04 abril, 2007

De un aviso matutino del inspector De Lema (1/2)

ormitábamos aún cuando sonaron las músicas de mi móvil e volvióse Marcos casi en un salto al oírlas: «¿Quién será?».

“Buenos días, excelencia – oí el saludo del inspector sevillano -, y espero no haberos sacado de vuestros sueños”.

Pensé entonces en no darle respuesta alguna que asustase o pusiese en guardia a mi compañero e respondíle:

“Buenos días, inspector. Ya adivino el motivo de su llamada tan temprana”.

“Bien me parece lo adivináis, pues en sabiendo la guardia buena (como vos decís) alguna nueva, la sabe la mala; e asimismo ocurre cuando la guardia mala tiene noticias, que al mesmo tiempo llegan a mis oídos”.

“No preocupaos, inspector – le dije con tono afable -, que por ventura aún sé defenderme e sé tengo a quién me ayuda”(guiñé un ojo a Marcos).

“Ya sabéis que tal cosa no puedo hacer yo – continuó -, mas sí puedo avisaros de las nuevas que me llegan, tal vez por prevención, que si bien apareció una vez un solo guardia desos, aparecieron luego dos e luego cuatro. Así, por tanto, quiero avisaros de que aún no habéis acabado vuestra labor, pues a lo que entiendo, habéis retirado desde mundo a cuatro e ¿no os parece que sería de razón fuesen ocho?”.

“¿Repetís lo dicho? – preguntéle como si no oyese bien –; parece se pierden algunas palabras”.

“Quería deciros, excelencia – repitió con otro tono -, que hasta ocho guardias malos van esta vez a por vos, e no cuatro. Así, si os habéis deshecho de cuatro dellos, otros cuatro quedan por aquellas tierras para daros caza”.

Marcos miraba sin parpadear esperando mis respuestas. No podía decir cuanto oía ni quería ocultarle cosa alguna.

“Espero, señor inspector – le dije -, me dé tiempo a ponerme a salvo antes de que me envíen un ejército, e no os digo esto por creer imposible luchar contra ellos, sino porque, en cierto modo, no me gustaría ni matar a tanta guardia ni daros tanto trabajo”.

Los ojos de Marcos se abrieron como ventanas al amanecer.

“Recordad, inspector – le dije entonces -, que me hallo en posesión de la pluma de plata. Pensad es un cuento infantil, mas puedo aseguraros que puedo enviarlos con ella al infierno de un plumazo”.

“¿Qué cosa decís? – exclamó - ¡Eso no es más que una fábula! No intentad convencerme de algo fantástico como si fuese real”.

“No lo intento, inspector – dije con calma -, ya visteis los resultados junto a mi casa e no sé si habréis visto los de aquí cerca”.

“¡Los coches que volaron en Sevilla – respondió furioso – fueron abatidos por un fusil un tanto especial, mas no con pluma alguna de metal!”.

“Fijaos entonces – seguí con mi tono amable – el poder destructor de lo que llamáis «pluma de metal». Llamaríala yo «pluma letal» ¿Yerro?”.

“Letal sí que es el arma que uséis, vive Dios – contestó ya asustado -, pero pensad siempre en no hacer daño con ella a inocentes”.

“Así lo pensaré siempre que actúe, inspector – le dije serio -, e no como otros que destruyen palacios completos sin importarles la vida de los inocentes. ¡Quedad con Dios!”.

Colgué el teléfono e seguía Marcos suspenso e incrédulo de lo oído, así que, ante de que hablase, preguntéle:

“Bien sé queréis saber todo lo que me ha dicho el inspector; e creo he de decíroslo mas… aún no me habéis dicho qué usasteis ayer (aparte de vuestra destreza) para hacer saltar por los aires hasta tres coches (entre ellos el mío, por cierto)”.

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