24 abril, 2007

De las esperanzas del viaje de los pequeños

nochecía e aún quedaba una pieza para la cena, cuando le dijo Marcos a Su Ilustrísima le mostraría los huertos que enfrente de la casa quedan e las calles cercanas. Preferí yo seguir sentado e meditando, mas subieron del jardín los pequeños e, viéndome solo, sentáronse cada uno a un lado. Suele Marinín sentarse a mi siniestra e Antonio a mi diestra tirando de mis ropas.

“Hijos – les dije besando sus cabellos -, aquí me hallo pensando lo mejor para vosotros. También vuestro tío Juan dice tiene nuevas ideas para el viaje. Decidme, ¿qué pensáis de todo esto?”.

“Jo, papá – comenzó Marinín -, ¿acaso no os gusta viajar? Antonio e yo esperamos ver muchas cosas que no conocemos”.

“Sí, papá – continuó Antonio -, pues hasta Sevilla he venido desde Grazalema e nada más conozco de España e de todo el mundo. Decidnos dónde iremos”.

“Tal cosa – les dije -, es una sorpresa que no puedo aún desvelaros, mas puedo aseguraros que veréis maravillas. Grandes ciudades, hermosos edificios, gentes muy distintas a nosotros…”.

“Y si salimos de España – preguntó Marinín -, ¿qué idioma habremos de hablar? Si no lo conoscemos no tendremos amigos”.

“Puedo aseguraros – les dije con misterio -, os prometo, que con las lenguas que ya conoscéis, más amigos que aquí tendréis. En casa, seguiremos hablando español y en la calle, con los demás, hemos de entendernos en su propia lengua. También esto ha de ser una sorpresa”.

“E mañana – dijo Marinín mesando mis cabellos -, ya será la despedida de todos. Luego, viajaremos en ese tren con camas e luego, más luego, tomaremos la nave que yo os decía”.

“¡Ay, mi pequeño – exclamé -, lo de la nave quisiera olvidar, que no he hecho uso sino de cabalgaduras e coches e, alguna vez, he ido a Madrid en ese tormento que llámase AVE!”.

“Ya veréis, papá – me besó Antonio -, cómo viajando con nosotros e tío Marcos, os sentiréis seguro, pues yo nunca he volado e quiero ya hacerlo”.

“¿Volar decís? – pregunté suspenso - ¿Acaso la nave a que tío Marcos se refiere es una desas ruidosas que vuela?”.

“Sí, sí – abrazóme Marinín -, esas que llamamos avión”.

“¿E pensáis voy yo a subir a un «aluvión» desos? – apartélos de mí con espanto -. Habré de tomar «Biomadrina» desa en doble dosis por no sentir los vértigos”.

E riendo entrambos con todas sus fuerzas, dijo Marinín:

“¡Que no, papá!, que tales naves llámanse «aviones» e mucho menos que un coche se mueven e no habréis de tomar Biodramina, que otro nombre habéis pronunciado”.

“¡Mal me habréis oído, que tal cosa he dicho!”.

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