onaron unos suaves golpes en la puerta:“¿Excelencia? – oí a Ramón desde afuera - ¿Dais la venia?”.
“Pasad Ramón, pasad – le dije -, que lo que tengo que deciros es breve e algo dello ya conocéis. Sentaos”.
“¡Ay, excelencia! – exclamó -, que cuanto más os veo en preparativos e cómo pasan los días, más pronto veo llega el momento de la partida”.
“Cual vos pienso, Ramón – le dije -, que aunque veo necesario hacer este viaje, os aseguro prefiero el riesgo sin moverme desta casa. Pasemos agora al asunto pues, como ya sabéis, no quedará en esta casa persona alguna que conozca estas máquinas del diablo sino vos. Nada que desconozcáis habréis de hacer. Este estuche portátil no es sino una copia del mío personal (aunque algunas cosas no aparezcan, le hice un guiño). Lo pondréis en vuestra alcoba e recebiréis a diario correo mío, «encriptado», como dice mi hijo e para mí no es sino un galimatías. Si pasáis ese escrito incompresible por esta «herramienta» que mi propio hijo ha fabricado, obtendréis el escrito original. El resto, ya lo sabéis; dirección, nombre, contraseña…”.
E restó quedo mirándome como con embeleso e me dijo luego:
“Me asombran vuestros conocimientos, excelencia, e más me asombran los de vuestro hijo. Siento dentro la pena de haberos conoscido agora e no antes”.
“No penéis por cosa tal – le dije sonriendo -, que pronto nos tendréis aquí. Sé que el servicio que dejo a cargo de la casa no es mejorable, mas quisiera que, en forma de clave, introdujeseis en mi diario cualquier cosa que no fuese por su camino. En vos confío pues sois vos quien destas cosas sabe, mas aseguraos de no enviar correo alguno a la dirección desde donde recebiréis los escritos”.
“Sé ningún dato habréis de recebir allí donde valláis – dijo seguro -, pues estaría revelando vuestro destino. No habed cuidado”.
“Para terminar – le dije -, quiero me prometáis colaborar con Cayetano en cuanto haga. Un amigo os considero”.
“Y… como amigo – me dijo azorado -, ¿puedo besaros agora por vuestra confianza?”.
“Nada voy a negaros, ya sabéis que…”.
Y en saliendo del bufete de contento e como en baile, iba diciendo:
“¡Que buen vasallo sería yo si hobiera este buen señor!”.


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