e querido esta tarde de Domingo de Ramos despedirme del servicio desta casa y, entre sorpresas e lágrimas, manifesté mi deseo a todos. Mas también esta bellísima ciudad merecía mi respeto e mi adiós. Así, tomamos a los niños e dimos un último paseo por sus calles e compramos aquellos dulces de colores a los pequeños e saludamos a muchas gentes que bien conoscía Su Ilustrísima e algo conocía yo. Visitamos a los hermanos Flores e nos asomamos a las verjas que al Tajo dan. Hasta cuatro veces pasamos el Puente Nuevo asidos todos de las manos.En llegando luego a la casa, dije a Su Ilustrísima dejase los enseres de los niños a buen recaudo e le entregué un sobre que no quería aceptar:
“Lo que en su interior haya – le dije – no ha de ser para vos, que bien sé no lo necesitáis. Donadlo a quién haya menester dello e rogad en cada misa por nos, así como rogaremos cada día por vuesa merced”.
Tomando el sobre entre las sus temblorosas manos, lo miró en silencio una pieza e, aceptándolo, dijo:
“A manos necesitadas irá este sobre. Permitidme yo mesmo lo administre e sabed rogaré como decís por lo que agora sí entiendo como vuestra familia; e como la mía. Permitidme os diga entiendo vuestra partida como un destierro; como aquel que hubo de sufrir vuestro tío don Álvar, que en poco pudo volver a su tierra e así espero suceda con vos e yo pueda ver vuestra llegada”.
“No hay mal que cien años dure – le dije -, ni menos de cien. Seguro estoy de volver y encontraros e abrazaros como tío e como ministro de Nuestro Señor”.
“Dios os oiga – dijo – e cumpla vuestros deseos”.
E la tarde nublada del domingo rondeño se hizo noche e hubimos una cena donde se olvidaron cuitas e se recordaron e narraron muchos momentos vividos e hubieron los niños gran contento en ello.
Salí ya tarde solo al pequeño patio en la noche fresca e húmeda e puse mis ojos en los rosales que allí un día plantase el Venerable don Miguel recordando sus versos.
Vive el rico en cuidados anegado;
Vive el pobre en miserias sumergido;
El monarca en lisonjas embebido;
Y a tristes penas el pastor atado.
El soldado en los triunfos congojado;
Vive el letrado a lo civil unido;
El sabio en providencias oprimido;
Vive el necio sin uso a lo criado.
El religioso vive con prisiones;
En el trabajo boga oficial fuerte;
Y de todos la muerte es acogida.
¿Y qué es morir? Dejarnos las pasiones.
Luego el vivir es una larga muerte;
Luego el hombre es una dulce vida.
(Passó el 9 de Mayo de 1679)


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