huid a refugiaros en las montañas. Es la forma de salvarse e no verse obligado a matar”.
“¿Qué consejos son estos, don Diego? – preguntéle con extraño - ¿Desde Salamanca habéis venido sólo para decirme aquesto que más parecen palabras de mi padre?”.
E levantándose e haciéndome reverencia, caminó de espacio hacia la puerta e paró al dar unos pasos:
“Preguntad eso a San Telmo – dijo – que es vuestro patrono cristiano de los «marinos». Yo sólo puedo daros este consejo, pues así lo hice un día en Cuzcatlán, otro en Jerez y hasta nueve veces. Aprovechad el tiempo en estudios e, tal vez, os encontréis un día como yo: como maestro en la Universidad”.
E luego desto, sin abrirse la puerta, desapareció.
Desperté sudoroso de tan mal sueño e nadie había conmigo. Quise entonces irme al descanso e, al acercar mi mano a lamparilla de la mesa para salir del bufete, encontré una nota donde leíase:
“Aunque no me veáis, os observo. Atlacatl”.


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