16 abril, 2007

De las despedidas: Víctor, el maestro

cabadas las clases a medio día, bajaron los niños corriendo al salón donde nos hallábamos Marcos y yo en pláticas preparando el viaje a Grazalema.

“Niños – dijo Marcos con paciencia -, no corráis al bajar las escaleras que no es momento de sorpresas”.

“Así mesmo os digo – apostillé -, que no quiero huesos rotos en esta casa. Bajad los escalones con prudencia y agarrados al pasamanos”.

“¡Dejadlos, excelencia, dejadlos! – exclamó el maestro que tras ellos bajaba -; es su última clase y están de contento”.

E acercándose luego a nosotros sonriente, nos dijo:

“No sé en verdad si son ellos los que acaban sus liciones o soy yo, pues casi no hay cosa que ya pueda enseñarles”.

“Mucho parece han progresado entonces – le dije -. Dícese que no hay mal alumno, sino mal maestro; diría yo entonces que no hay buen alumno, sino buen maestro”.

“No sé si erráis en este caso, excelencia – me dijo -, que ningún esfuerzo he tenido que hacer para que aprendiesen e casi siento vergüenza de dudar a veces a sus cuestiones. No volveré a encontrar niños como estos”.

“Quizá sí, maestro Víctor – le dije insinuante -, pues no estaremos de viaje toda la vida e, cuando vuelvan, con vos cuento para las clases”.

E así le entregué su paga (e algo más) e dijo volvería al día siguiente en coche por recoger cuanto dejaba.

“Sea pues la despedida – dijo Marcos -, que hemos de viajar mañana a Grazalema e no os veremos”.

“Quedad con Dios – dijo – o viajad con Él, pues de seguro estará siempre a vuestro lado. Y a vos, excelencia, mucho tengo que agradeceros. Cuidad desos niños hasta que volvamos a encontrarnos”.

E nada más hablóse, sino que, despidiéndose del servicio hasta el día siguiente, lo acompañó Cayetano a la puerta.

Mas encontróme en casa cuando llegó al día siguiente a recoger sus cosas e subí con él a la buhardilla e hubimos una luenga plática y, al bajar las escaleras, me dijo:

“Vive Dios, excelencia, que con estos dolores de espaldas echaré mucho en faltar vuestras friegas”.

“¿Tanto os duele? – preguntéle incrédulo -. Las friegas que os he dado hasta agora llevaban un remedio que ya deberían haber quitado esos dolores”.

“Será… el momento – dijo -, que de ser emocionante me los produce”.

“Tal vez – insinué – no os vendría mal una dosis de recuerdo”.

E cayeron las bolsas rodando por los escalones.

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