esde el centro del salón grité en alarma porque acudiesen Cayetano e Ramón e Marcos e salió también Su Ilustrísima con pavor: «¿Qué cosa ocurre?».“A los hombres quiero conmigo como ejército, aunque sea sin armas, pues se acercan los traidores. No hay tiempo que perder agora. Os diré lo que habrá que hacer”.
E vi cómo salía corriendo Antonio hacia la calle en ropas de dormir.
“¡Dios mío! ¡Parad a ese niño! – grité - ¡En peligro está!”.
Mas cuando volvió Cayetano por haberse apresurado a darle alcance, dijo en la casa de don Eduardo le vio entrar.
“Paréceme, excelencia – dijo en ijadeando -, que vuestro hijo ha ido a dar aviso a nuestro vecino”.
“No hay armas que tomar – les dije -, sino que habremos de cumplir una estrategia. ¡Rápido! Traed todo el vinagre existente en la casa e cuantas puntas de hierro afilado tengamos”.
“En el jardín, papá – me dijo Marinín asustado -, hay mucho alambre con espinos”.
E fue Marcos apresurado con el niño a buscarlo e lo trajeron al salón y, en una corta pieza, apareció don Eduardo con su maletín e su hijo en brazos.
“¡Llevad al pequeño con las mujeres al fondo de los sótanos! – grité -. Los hombres, dejaremos caer los recipientes de basura calle abajo. Todo cuanto podamos poner para impedir suban por esta calle; desta forma, habrán de seguir la calle abajo e cruzar por el camino del huerto para llegar aquí. Allí los esperaremos; nos los llevaremos al huerto”.
“Armados vienen, Mi Coronel – aclaró don Eduardo -, e armados debemos recebirlos”.
E mientras esto decía, vi cómo él e Marcos armaban dos fusiles: el que entregó a Marcos e otro que traía.
“Este es el plan – les dije alzando la voz -; mucho peligro corremos mas de Dios espero ponga su mano. Bajarán los niños (¡Dios Santo!, exclamó don Juan) por el huerto y en el camino del huerto que viene hacia arriba, esparcirán de primero todas las puntas de hierro e, ayudados por Cayetano luego, extenderán en el suelo todo ese alambre lleno de espinos. Luego desto, verterán el vinagre sobre ellos. Apostados camino arriba, de espaldas al sol, esperaremos la llegada de los coches. Nadie sabe si las puntas e los alambres los detendrán. Mientras tanto, he de esperarlos donde el camino de tierra vuelve hacia nuestra casa. Con la pluma de plata. ¡Corramos!”.
Marcos e don Eduardo hablaron entre sí por saber el sitio donde quedarían apostados, pues necesitaban (eso pensé) alcanzar con sus fusiles a los coches desde un lado e ocultos entre el sembrado.
Recogimos las cajas de basura con ruedas e las fuimos dejando caer hasta poner hasta seis dellas (e muebles pesados e viejos) a la entrada de nuestra calle, e por ser domingo, pesadas eran por estar llenas de basuras. Corrimos calle arriba e bajamos por el camino del huerto. Marcos y don Eduardo, como yo había pensado, siguieron por los sembrados a ocultarse más lejos e más abajo.
“¡Niños! – grité -, corred agora agachados a la casa e bajad a los sótanos con María y Edu ¡A la orden!”.
Así, quedamos los adultos preparados en espera e Su Ilustrísima, a mi diestra, rezaba el rosario.


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