29 abril, 2007

De las despedidas: Los traidores (3/3)

speramos varios minutos que pareciéronnos interminables, hasta oír un gran ruido de coches acercarse. Pusímosnos en guardia e arrodillóse Su Ilustrísima, no sé si por hacer su oraciones más fuertes o por quedar un poco oculto.

Al llegar los coches (todos ellos negros) a la esquina de nuestra calle, encontraron el grande obstáculo que allí se había puesto. Bajaron hasta seis hombres por apartarlo, mas, haciendo la calle cuesta arriba, no podían retirarlos. Subieron a los coches e vimos se iba cumpliendo el trazado, pues siguieron calle abajo.

Al encontrar el camino a la izquierda, hicieron una corta parada e por él se entraron; la segunda parte del trazado, la definitiva, se iba cumpliendo.

Al poco de subir hasta doce coches por el camino, comenzó a levantarse el polvo en gran nube que les cegó, pues les quedaba el sol en la parte frontera y el viento de cola. Parecióme entonces los primeros coches se detenían e no podían subir la pendiente. Todos los coches estaban ya dentro del huerto. Tomé mi pluma de plata e la puse en alto mas, desde la casa, oí la voz de Marinín:

“¡No, papá, no usadla, que tiempo no he tenido para prepararla!”.

Mas, haciéndola girar a un lado e otro, veía con claridad el reflejo del sol en la plata iba dando en cada uno de los coches a través de la nube de polvo.

“¡La pluma de plata!” – oí gritar a alguien desde uno de los coches - ¡Estamos en peligro!”.

E haciendo una señal hacia el lado donde parecíame estaban ocultos don Eduardo e Marcos, fui dirigiendo el rayo de sol a cada coche de más abajo. Al punto, un estruendo ensordecedor salió de entre las plantaciones. Las balas mortales de los fusiles alcanzaron de primero a los coches de abajo impidiendo los demás retrocedieran. E así, coche tras coche, fueron todos saltando por los aires en explosión tan grande que el calor de las llamas sentíamos en nuestra piel.

No deseaba yo hacer daño sino a los coches (e sus ocupantes), mas comenzaron las plantas secas del huerto a arder en grandes llamas e, cuando vinieron a priesa don Eduardo e Marcos, corrimos a la casa, buscamos a las mujeres e los niños e comenzamos a oír esas «sirenas» de las que hablase «el chusco» una vez.

Subimos al salón e trujo María mantas por arropar a los pequeños que, aunque temblaban, no era frío lo que tenían. No hubo llanto alguno; ni de hombre ni de mujer ni de niño, sino un grande silencio sólo roto por el estruendo de los coches de la guardia e los grandes coches que vinieron con depósitos de agua a apagar el fuego que pudiese llegar a las casas.

Poco después, oyéronse las campanas de la puerta e fui yo mesmo a abrir.

“Excelencia – dijo el inspector descubriéndose -, un ejército habéis formado con una sencilla pluma de plata. Os aconsejaría no esperaseis al día de la partida. Siendo fiesta en Sevilla e dentro de otros dos días en toda España y en Madrid, yo mesmo he dar órdenes de que se os cedan los pasajes para partir esta mesma noche. Vuestra hazaña encomiable atraerá a otro ejército aún más preparado”.

“Pasad, inspector – le dije -, aún no hemos desayunado”.

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