eguía Marcos mirándome pasmado e comenzó a hablarme como tartamudo:“He de deciros, Marino, que no reveléis traigo el fusil de don Eduardo oculto en ese maletín e bien armado. Luego, debo aclararos que el seguro del coche cubrirá todos los gastos, es decir, os tendrá que entregar un coche nuevo”.
“¿El fusil de asalto de don Eduardo? – preguntéle incrédulo - ¿E cómo ha osado a dejaros tal arma mortal en vuestra manos?”.
“Quizá penséis no alcanzo a usar tales armas o por un simple abogado me tenéis aún. No sólo le convencí de que me lo entregara, sino que, en volviendo a Sevilla, tal vez tenga que daros unas liciones de cómo usar otro que ha de descuidar”.
“¡Santo Dios! – exclamé -, ese hombre se juega su puesto o su vida, que cosa así no puede hacerse”.
“Él lo sabe, Marino, él lo sabe – prosiguió – por lo visto en su mesma calle e por los mesmos motivos que lo sabe el inspector. E sabía vendrían hasta ocho hombres a daros caza e sólo han aparecido cuatro”.
E pareciéndome sabía Marcos más que yo de aquella empresa, le propuse hacer ver a todos que era la pluma de plata la que producía aquellas destrucciones e decirlo también a don Eduardo en llegando a Sevilla.
“Tal cosa ya la sabe, querido amigo, y él mesmo hará creer a la guardia de la existencia desa pluma de plata maravillosa que todo lo puede destruir”.
“Mucho habéis hablado a mis espaldas, según veo – le dije -, mas he de reconocer que más os debo”.
“Soy yo, excelencia, quien debe a vuesa merced todo lo aprehendido en este tiempo, que no hay hombre que tanto haya hecho por su hijo e por mí dejándome ver cómo debe actuarse. En esta lucha que nos queda aún, no estaréis solo”.
“Vive Dios que con anhelo espero nos pongamos todos a salvo, pues cuando la muerte me sigue los pasos, sigue los vuestros; mas todo se andará”.
En Ronda, el Miércoles Santo día cuatro de abril del año de dos mil e siete.


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